La Princesa Sol
Por Juan Pablo
Martese
A Lucila le gusta levantarse temprano para sentir el dulce aroma de las rosas llenar su alma y dejar que el viento le acaricie su piel blanca como la nieve, soltando su oscura cabellera, haciéndola fluir como una cometa.
El sol asoma lentamente su cabeza sobre el horizonte.
Lucila corre hacia la colina, sus delicados pies dejando huellas imperceptibles sobre el pasto verde. Siempre se siente feliz: juega con su vida como el viento con su pelo.
Llega a la cima de la colina en el instante en que el viejo sol se sacude la línea del horizonte y muestra entera su cara redonda. Sus débiles rayos, temblorosos por la edad, buscan a su princesa tanteando la colina como un ciego. Sus rayos rozan los pies de Lucila y delicadamente recorren su cuerpo hasta llegar a la perfección de su rostro y sus rizos negros .
El viento continúa jugando con su pelo y a sus suaves caricias se suman los temblorosos rayos del viejo sol. Entre los dos juegan, ocultándose y encontrándose dentro de la maraña oscura que adorna la cabeza de la princesa.
Poco a poco el color del pelo de Lucila cambia, tornándose más y más claro, hasta que asemeja una bola incandescente de fuego, sujeta a la cabeza de la princesa.
Terminado su labor, el Rey Sol desanda su camino, cansado, y desaparece por el horizonte, de allí de donde vino.
Sobre la cima de la colina, en la isla más oriental del planeta, el pelo de Lucila continúa incandescente. Ella sigue jugando con su vida, pero ya no el viento con su pelo.
Lucila empieza a correr por la colina, imitando inconscientemente el camino que el viejo sol recorría todos los días en su juventud. Corre hacia la cima de aquella colina con su cabellera incandescente desfilando detrás para saludar el nuevo día, tan bello como ayer y como el mañana.
A miles de kilómetros, los que ignoran la existencia de aquella isla y su princesa, se levantan para saludar al viejo sol, sin saber que el astro que iluminaba el cielo a diario, vencido por la edad, ha dejado su lugar a una nueva generación, a aquella Princesa que en su reino de eterna primavera recorre la colina, de ladera a ladera, posándose en la cima un momento para luego continuar su recorrido.
Con esa ignorancia, empiezan el nuevo día.
En la isla, Lucila sigue corriendo pero se cansa. Su pelo pierde lentamente su incandescencia, mientras ella lentamente agota sus fuerzas. Con un último esfuerzo, corre por la ladera de la colina y se tira a descansar al suelo en el momento en que el color natural devuelve la noche a su cabellera.
Lucila debe descansar. Mañana será igual, como ayer y como hoy.