La señora Gaba
Por Carlos Nessi


 

En los atardeceres de invierno, poco antes de que empezara a oscurecer, pasaba la señora Gaba en un carro tirado por caballos. Conducía su marido. Atravesaba las calles heladas del pueblo, poco antes de que se hiciera de noche. La poca gente que la veía pasar, sabía de qué se trataba. Sabía y no sabía. Porque la señora Gaba era espiritista y salía de su casa a esa hora, todos los días. Y todos sabían , o suponían, que iba al cementerio, o cerca del cementerio a encontrarse con difuntos. Y todos le tenían un poco de miedo, o mucho miedo, aunque lo negasen. Porque la señora Gaba vivía en contacto con los muertos. Tal vez por eso era tan blanca, aunque su blancura no parecía palidez, sino maquillaje.

La señora Gaba, en los atardeceres de invierno, iba en dirección del cementerio a encontrarse con muertos, a pedido de secretos clientes. Pero nadie se atrevía a seguirla para ver adónde iba exactamente y qué hacía. Por lo tanto, todos suponían sin haber sido testigos de nada. Aunque corría el rumor de que un joven la había visto una vez, de casualidad, cuando ella estaba en medio de su tarea. Cerca del cementerio, sí. Pero nunca se supo quién fue ese joven, ni qué fue lo que vio. O no querían decirlo.

La señora Gaba inspiraba curiosidad y un interés morboso. La llamaban bruja y ella lo sabía. Aunque nunca lo había oído. La señora Gaba era sorda.

Acompañada por su marido, la señora Gaba regresaba de su salida, ya entrada la noche. Regresaba más despacio de como iba. El trotar de los caballos se oía nítido en medio del silencio nocturno. Los que lo oían sabían que era la señora Gaba que regresaba de su ceremonia. Ella no oía. Y si alguien la veía, notaba en su rostro una expresión relajada, satisfecha y feliz.

La señora Gaba se encontraba con muertos a pedido de sus consultantes secretos. Eran secretos porque nadie quería decir que creía en los poderes de la señora Gaba para estos contactos y mucho menos que le pedían noticias de sus familiares, amigos o amantes fallecidos. Y si bien se decía que nadie, salvo aquel joven anónimo, la había visto mientras ella realizaba estos encuentros, también se sabía que muchos de sus clientes (por llamarlos de alguna manera) se daban cita con ella para participar de estas sesiones, cuando éstas se realizaban en su casa.

Ella vivía en una casa grande y solariega, frente a la vía, muy cerca de la estación . Las puertas y ventanas de esa casa siempre estaban cerradas. Se decía que a ella le gustaba vivir en la oscuridad. Aún en los días calurosos del verano, su casa estaba cerrada. Si bien en esos casos era más comprensible que se defendiese del sol abrasador y sofocante de los meses que iban de Diciembre a Marzo. Pero su casa nunca abría sus puertas y sus ventanas, ni siquiera en las tardes del verano, ni siquiera en las mañanas del invierno.

La gente del pueblo evitaba pasar frente a esa casa que hacía esquina y cuya entrada principal se encontraba en una calle cortada. Esa gente del pueblo se moría de curiosidad por saber cómo era esa casa por dentro pero nadie - se decía - la había visto en su interior, salvo, claro, los que iban a consultarla. Y estas personas nunca se hacían ver. Lo hacían siempre de noche. Era gente del lugar la que acudía a ella, del pueblo y también de pueblos vecinos. Aunque algunos, parece, venían desde bastante lejos. Pero siempre era de noche. En invierno y en verano.

 

Las puertas y las ventanas de su casa estaban siempre cerradas para evitar que penetrase la luz del exterior. No que ella fuese renuente a que la gente pudiese mirar hacia el interior de su casa. Ella era una mujer abierta y simpática y le agradaba mucho comunicarse con todos. Pero la gente la evitaba. Cuando digo la gente, quiero decir los adultos, porque los niños no le temían. Yo no le temía. Yo era un niño. Por eso me acerqué a ella y a su casa. Pero ya vuelvo sobre esto.

Decían que ella evitaba que la luz del exterior, la natural y la eléctrica, penetrasen en el interior de su casa. Decían que ella aseguraba que los espíritus se ciegan con la luz terrena. Que se encandilan, se asustan y huyen. Que para ellos la luz es como un ruido fuerte. Que la luz los espanta. Y que su casa debía mantenerse intacta de luces. Sólo las velas eran toleradas y podían ser usadas. Las velas emanan una luz que no asusta ni espanta a los espíritus. Pero además, algunos decían que los espíritus tienen una luz propia. Sólo se los puede ver con la luz que ellos traen. Otro tipo de luz, como no sea la luz de las velas, los torna invisibles. Eso decían algunos. Y la misión de la señora Gaba, era, justamente, comunicarse con los espíritus y dejar que ellos se comunicaran con ella. La señora Gaba era médium.

Fue en un mes de Junio cuando yo hablé por primera vez con ella. Lo hice casi presionado por mi amigo Angel. Ambos teníamos once años. Ambos habíamos hablado de la señora Gaba muchas veces. Y a los dos se nos ocurría que sería alucinante tener la posibilidad de entrar a su casa o de ver lo que ella hacía por las noches, en el cementerio. El miedo no era una barrera, en todo caso temíamos que alguna persona nos descubriera ( sobretodo nuestros padres ). Pero aquella tarde de invierno, cerca de su casa, la abordé cuando ella regresaba luego de haber hecho, al parecer, algunas compras en el almacén. Me acerqué seguido de Angel que estaba dispuesto a no hablar. El confiaba en mí pero igualmente se mantuvo a algunos pasos de distancia. Al acercarme, percibí su perfume dulzón, su impecable rodete, sus pechos inmensos, su piel blanca y tersa. Sabíamos que era una mujer prácticamente vieja, pero no había detalles de vejez en su cuerpo, ni en su manera de andar. Caminaba erguida, al mismo tiempo que la expresión de su rostro era sumamente simpática.

Cuando llegué a su lado me animé a decirle : "señora Gaba"... Pero ella era sorda y no me oyó. Tuve que gritar bastante fuerte para que me oyera "señora Gaba"!!... Entonces giró su cabeza hacia mí y se quedó detenida mirándome durante unos instantes. Luego me sonrió pero no me habló. Parecía estar esperando que le dijera para qué la había llamado. Pero como yo aún no lo sabía permanecí también callado. Al final me animé a decirle ( o a gritarle ) "es verdad que usted habla con los muertos?" Ella sonrió y luego se puso seria. Me dijo "Los muertos no existen"... Yo no supe qué más decir. Y hubiera empezado a sentir algo de miedo si ella no hubiera tomado la iniciativa de invitarnos a tomar una taza de chocolate a su casa. Lo hizo con naturalidad y hasta con una cierta ternura. Obviamente, Angel vino conmigo. Los dos estábamos eufóricos por haber logrado esta invitación.

La casa por dentro era extraña. No era una casa como las que yo conocía. Si bien las paredes eran claras, todo el mobiliario era oscuro. Pero fue la cantidad de fotos viejas que hacían las veces de cuadros y cubrían las paredes lo que más me llamó la atención. Fotos de personas con vestimentas muy antiguas. Alguna luz natural se filtraba por las ventanas no tan herméticamente cerradas. Eso nos permitía ver. Pero de inmediato ella encendió dos velas , cerca de la entrada.

Nos preparó el chocolate con la misma actitud con que lo hubiera hecho una abuela para sus nietos. Sentados a la mesa de su amplia cocina, ella parecía no querer hablar de sí misma o de lo que ella hacía.

Nos preguntaba cosas a nosotros : del colegio, de nuestros padres y hermanos, de nuestros juegos predilectos y de los otros amigos que teníamos. Me llamaba la atención que casi en ningún momento lo miraba a Angel. Me observaba a mí, más allá de lo que parecía suponer su actitud amable y cariñosa con los dos. Me miraba con tal intensidad que en algún momento sentí que me mareaba. Ella seguro que lo percibió. Entonces, empezó a preguntarle cosas a Angel, que se mantenía parco y vergonzoso. Yo, no obstante, seguí sintiendo que me observaba, aunque no me estuviera mirando. En algún momento pensé que me cansaba esa casa de muebles oscuros, esa cantidad de fotos antiguas diseminadas por las paredes, ese silencio sepulcral y hasta la misma voz chillona de persona sorda, que ella tenía. Pero en realidad, sólo sentía la necesidad de irme por algo que empecé a temer ya no de ella, sino de mí. Como si tuviera miedo de un descontrol. Y tuve de repente la sensación de que en ese lugar donde estábamos, había otras presencias. Giré la cabeza pero no vi nada. La señora Gaba con una sonrisa en la boca y una mirada muy seria, me dijo que no me asustara. Se levantó de la silla y caminó en dirección a un cuarto contiguo al corredor. Oí como si fuera el aletear de un pájaro. Pero sabía que no era un pájaro. Tal vez ella estuviera sacudiendo una sábana, una tela... Una luz extraña pareció encenderse en el cuarto donde ella estaba. Creí que había encendido una vela. Mi corazón estaba acelerado y lo miré a Angel. El parecía no darse cuenta de lo que empezaba a suceder en aquel momento. Me dijo que nos fuéramos, que la vieja era muy aburrida y que no había nada con qué entretenerse. Yo me sorprendí de que él estuviera tan ajeno a lo que yo estaba viendo y sintiendo. . Y aunque yo también quería irme, sentí que no iba a poder.

La Señora Gaba regresó de la habitación adonde había entrado y me preguntó si no quería quedarme, que había algunas cosas que me iba a mostrar y que me servirían... En cuanto a Angel, no hubo necesidad de decirle nada : él mismo tomó la inmediata iniciativa de irse. Apenas me dijo al oído "después me contás"... Lo noté en ese momento aliviado, relajado, mucho más relajado que yo. El hecho es que, de pronto, me encontré solo con la señora Gaba. Yo estaba casi temblando, con cierta sensación de vértigo y una extraña sensación de pertenencia a ese lugar que estaba visitando por la primera vez. El deseo inicial de hacer una travesura, se había transformado en algo así como haber llegado a destino.

"Te estábamos esperando" me dijo con una voz muy distinta a la que le había oído hasta el momento. La expresión de su rostro adquirió una seriedad y una intensidad que tampoco le había observado antes. Me tomó de la mano, me empujó muy suavemente hacia delante y luego, con sus manos en mis hombros, me encaminó hacia el cuarto contiguo al corredor.

Entré como un autómata en ese cuarto donde ella había estado segundos antes. Lo que vi me asombró y me provocó un gran escalofrío. No había ningún mueble, ni ninguna luz encendida ni ninguna ventana abierta. Pero el cuarto parecía lleno de reflectores. Todo el espacio estaba invadido por una luminosidad amarilla que no paraba de oscilar en su intensidad. Debo decir que si bien en un momento me sentí incómodo, enseguida después me sentí fascinado y atraído por algo intangible en ese momento. Algo que tenía una presencia radiante. Busqué con mi vista a la señora Gaba pero no la ví más. Penetré aún más en el cuarto que parecía no tener límites. Con mis ojos bien abiertos me dirigí a lo que sentí que era el centro de tal energía. Una sensación de calor me invadía. Sentí que dejaba de ser yo mismo. Percibía confusamente la presencia de seres incorpóreos. Tuve la sensación de que, entre ellos, había alguien que yo debía encontrar, alguien que me esperaba, alguien que tenía que ver conmigo. Traté de detectar quién era, dónde estaba.

"Este es el comienzo y el final " oí decir. "Es el límite que no existe. Tu vida es esto que ves aquí, donde no hay cuerpo. La vida está fuera del cuerpo". No tardé en darme cuenta de que quien hablaba era la señora Gaba. Ella estaba en algún lugar detrás de mí. Y con su misma voz distinta, agregó : "El canal está abierto. Dejáte llevar por la sensibilidad de tu alma. El está aquí."

Espontáneamente, me puse de rodillas en el suelo. Sentí un viento perfumado que apaciguaba mi calor de instantes atrás. Frente a mí apareció una imagen de alguien que me miraba con actitud muy bondadosa. Era una figura masculina y anciana, vestida con ropas de un color azul brillante. Sentí que era alguien muy conocido, ilógicamente conocido. Pero no supe en ese momento quién era. Tampoco importaba.

Me quedé contemplándolo en silencio creo que mucho tiempo. Sin darme cuenta me fui acercando más a él. Desde una actitud de infinita paz , le oí decirme : "Nunca tengas miedo...a nada! Nunca te dejes llevar por los engaños y la tentación de los sufrimientos. Tu vida está en tu interior. Lo que des de vos, se transformará en tu riqueza. No sufras, no vale la pena. El sufrimiento es una gran equivocación que a la larga se corrige". Fue todo lo que me dijo. Luego se acercó aún más a mí.

Aunque no lo sabía en aquel momento, yo estaba en trance. Una profunda sensación de amor me invadió. Sentí que ese hombre anciano que aparecía delante de mí, me amaba, me cuidaba. Percibí que de mis ojos comenzaron a salir lágrimas de felicidad, de gratitud. Experimenté algo que nunca había experimentado antes y que nunca más iba a experimentar después. Algo que no se puede transcribir. Un estado de éxtasis, de gracia, de amor infinito.

Durante largas horas permanecí en ese estado. No tenía noción del tiempo. No recordaba dónde estaba. Sólo sentía esa presencia entre divina y humana que no cesaba de amarme mientras me miraba. Creo que mis lágrimas no pararon de caer durante todo ese tiempo. Después, en algún momento, sentí la voz de la señora Gaba muy cerca de mi oído, diciéndome : " Ahora, despedite". Entonces, sentí la mano del anciano sobre mi cabeza y percibí cómo su mirada se hizo muy brillante, tanto que ese brillo me cegó por unos instantes Después, sentí la sonrisa en mis labios y las manos de la señora Gaba ayudándome a ponerme de pie. Salí de esa habitación transformado. Al pasar por la sala de la casa en dirección a la puerta de salida vi que había varias personas , todas ellas con una apariencia extraña, sentadas en los diferentes sillones, mirándome y sonriendo. No recuerdo cómo fue la despedida de la señora Gaba. Sólo recuerdo que era de noche cuando me encontré en la calle. La noche era fría y muy estrellada. Yo caminé sin rumbo, sintiendo tal sensación de liviandad en mi cuerpo que sentí que podía volar. Y creo que volé. Bajo la luz de las estrellas, volé. Y creo también que volví a llorar de felicidad y de amor. Pensé que, al día siguiente volvería a lo de la señora Gaba, que quería meterme para siempre en ese mundo radiante y sobrenatural.

Mientras caminaba oí el coche tirado por caballos que iba rumbo al cementerio, o cerca del cementerio. La señora Gaba iba a encontrarse con los muertos, como todas las noches. Pero qué había sido todo eso que sucedió en su casa? Quienes eran los que estaban en la sala cuando yo salí? Hubiera querido ir con ella. Pensé en correr atrás del carruaje y llamarla. Pero no lo hice. Esa noche me bastaba con lo que había vivido. Ya tendría ocasión de acompañarla alguna vez, con toda seguridad. Ella me revelaría los secretos que nadie conocía. Mi canal estaba abierto y yo podía volar bajo las estrellas.

Al llegar a mi casa debí enfrentar el enojo y la preocupación de mis padres por no saber ellos dónde yo había estado. Era de madrugada y me habían buscado por todo el pueblo. Pero a pesar de sus retos y preguntas, yo no pude decir nada. Me notaban raro. Sin embargo en ese momento se conformaron con haberme recuperado. Lo que quedó de esa noche, no sé si dormí. Más bien continué con esa sensación de estar fuera de mi cuerpo. Sentí que volaba hacia lo alto, que jugaba entre las plantas del jardín, que me miraba a mí mismo a través de la ventana de mi cuarto. Sentía la presencia de esa figura anciana que me había hecho sentir tanto amor. Sentía la presencia de la señora Gaba. Y sentí su voz, de repente, cuando ya estaba aclarando y la luz del día empezó a filtrarse por las persianas de mi cuarto. Oí que me decía : "Ahora seguís vos, sin mí...No te olvides de nosotros y nosotros no te vamos a olvidar" . En ese momento sentí frío, mucho frío. Me incorporé, no obstante en la cama, animado por esa voz y creyendo poder encontrar allí a la señora Gaba. Pero ella no estaba allí. O había estado y se había ido. No lo sé. Sólo sé que luego de levantarme aquella mañana, todavía trastornado por las vivencias tan intensas del día anterior, mis padres comentaron que la señora Gaba había muerto . Había muerto en la madrugada. Había muerto al lado de su marido, en el coche tirado por caballos, mientras regresaba de su "ceremonia" en algún lugar, cerca de los muertos.

Pasaron muchos años. Todavía recuerdo el desconcierto en el que viví durante aquel tiempo. Muchas veces pasaba frente a la casa solariega que formaba esquina frente a la estación. Las puertas y ventanas estaban siempre cerradas, como si ella estuviera allí.

La señora Gaba siguió siendo comentario en el pueblo con motivo de su muerte. Luego, la olvidaron. Yo, no.

Mi amigo Ángel no recuerda la tarde en que, teniendo once años, fuimos a la casa de la señora Gaba a tomar chocolate.

Yo quisiera volver a tener un encuentro tan fascinante y tan sobrenatural como el que tuve en aquella casa, aquella vez. Y a veces pienso que fue tan intenso que deberá alcanzar para el resto de mi vida. Tal vez no necesite más.

Buenos Aires

1 de Agosto de 2001