Calle Alamedas
Por Carlos Nessi
Y fue así, como le dije. Después me desperté sobresaltado. Me costó volver a la realidad. Todo había sido tan claro en el sueño, al mismo tiempo que tan confuso, que al abrir los ojos no sabía ni dónde estaba siquiera. Qué cosa increíble, mi Dios! Ud. Cree en los sueños premonitorios? Porque yo nunca creí, pero con lo que pasó después...Dígame si no es exacto a lo que soñé. Algunas cosas estaban cambiadas. Pero qué curioso, cuando todo sucedió en la realidad yo me asombré no tanto de la semejanza que tenía con lo que soñé sino de las pequeñas diferencias. Era como si de golpe hubiera empezado a esperar que, bueno, que fuera lo mismo en todos los detalles. Sí, Adelaida, Ud. no sabe!
Yo entré en esa casa porque me habían mandado a llevar esa carta. La carta que -no sé aún porqué- el cartero dejó en nuestra casa, tenía otra dirección. También estaba dirigida al señor Karl a quien yo no conocía. Me llamó la atención que ese fuera el único nombre que estaba escrito en el sobre. Pero eso no era lo más extraño. La calle Alamedas, como Ud. sabe, es una cortada que queda después de la principal, donde nosotros vivimos. Muy cerca. Es una calle estrecha que nace y muere en el espacio de una cuadra. Es paralela a mi avenida y la encierran las dos calles perpendiculares que hacen cada una de las esquinas de mi cuadra. Yo nunca iba por esa calle. Claro, hay que vivir ahí para caminarla, porque negocios no hay, son sólo casas, casas antiguas y árboles. Bah, le digo esto como si Ud. no la conociera. Pero es probable que Ud. tampoco la haya atravesado nunca. Hay tanta gente que sabe que ella está ahí pero que no sabe qué hay dentro de ella! Le confieso que yo muchas veces había tenido ganas de caminar por esas veredas...pero no sé si nunca se dio la ocasión o si fue porque , en realidad, tuve miedo de entrar ahí. El caso es que mis padres me dijeron que, para no devolverla al correo, la llevase yo y la dejase debajo de la puerta que respondía a la dirección escrita en la carta.
Y yo soñé que vivía en esa calle Alamedas. Mi casa era normal, desde afuera. Pero por dentro sin embargo era como si fuese al revés. Esto es, después de la sala adonde se ingresaba desde la calle había una puerta de vidrio a través de la cual se veía una gran extensión. Una especie de plaza, llena de juegos para chicos, con un arco de piedra inmenso luego del cual se cruzaban calles y avenidas. Y era como una ciudad, tal vez pequeña, con casas de dos plantas en su mayoría y hasta negocios. En el sueño yo no me asombraba de eso. Era normal. Era como si mi casa fuera por dentro una ciudad con plazas, jardines, mansiones y avenidas. Sólo que no había gente. O sí. Déjeme pensar. Sí, había gente en los negocios : eran vendedores que sólo estaban allí para venderme cosas a mí. Aunque tampoco era vender. Era como si fuese vender pero yo no tenía que pagar.
Cuando mis padres me mandaron con la carta a la calle Alamedas yo no recordé el sueño, pero me sentí nervioso. Mi sensación, cómo le diré, era como que yo era la carta que a partir de ahora iba a quedar en manos de otros para siempre. Pero había otra cosa curiosa y es que también tenía la sensación de que iba a encontrar algo mío. Fue por eso que , aunque en silencio, iba hacia a Alamedas jugando a que me despedía de ese barrio donde yo siempre había vivido, de mi casa real, de mis padres, de todo.
Soñé que al doblar la esquina un viento fuerte me hacía casi imposible caminar. Pero era un viento extraño, que cambiaba de dirección. A veces también me empujaba hacia el interior de la cuadra sin que yo pudiera regular mis pasos. Sólo recuerdo que yo apretaba muy fuerte la carta en mis manos. En el sueño pensaba que, si la perdía, yo perdería mi dirección, o sea, la dirección adonde yo iba en carácter de obligación. Lo que en ese sueño también sentía era la sensación doble de ser obligado por alguien que yo no conocía, y también de ser obligado por mí mismo, por mi realidad, por lo que a mí me correspondía. Me entiende? Y como yo, no sé porqué, no conseguía memorizar la dirección, todo dependía de que yo pudiera retener ese sobre en el cual dicha dirección estaba escrita.
Y fíjese, cuando yo doblé la esquina y entré en la calle Alamedas, comenzó la tormenta, se acuerda? Fue el sábado pasado. Todo se puso oscuro de repente y empezó a soplar el viento. Yo me mareé, cosa que nunca me ocurre. Era como si de repente, me sintiera muy débil. Eso hizo que empezara a dudar si continuaba mi camino y dejaba la carta bajo aquella puerta, o si volvía a mi casa a contarles a mis padres lo que me pasaba y a acostarme. Hasta me paré bajo un árbol y apoyé mi espalda en el tronco. No sé cómo esa duda me absorbió tanto. Pasé un largo rato pensando : voy o vuelvo, voy o vuelvo... Y al final, como me sentí un poco mejor, me animé y continué caminando. Yo llevaba la carta doblada en el bolsillo de atrás del pantalón. La quise agarrar para confirmar la dirección y estaba tan afuera que si en ese momento no se me hubiera dado por agarrarla, seguro que se me hubiera caído sin que me diera cuenta. Verifiqué el número de la calle. Llegué hasta allí. No había timbre, o por lo menos yo no lo vi. Golpeé la puerta. Debo decirle que yo estaba casi temblando. El viento, la fachada medio siniestra, la sensación que tenía de que estaba lejos, muy lejos de mi casa, la soledad que me rodeaba, todo eso me producía un cierto miedo, una expectación.
Esperé.
Sin ningún ruido previo, la puerta se abrió.
Lo que primero vi fue la plaza detrás de la puerta de vidrio. Pero apenas pude mirar hacia ese interior que tanto me intrigaba ya que tuve que dirigir mi mirada a quien, con una sonrisa, me hacía gesto de pasar. Ese era sin duda el señor Karl. Pero Adelaida, no me tome por loco si le digo que ese hombre cuya edad era indefinida -aunque sí era bastante mayor- era como seguramente voy a ser yo dentro de muchos años. Pero entiende lo que le estoy diciendo? Ese hombre era yo mismo, sólo que dentro de un tiempo. Ese hombre me dio la sensación de que era yo en el último momento de mi vida. Y no hablamos. Todo fue en silencio. Ese hombre me hizo saber, sólo de mirarlo a los ojos, que esa carta que yo le llevaba era mi habilitación oficial para mi muerte. Y también de sólo mirarlo, yo entendí que la vida son sólo finales, finales que reunidos configuran lo que llamamos vida. Entendí, además, que ese día yo había terminado para siempre mi infancia y me tenía que hacer cargo de eso. No sé cómo fue que todo eso se me hizo tan claro en la consciencia pero de golpe lo supe todo. Ese hombre (yo mismo) me sonreía y parecía decirme : hasta aquí llegarás, hasta donde me ves ahora. Y entrarás definitivamente en esta casa cuando termines allá afuera, cuando cumplas todos los finales de tu vida. Esta puerta se volverá a abrir en su justo momento para que ingreses a este otro espacio exterior que hoy, desde allí afuera te parecía un espacio interior.
Y supe más, mucho más, le aseguro. Pero es como si me hubiera desmayado porque ahora no recuerdo casi nada. Y al mismo tiempo siento que llevo en mí cada cosa que ese hombre me transmitió. Y de golpe me encontré afuera, en la calle Alamedas, recostado en el árbol, en medio de un silencio húmedo. El viento había parado y estaba lloviznando. No había nadie en la calle. La carta no estaba en mi bolsillo. Empecé a caminar hacia mi avenida en medio de una sensación de confusión y estupor. Me costaba reconocer lo que veía. Y fue poco a poco que me di cuenta que ya hacía mucho que no vivía en esa avenida tan cerca de la calle Alamedas. Poco a poco fui recobrando la lucidez y entonces, por fin, tuve claro dónde era mi casa actual. Cuando era chico y mis padres vivían, muchas veces les decía que quería conocer esa calle cortada. Pero ellos siempre me lo habían prohibido. Es que era demasiado chico para meterme solo en esa calle solitaria.