Encuentros cotidianos
Horacio Ejilevich

 

Bajó por la manga del vapor con su pipa preparada para ser encendida ni bien pudiera, atrás quedaba el free shop, un caniche curiosamente llamado " Killer " y sus dueños. Podría decirse que casi sobrevoló la Aduana y se fue a hundir en la mágica ciudad vieja. Por la Plaza, cerca del Solís, donde un solitario Artigas custodiaba el viento y la lluvia, se encontró ( para su sorpresa ) que, de cada inmensa palmera pendían blasones de distintos colores. Después fue debajo del retrato mal logrado de Bonaparte y pidió su casi religioso cortado doble en taza. Lo bebió mientras seguía fumando su pipa y también un poco de humedad y lluvia que se colaba por el viejo bar.

Los ojos lo confundían desde lo mojado del cristal y percibió un persistente olor a puerto.
- Al fin y al cabo Montevideo es un puerto - Se dijo a sí mismo...
Notó que había hablado solo.
El olor lo atrajo. Siempre se guió por su nariz y no cambiaría ahora, después de medio siglo.
Casi enseguida llegó su Padre. No importaba que solo él lo viera, tenía una bufanda y una gorra, seguramente de Europa.

- Hijo, vamos a ver a tu Mamá! - Y apoyó  su mano en la cabeza del niño -.

La pipa se transformó en un chocolate Cadbury’s y el cincuentón en el pibe de siempre.
La Madre estaba en el negocio de especies, al lado del bar La Alhambra, comprando su canela en ramas.
Los tres fueron a almorzar pasando por la Catedral, donde iban siempre después del ver algo en el cine Rodó.
No importaba que la Alhambra no existiera desde mucho tiempo y en su lugar hubiera un McDonald's . El hecho era que existía ahora.

Don Horacio pidió su café con leche y masas que nunca comía.
Dora se quejaba de algo mientras olía el aroma de la canela en rama.
Tato, ( porque a esa altura había vuelto a no poder pronunciar la "ch" ), leía " Las aventuras del Halcón Negro ".
Así transcurrió el tiempo...Eterno o demasiado breve, como se mire.

Dora y Don Horacio, lo acompañaron al Puerto.

El vapor estaba esperándolo.

- Nos vemos en cualquier momento hijo. Siempre que nos necesites ya sabés que estamos!- Y diciendo esto comenzó a perderse en la neblina uruguaya.

- Cuidate Tatito, abrigate que hace un frío bárbaro! - Le dijo la Madre mientras le ponía una bufanda negra para el cuello...

El chocolate volvió a transformarse en pipa y ésta fue al bolsillo de su impermeable, mientras Dora se desvanecía entre la niebla y la sirena ronca de los remolcadores .
Subió al barco y se metió debajo del ferry.

Ni Don Horacio ni Dora habían salido en las fotos. En realidad no importaba.

Tenía el "Chanel nº 5 " de su Madre metido en su nariz y la mano enguantada y cálida del Padre en la cabeza.

Así durmió casi dos horas treinta.

Nadie sabe que la cita es cotidiana y en distintos lugares.

Después de todo el hombre es bastante cerrado y no cuenta demasiado sus cosas.