Dalida
 
     
Por  Maia del Río

 

Dalila estaba parada sobre un montón de escombros de piedra gris. Lo que alguna vez había sido su hogar, ya no existía más. Miró hacia ambos lados...pero miró sin mirar. Su rostro estaba sereno, sólo en sus ojos se adivinaba el estado de conmoción en el que se hallaba. Y no eran las ruinas lo que la hundía en su angustia, sino lo que éstas representabas.

 

-          Sola – pensó – estoy sola.

 

Los que alguna vez estuvieron, los que la esperaban todos los inviernos con los brazos abiertos y los corazones y chimeneas cálidos se habían ido sólo Dios sabía a dónde.

Cuando tomó el tren esa mañana, jamás hubiera imaginado semejante desastre. Sabía si, que las cosas serían diferentes: después del terremoto no podía esperar que todo siguiera igual. Pero no esperaba encontrar un vacío donde había habido tanto...

Apoyó la valija sobre uno de los tantos montículos de piedra y comenzó a caminar con la cabeza gacha, esperando encontrar algo, cualquier cosa, cualquier indicio del pasado que se pudiera haber salvado de la catástrofe. Luego de un rato de infructuosa búsqueda, se dio por vencida. Necesitaba más tiempo y más brazos para levantar los escombros que sepultaban toda una historia, toda una vida y tantos pero tantos recuerdos, buenos y malos.

El pueblo estaba en las mismas condiciones que su viejo hogar. Y a pesar de la visión tan devastadora que tenía frente a sus ojos, no lloró. No podía llorar ya que implicaría aceptar lo que había sucedido y definitivamente no estaba lista para eso. Así que levantó la maleta, que no tenía mucho, y comenzó a caminar sin saber hacia dónde...se dejó llevar por sus pies, que en ese momento eran más sabios que ella. Pasó las colinas que separaban el bosque del pueblo y caminó por horas, aunque para ella no fueron más que unos minutos. En un momento se detuvo sin comprender cuál era la sensación que tenía. Miró hacia arriba y cayó en la cuenta de dos cosas a la vez: era de noche, el tiempo había pasado demasiado rápido y tenía sed....mucha. Había pasado su arroyo sin darse cuenta.

 

-          Bueno – pensó – por hoy es suficiente. Se sentó a los pies de un viejo tronco y se durmió.

 

Algo le hacía cosquillas en la mejilla. Abrió un ojo y se palmeó el costado. Un grillo saltó y se perdió en el césped mientras Dalila se despertaba con un bostezo. Tardó un poco en recordar y cuando lo hizo, cerró los ojos con fuerza con intención de volver a dormirse y no despertar por mucho tiempo. Pero no había caso, el grillo la había despabilado. Se desperezó nuevamente y comenzó a desandar el camino recorrido el día anterior en busca del arroyo. Al cabo de un rato se dio cuenta de que no lo iba a encontrar...no estaba, simplemente, donde lo había dejado hace un tiempo. Tenía tanta sed...- No voy a llorar – se dijo. Dios...que alguien me ayude....

Siguió caminando un largo trecho, hasta que divisó una columna de humo que se elevaba por sobre las copas de los árboles pelados por el invierno y se dirigió hasta allí. Había una choza, vieja pero limpia y acogedora. Le pareció extraño no haberla visto nunca en su niñez... - Quizá caminé más de lo que creía - se dijo.  Tocó a la puerta pero nadie respondió. Decidió, entonces, asomarse a una de las ventanas y lo que vio la dejó con la boca abierta. Allí, a unos metros nomás, descansaba una enorme tarta de lo que parecían frutos silvestres.

 

-          ¡¿Qué estás buscando?!

 

Dalila giró tan de golpe, que tropezó y cayó, golpeándose la cabeza con la baranda de madera. Lanzó un gritito y se desvaneció.

 

-          Primero hay que llorar – se oyó la voz que antes la había asustado tanto. Dalila, como siempre, primero abrió un sólo ojo. Estaba dentro de la cabaña, en un cómodo sofá, rodeada de muebles, libros, calor y olor a dulces. Un viejito sin muchos dientes, de ojos cálidos, le sonreía al tiempo que le ofrecía un trozo del rico pastel.

-          ¿Qué? – Preguntó – Ah...Gracias. Tomó el pastel al tiempo que se tocaba la frente, que dolía bastante. El viejito le había vendado la herida.

-          Debes ser Dalila...Sí, yo se quién eres, pero tú no sabes quién soy yo. Y eso está bien. Así debe ser. Como te decía, primero hay que llorar.

-          Disculpe – dijo Dalila, tratando de tragar el enorme pedazo de pastel que había metido en su boca- pero no entiendo.

-          Bueno, cuando uno cree que perdió algo preciado, lo primero que debe hacer es llorar.

-          Yo no quiero llorar. La estructura colapsó, pero confío en que los habitantes escaparon a tiempo.

-          Mhmmm...quizás lo hicieron, quizás no....sólo tú puedes saberlo.

-          ¿Y cómo se supone que voy a saberlo?

-          Veamos...estos habitantes de los que hablas...¿los querrías ver aunque estuvieran en otra ciudad, con otras gentes, con otra vida...aunque te hubieran olvidado?

-          Nunca me olvidarían.

-          ¿Porque tú nunca los olvidarías a ellos? ¿Estás segura de que corresponden el sentimiento? La estructura cayó, pero ellos podrían haberte esperado...sabían que vendrías este invierno como todos los anteriores...¿dónde están entonces?

-          ¡Ya le dije que NO LO SE!- Dalila estaba empezando a ponerse nerviosa con tantas preguntas y tan pocas respuestas- ¿Por qué no me lo dice usted, ya que sabe tanto de mi, eh?

 

El viejito, que no se había sobresaltado un ápice con el estallido de la muchacha, la observó un momento con dulzura en la mirada. Y era tanta la dulzura, que Dalila de inmediato se avergonzó de sí misma:

 

- Disculpe, señor. Es que no comprendo...

-          Si, sí, comprendes. No es fácil abrir los ojos, ya que los tontos que no toman conciencia suelen parecer más felices. Pero nosotros no tenemos una conciencia dormida ni corta visión. Tú construiste tu casa, tu bosque, tu familia, amigos....toda tu historia. La llenaste de tu amor para darle vida y la dividiste en varios entes: gente, muebles, nubes, arroyos. Era tu hogar, tu refugio, donde el frío del invierno no pudiera tocarte. Pero algo pasó, mi niña, algo pasó y todo se derrumbó. Y esas gentes, esos muebles, esas nubes y arroyos ya no están más. Y sólo tú sabes dónde se han ido porque sólo tú sabes porqué han desaparecido. Ya se que no es fácil, por eso estoy aquí, para ayudarte a entender lo que en el fondo ya sabes...si estuvieras realmente sola, yo no habría aparecido y seguirías vagando por el bosque, perdida sin tiempo ni espacio, buscando afuera lo que crees perdido, sin poder encontrarlo jamás. Pero no se puede perder lo esencial a uno...sólo la forma se pierde y entiendo que la extrañes...pero es tan absurdo si lo piensas: ¡No puedes extrañarte a ti misma! Todo lo que buscas está en ti, lo que tu afecto construyó, puede volver a construirse todas las veces que tú quieras. Pero hay una lección a aprender: cuando las formas vuelvan a caer, y volverán a hacerlo ya que son transitorias, hay un centro que no puede caer, ni perderse: Tú. Y así, algún día, ya no habrá formas que construir porque te contentarás con haberte conocido gracias a ellas y podrás entonces, enfrentar el mundo sin tener que proyectarlo...¿Me sigues?

-          Creo...que si...Pero no me gusta.

-          Bueno, claro que no: por eso sigues construyendo formas, porque no crees que te guste la ¨realidad¨ del afuera...o sea, las formas que constituyen las sombras de lo que sueñan todos los seres vivos. Dime, mi pequeña... ¿Qué causó el terremoto? 

Dalila miró hacia abajo y los ojos se le humedecieron peligrosamente: 

-          Creo que la causa fue que...crecí.

-          Ajá...si...suele ser triste la primera desilusión...muy triste...hasta mortal para muchos. Pero tú tienes algo que la mayoría de los que crecen no tienen: te das cuenta de lo triste que es...no sigues hacia adelante sin darte cuenta de que no debería ser así...ni vives una existencia vacía de sueños e ideales como tantos. Sí, sufres más pero es el único camino para encontrar tu centro, tu paz y tu verdadero valor. Tu casa volverá a construirse y las gentes volverán a aparecer...pero todo será distinto porque tu eres distinta...quizá la casa sea más fuerte...quizás...si aprendiste algo...las gentes también sean diferentes y quizá, algún día, con un poco de sabiduría y otro poco de suerte...no necesites construir nunca más. Pero para todo esto, mi querida, lo primero que debes hacer es llorar.