Los Anagramas
de Ardnajela
Alejandra Santamaria
Eran tres hermanas, muy parecidas entre si y a la vez muy distintas. Una de
ellas, la más pequeña, era una criatura tímida y asustadiza. Eternamente
dubitativa en su accionar, temerosa de ofender a los demás, cuestionando siempre
sus propias acciones, creyendo que debería haberlo hecho mejor y que se chupaba
los dedos cuando necesitaba serenidad. Sin embargo, curiosamente, los demás la
veían como una chiquilla extrovertida, conversadora, adaptable, inteligente y
segura de sí misma; ella no podía entender a quién veían cuando la miraban...
Ella amaba a los animales -que nunca esperaban nada de ella más que caricias y
que le brindaban todo su amor-, los libros -preciados refugios ante la
incertidumbre del afuera-, sus lápices de colores -con los cuales trataba de
pintar las imágenes que pasaban por su mente-, sus pantalones de jean anchos y
sus remeras sueltas -que le permitían esconder ese cuerpo que tanta vergüenza le
daba-, sus bordados -que eran como pintar, pero con la suntuosidad del hilo y la
lana y la precisión de la matemática- y su música -que la alejaba de los ruidos
y reclamos del mundo exterior. Su nombre era Janle.
La mayor era Narea, una mujer ya adulta, que había estado siempre muy segura de
sí misma. Siempre supo lo que quiso hacer, y lo hizo. Estudió cuando todos sus
compañeros no lo hacían y no le importó que la llamaran "traga"; amaba la
matemática y la química que todos los demás alumnos odiaban; odiaba la física
que sus padres tanto amaban; creía profundamente en Dios aunque su familia no lo
hiciera; fue ayudante de cátedra - y de Matemáticas!- cuando todos los demás
pensaban que lo mejor que se podía hacer era ir por los claustros lo menos
posible; empezó a trabajar en una empresa importante cuando todas las demás
chicas de su edad y condición social se quedaban en casa, se casaban o
trabajaban en la empresa de papá; se fue a vivir sola a una pensión cuando otras
pedían a sus padres que les alquilaran departamentos; decidió irse de su casa a
los 9 años cuando las demás jugaban a las muñecas -claro que no duró demasiado,
pero al menos lo intentó!-; trabajó 14 horas por día 6 días por semana -y a
veces 7- cuando los demás sólo lo hacían de 9 a 5, porque ella era RESPONSABLE;
viajó por todos los lugares que quiso y que le pidieron -porque algo dentro de
ella reclamaba que levara anclas y fuera a conocer otros puertos-. Claro que
también lloró antes sus fracasos como si en ello se le fuera la vida; maltrató
su cuerpo descargando en él todas las tensiones que no manifestaba jamás en su
rostro; comprendió a todo al mundo -aún a aquellos que no merecían ser
comprendidos-; trató bien a los que la trataban mal, porque, como Janle, en el
fondo era cobarde-; fue madre de todos porque pensó que nunca serviría para ser
madre de sus propios hijos. Hay que reconocer que también trató de salir de ese
molde, haciendo cosas que su familia juzgó extrañas; estudiar religiones y
filosofía oriental -porque pensó que podía ser un buen camino para el
autoconocimiento-, casarse luego de un brevísimo noviazgo con un hombre 8 años
mayor que ella, al que conocía desde que tenía 15 años -porque lo amó e
intuitivamente sintió que él tenía todo eso que a ella le faltaba-; dio atención
a su cuerpo siguiendo una medicina alternativa de la que casi nadie había oído
hablar - y eso la ayudó a comenzar el proceso de recuperar la importancia de lo
físico-; dio atención a su alma, permitiéndole gozar la libertad de los pinceles
y el poder de la palabra. Hoy Narea ya no estaba segura de quién era y mucho
menos de quién quería ser, de lo único que estaba segura era de que tenía que
encontrar un equilibrio entre tanta polaridad extrema...
Lea, la hermana del medio, era la que más había sufrido en la vida. Durante
muchísimos años nadie reparó en ella, nadie le prestó atención, nadie creyó que
ella tuviera nada importante que hacer o que decir. Nadie la alentó a
desarrollar ningún talento, ni a conocerse mejor a sí misma, ni a aprender a
interactuar con los demás. Janle la ignoraba, porque era muy niña y porque de
alguna manera aquella hermana, alta, hermosa, de grandes ojos almendrados,
curvilínea y voluptuosa le recordaba todos esos aspectos de su propio cuerpo que
ella quería olvidar que estaban ahí. Narea la ignoraba, porque pensaba que Lea
era vanidosa, poco inteligente, sólo interesada en todas esas "cosas de mujeres"
que ella tanto despreciaba -la ropa, el maquillaje, el peinado, la figura, los
zapatos de taco alto, las uñas largas-. Su padre, que ella estaba segura hubiera
preferido un hijo varón, la ignoraba porque a ella no le gustaba estudiar
ciencia ni leer sobre temas áridos como filosofía o historia; a ella le gustaban
las novelas, cuanto más románticas mejor; soñaba en casarse con un hombre alto y
rubio y entrar a la Iglesia vestida de blanco y que todos se dieran vuelta para
mirarla... ; no acataba las órdenes de regresar a casa temprano, de no andar en
moto, de no salir de noche sin la compañía de un adulto, de ser ordenada y
respetuosa con sus mayores. Su madre, que ella estaba segura nunca había
superado la muerte de su primogénito, la ignoraba, porque no comprendía a esa
hija tan distinta a ella; las mujeres que se preocupaban por su apariencia eran,
en su opinión, criaturas vanas y volátiles que nunca llegarían a ser nada
en esta vida, no entendía de dónde había salido ese ser tan distinto a su marido
y a ella misma; que pretendía tener un novio a los 16 años, usar minifalda, irse
de viaje de egresados, salir a bailar de noche y a la que le gustaba la
literatura erótica...
Un día de lluvia sorprendió a las tres hermanas solas en casa y sin nada que
hacer. Al principio se miraron con desconfianza como era habitual y callaron.
Pero el tiempo pasaba, el silencio se hacía insoportable y al final comenzaron a
hablar. Y Lea vio que cada una de ellas tenía algo que enseñarle a las otras. A
Janle le explicó que un cuerpo femenino no era nada malo en sí mismo, que un
silbido por la calle no era una ofensa, sino, quizás, una señal de aprecio y que
no sería una mala idea dejar de esconderlo. A Narea le explicó que existía el
placer sensual de usar ropa atractiva, ajustada al cuerpo, con telas sedosas,
brillantes o transparentes; de insinuar sin mostrar; de remarcar los propios
rasgos con maquillaje o un buen peinado; de usar tacos y sentirse en la cima del
mundo. Y Narea habló sobre el enorme placer que existe en la actividad
intelectual y el estudio y que merecía ser explorado. Y Janle habló sobre el
placer casi místico que puede traer la música, y que la hay no sólo divertida,
rítmica y energizante; sino también melódica, seductora y hechicera. Las tres se
sorprendieron al ver que todas amaban los libros de magia y fantasía, llenos de
príncipes valientes, mujeres hermosas, magos poderosos y dragones voladores.
Janle les contó sobre esas dudas que la asaltaban a la hora de actuar y Narea se
reconoció en el relato. Y Narea habló sobre su falta de coraje ante los demás y
Janle se sintió identificada. Y Lea le enseñó a Narea el poder de la seducción
y la habilidad de defenderse, sacando las garras como una gata, cuando una era
atacada y a Janle le contó sobre los infinitos mundos que se pueden explorar si
uno sólo se tira en la cama a imaginar... Y las tres aprendieron que podían ser
personas más plenas si aprendían unas de otras y se ayudaban entre sí a superar
sus temores...
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