Quedó atrapado en una burbuja gigante, en medio del espacio. En un momento, las imágenes lo sorprendieron. Como en una película, pasó revista a situaciones cruciales de su vida. Sus gracias y desgracias fueron reveladas en un solo instante.
El Homúnculo, obra de un demiurgo ¿Quirón?, ese proceso de renacimiento necesario para despertarlo a una nueva realidad. Morir al mundo ilusorio de la materia, para despertar al mundo del espíritu. La gestación, el cambio...
Y volvió a nacer. En un mundo conocido a través de la experiencia, pero nuevo, ya que sus ojos habían aprendido el asombro de parirse a sí mismo, trascendió los instantes de asesinato, se protegió, buscó desde las aguas al fuego y permitió que los demás tarde o temprano aprendieran... el valor de lo que está en germen, a despertar de los sueños y prometerse a lo auténtico. Dejar ir lo que somete el aliento y abrirse a lo que nace.
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Beatriz
La
flor que sana
Había una vez, una joven doncella que vivía en una casa en el bosque con su familia. La joven, a quien todos conocían por el nombre de Clara, paseaba todas las tardes por los alrededores de su casa. Cerca de allí, había un lago rodeado de árboles. A Clara, le gustaba sentarse a la orilla de ese lago y escuchar la música que producía el viento, al mecer las copas de esos árboles. Antes de que llegara el crepúsculo, jugaba con sus amigas las gacelas. Las corría hasta alcanzarlas y, luego, acariciando su lomo les ofrecía el alimento: pastos tiernos que ella misma había recogido en los alrededores de su casita.
Cierto día, encontró en la espesura de un bosque a un joven cazador. Y, antes de que pudiera advertirlo, vio cómo el joven lanzaba una flecha y hería a una de las gacelas. La joven no pudo contener el llanto y el enojo hacia el joven que, al verla, lamentó sinceramente su acción y prometió hacer lo que fuera posible para repararla. Juntos, Clara y Abel, visitaron a la mujer sabia que vivía más allá del bosque. Ella sólo les indicó que sólo podría restablecer la salud de la gacela una flor que tenía los colores del arco iris y que se hallaba debajo del roble, cerca de una piedra oscura y áspera. Juntos, Clara y Abel buscaron el roble y prometiendo un buen destino para esa flor que tomaron de su terreno, la llevaron junto a la gacela y, mágicamente, al contacto con esa bella flor, sanó la herida de la gacela, fiel amiga de Clara y, ahora, también de Abel.
ÁRBOL
LANZA
MANDALA
VERBO :
ANIDAR
En el onceno día, cayó un coco del árbol. La boca se le hacía agua de solo pensar en la frescura de esa planta tropical. Hacía calor. Por suerte, estaba cerca de una playa. Podía caminar descalza sobre la arena húmeda. Tomó una rama del árbol. Sin esfuerzo se desprendió y, a modo de lanza, dibujó en el aire un movimiento cruzado, espantando aquello que obstaculizara su camino. Recordó a Don Quijote en este acto – aunque ella para nada se sentía ni Dulcinea ni Aldonza Lorenzo. Recordó al Quijote y su lucha ilusoria con peligros que sólo él veía. Sintió que la invadía una especie de compasión hacia él y ofreció su lanza para aliviar su herida. Continuó su camino hacia la playa. Se encontró con un niño que anidaba un pájaro entre sus manitas temblorosas. Le preguntó qué sucedía.
- Lo encontré tirado. Tiene una patita lastimada. Quiero que me ayudes -. Ensayó un vendaje con una cinta con la que había atado su cabello. Al chico, le brillaron los ojos de contento. Ella buscó una cajita en la calle y acomodó al pájaro herido. Le propuso al chico dejar el pájaro en su casa y dar un paseo por la playa. Caminaron por la orilla. A ella, le gustaba mojarse los pies en el agua fría. El niño y ella dibujaron un mandala sobre la arena. El pájaro iba a sanar.
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Nacho
Un viaje
Había
una vez un niño perdido en el bosque, sin dirección, deambulando.
En ese divagar conversaba con los animales, los pájaros, las ardillas y los conejos.
La fuerza de la vegetación lo hacía sentir familiar con los alrededores a pesar de que era conciente de su condición extraviada. Así pasaban los días y las noches en pleno contacto y diálogo con la naturaleza. Hasta que un buen día comenzó a sentirse incómodo consigo mismo, cosa que hasta el momento no sospechaba. Su fastidio llegó a tratar mal a los que le habían brindado compañía y alimento. Descontento con su accionar se sentó al pie de un gran árbol y juró no moverse hasta que se le pasaran los malos humores. Sin embargo día a día parecía que ellos crecían dentro de él cual raíz. Pero en el octavo día se abrió un vórtice en el cielo de color violeta y se sintió fuertemente atraído hacia éste. Desplegando una serie de pases mágicos que le había enseñado un viejo amigo del bosque, pudo lograr despegarse del suelo y volar hacia el mismísimo centro del mandala.
Anagramas: Higo, Ocio. Palabras: Princesa, Madera, Lanza Verbo: Actuar
Al Pasar
Acostado bajo un árbol,
comiendo un higo,
se encontraba el hombre disfrutando su tiempo de ocio.
Al tiempo que la bella princesa labraba la madera con una lanza,
él se disponía a actuar.
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Lidia
Transgresión
Había una vez, hace mucho
tiempo, una niña que vivía en un palacio que había sido construido mil años
antes de su nacimiento.
Ese palacio estaba ricamente ornamentado. Cada ventana, cada bacón, cada puerta,
tenían frisos ricamente trabajados y coloreados.
La niña, en el transcurso de su corta vida había logrado, con la ayuda de sus
padres, conocer la historia que cada friso contaba.
Sin embargo, había un símbolo, colocado en el dintel de la puerta que abría a la
glorieta, cuyo simbolismo nunca pudo desentrañar.
A sus preguntas, cada vez mas insistentes, los mayores solamente respondían con
evasivas y en el mejor de los casos, alguna vez le contestaron * nunca deberás
tocarlo *.
Cuando creció lo suficiente para que sus brazos alcanzaran esa roseta que tanto
la atraía, con timidez al principio, decidida después, recorrió con sus dedos
los relieves tan amorosamente decorados.
No entendió bien que estaba sucediendo cuando una abertura empezó a entreverse.
Todo su cuerpo cabía en ella y por primera vez sus ojos vieron ese magnifico
mundo de vívidos colores que instantes antes ni tan siquiera sospechaba.
Sin dudarlo se hundió, a través de la abertura en un mundo magnifico, ávida como
estaba de experiencias y sensaciones nuevas.
Mientras caminaba deslumbrada, su vida en el palacio, en donde tan feliz creía
haber sido un segundo antes, le pareció de repente oscura e insignificante.
Entonces lo decidió. Se quedaría a vivir allí, detrás de la roseta, en medio de
la diafanidad que la rodeaba. En ese mundo nuevo, donde finalmente descubrió sus
sensaciones.
Todo por Mili
Un día, en plena lid, Imeon, el gran dragón del monte, vio pasar cabalgando a la
doncella Odil, quien montaba a Diali, el caballo dorado en el que corría veloz
por el campo de lino.
Tal fue el impacto del amor que sacudió a Imeon, que cayo de rodillas bajo el
roble Mili, aquel que por aquellos lugares era famoso ya que siempre convertía
en realidad los mas locos anhelos de quienes hasta el llegaban.
Así fue como Imeon fue transformado en el mas gallardo habitante de esos
lugares.
Cuando Ondil volvió de su paseo, no pudo dejar de notar que sus mejillas se
arrebolaban y su sangre latía como nunca.
Pocos días pasaron entre rubores y cortejos.
Nunca más se separaron. El amor duro por siempre.
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Alejandra
Anagramas
Lejana, Rana, Lana
palabras
Árbol
Dragón
Pegaso
verbo: Soñar
Sueño de una bufanda de lana
En una comarca
lejana, había una vez una rana que vivía en un estanque al pie de un árbol.
Pasaba sus días al sol, cerca de las flores, las rocas y los peces. Un día, hubo
una gran tormenta, lluvias torrenciales y terribles vientos huracanados, que
amenazaban tumbar a todos los árboles del bosque, pero como siempre ocurre, la
calma siguió a la tempestad y la rana salió de su escondrijo para ver cómo había
quedado su estanque. Y allí, encima de una roca, vio una hermosa bufanda de
lana; se preguntó que sería aquello y se acercó a conocerla más de cerca. Notó
que era suave y brindaba un agradable calorcito, y se durmió sobre ella. Y soñó.
Soñó que un dragón visitaba su estanque y trababa amistad con ella; la llevaba
en su lomo a conocer todo el mundo –vio mares mucho más grandes que su estanque,
lagos más pequeños que los mares, ríos caudalosos, arroyos calmos, montañas tan
altas que parecían tocar el cielo y vio de lejos las ciudades de los hombres-. Y
despertó. Se acomodó nuevamente y volvió a dormir. Y soñó. Soñó que un pegaso
blanco venía a buscarla y la llevaba a conocer los cielos -vio nubes, arco iris,
planetas, estrellas, cometas, galaxias y al final del viaje una hermosa luz-. Y
despertó. Y vio que por el camino que corría al lado de su estanque, venía
cabalgando un hermoso joven de rubios cabellos, que miraba a los lados, como
buscando algo. De repente, fijó su vista en la rana y dijo “Ahí está!! La
encontré!!’. La rana se sobresaltó y pensó en huir, pero el joven fue más
rápido; la atrapó con su mano izquierda, la levantó en vilo y con la derecha
recogió la bufanda y la acomodó alrededor de su cuello. Cuando se hubo abrigado,
miró a la rana, que aterrada, temblaba en su mano y le dijo “Pobrecita! Te
asusté! Pero no fue mi intención... Apenas buscaba mi bufanda, que fue un regalo
de mi abuela, y que la terrible tormenta de anoche arrancó de mis manos” y como
para compensarla por el mal trago que le había hecho pasar le dio un beso en su
verde cabecita. Y entonces, algo no del todo inesperado pasó. La verde rana se
transformó en una hermosa joven de largos y oscuros cabellos rizados, a la cual
el joven contempló sorprendido por unos momentos, antes de ofrecerle su abrigo
para que cubriera su cuerpo y su recién recuperada bufanda para que anudara sus
cabellos. Y la llevó a casa de sus padres, que en ella reconocieron a una
pequeña niña que hacía ya muchos años se había extraviado cerca del estanque y a
la que todos habían dado por muerta. Y pasados unos meses, los jóvenes se
casaron. Y soñaron...
Javier
El señor de los hilos
Desde la oscuridad del mar surgió el centauro, agotado por una travesía que había consumido su fortaleza y su fe. El cuerpo de la bestia brillaba, acariciado por las aguas y la luz de la luna. El rostro humano era apenas una máscara de un sufrimiento intolerable.
Venía huyendo, escapando de sombras impronunciables que habían logrado herirlo y buscaban rematarlo. Sin embargo su propósito no estaba cumplido, lo que reducía a cenizas todos los ayeres y las horas pretéritas.
Desde la playa distinguió la silueta negra del castillo que se erguía en la ladera de la montaña. Ese era el final de su camino y no dejaría de intentar alcanzarlo.
Miró su cuerpo y reconoció las heridas que lo habían debilitado. Una lanza le había atravesado el pecho, demasiadas llagas le recorrían el lomo. Intentó ignorarlas pero el dolor ardiente regresaba sin cesar para recordarle las formas del pasado.
Sin pensarlo se volvió y miró hacia atrás, hacia la vieja mar que acababa de concebirlo, pero las aguas antiguas no lograron redimirlo. Una y otra vez retornaba a las tierras previas al mar y a la memoria del sueño y de la culpa.
Caminó con lentitud, temiendo la proximidad de las bestias y los hombres. Por razones ignoradas el desprecio que había recibido de los que no eran sus semejantes había hecho nacer esa ira que había poseído sus sentidos y sus pensamientos.
Recordó el arco firme y la flecha exacta, la mueca de la boca que reía desfigurada por el hierro, el sonido de los huesos rotos de la muchacha que en otras circunstancias hubiera podido amar, el pelaje ensangrentado del lobo, la cabeza cercenada del caballo...
Luego de que la perversidad adquiriera nombre Seth se ocultó en los bosques, agonizando por las heridas que trazaban símbolos en su cuerpo y por el conocimiento de la mal que poseía. En la soledad nocturna Seth lloró a sus víctimas. Sabiendo que nada de lo que hiciera les devolvería la risa y el tiempo se sumergió en las aguas del océano y nadó hasta alcanzar la orilla del castillo.
Con la certidumbre de la culpabilidad de sus actos Seth había decidido enfrentarse con el anciano. El viejo existía desde épocas inmemoriales, cuando los dioses descendían a la tierra y los hombres reconocían su magia. Con una voluntad irreductible el viejo se había apoderado del destino de lo creado convirtiendo al Universo en un mero reflejo de su maldad.
La única forma en la que Seth podría devolverle la libertad a todos los seres era matando la mano que sujetaba los hilos.
Descansó entre los árboles del bosque que bordeaban el sendero que conducía al sombrío edificio. Seth aprovechó las horas vacías para reflexionar sobre la empresa que sin duda acabaría por consumirlo. Con cierto temor reconoció que si el viejo tenía en su poder todos los destinos, irremediablemente poseía el suyo propio. Con un miedo inaudible comprendió que el anciano lo estaría esperando...
Luego de una luna y un sol completos Seth avanzó por el camino que sospechaba jamás volvería a recorrer. El temblor agito su cuerpo, no estaba en completa posesión de sus fuerzas..., pero necesitaba ofrecer a los hombres algo de lo que habían sido.
Alcanzó la puerta de madera que parecía aguardar a criaturas de gigantescas estaturas. Con más voluntad que fortaleza, destrozó la cerradura y entró en los dominios del castillo.
La sorpresa lo invadió al descubrir que el lugar estaba vacío. No había guardias ni sirvientes, no siquiera establos o bestias. El anciano se complacía a sí mismo en su soledad.
Subió las escaleras de piedra hasta alcanzar una estancia circular. En el centro de la sala había una vasija colmada de agua de la cual nacía un fuego eterno. Súbitamente comprendió que era aquello que el viejo protegía. Su voluntad necesitaba mantener alejados a los hombres de los símbolos de lo sagrado.
A un costado distinguió la sombra gris del anciano que movía sus dedos con agilidad junto a un telar indescriptible.
_ Te esperaba _ murmuró el viejo con una voz áspera y marchita.
Seth no respondió. Tensó el arco y apuntó su flecha hacia el pecho del anciano.
El esfuerzo fue en vano. El viejo realizó un suave movimiento y la flecha murió inútilmente.
_ Sería bueno que me escucharas _ insistió el anciano _ No puedes vencerme, soy yo el que decide quién ganará esta batalla.
Seth volvió a disparar otra flecha que invariablemente se perdió en uno de los rincones del castillo.
_ Te haz apoderado del destino de los hombres - dijo el centauro - Yo voy a devolvérselos.
El viejo sonrió maliciosamente.
_ Nada de lo que hagas resucitará a los muertos. Alguien tiene que disponer de los avatares de lo creado. Yo soy el encargado de hacerlo.
Seth sintió que su sangre ardía en el interior de su carne.
_ Los dioses entregaron el destino a los hombres para que aprendieran a aceptarlo. No eres más que un ladrón cuyo poder se sostiene merced a engaños y crueldades. Lo creado solo será libre cuando mueras.
_ No puedes matarme _ susurro el anciano.
_ Observa el telar _ sugirió Seth _ Te has olvidado de tu propio destino. No puedo matarte pero está escrito que te quitaré los hilos de la trama.
Sin que el anciano saliera de su estupor, Seth desenvainó su espada y corto los hilos que sujetaba el viejo. El anciano grito, y su voz y su cuerpo fueron cenizas.
Con lentitud Seth se alejó de la estancia. Sonrió al pensar que cada hombre sería responsable de su propia suerte.
El
centauro no llegó a salir del castillo. En el umbral vacío cayó muerto.
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Claudya
Idea
Día
Laureada
Reina
Rey
Princesa
Palacio
Verbo: Coronar
La Corona de Laureles
Había una vez un princesa llamada Laura, Laura vivía en un palacio rodeado de
bosques y árboles, que embellecían su aburrida vida.
Cierto día su Padre el "Rey" Tasilo 99 y su Madre la "Reina" tuvieron
la feliz idea de coronarla, Laura no estaba nada contenta ya que le implicaría
mayores responsabilidades que no estaba dispuesta a asumir y además la "Corona"
era tan pesada...
Sin embargo y casi sin opción la ceremonia se llevo a cabo con toda la
solemnidad correspondiente a esta clase de eventos, vestidos largos, cánticos e
invitados especiales que venían de reinos lejanos.
Laura no quería esa "coronación" sino otra, en el bosque donde tanto disfrutaba
de la naturaleza, de las aves, de los animales, de los duendes, y de todos los
seres maravillosos que la acompañaban en sus largos paseos.
Por eso una noche de luna llena se internó sola en el bosque oscuro y llamo a
todos los seres fantásticos que lo habitaban, la respuesta fue inmediata, solo
ella sabia como convocar tanto poder junto... El bosque
se iluminó! y la ceremonia se realizo como "Ella" quería y con quien ella
quería.
La corona era simplemente de Laureles y fue coronada por 13 Hadas Madrinas.
De allí en adelante, su nombre cambio, y dejo de ser simplemente, "Laura" y paso
a ser la "Laureada", y así los laureles con su flores brillaron en su cabeza.
Aquella pequeña, pero sencilla ceremonia le había dado todo lo que ella
necesitaba para gobernar su reino, "SABIDURÍA".
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Susana
Dragón
Madera
Gladiador
Verbo
Andar
Anagrama
Su-San-Sana
El gladiador preparó su viaje, eligió el camino , luego tomó su espada, el escudo de madera de roble, tallado por él mismo y su medalla de San Benito; entonces, se dispuso a andar día y noche, buscando la cueva del dragón. Tenia que enfrentarlo, para encontrar y rescatar la Piedra Sagrada, sobre la que solía descansar el animal. Esta piedra era muy poderosa, para quien supiera usarla, todos la quería y en especial el Monje del antiguo monasterio; el anciano no se cansaba de repetir:"La Piedra Sagrada Sana a los enfermos y da coraje para vencer los miedos"
Dorglad, el gladiador pensó en cómo lograr su cometido. Primero había que vencer al dragón.
Luego de reflexionar largo rato decidió que esperaría pacientemente frente a la cueva; cuando al fin salió el animal prendió fuego a su escudo de madera con lo que distrajo al dragón que intentaba enfrentarse a la fogata; entonces aprovechó para entrar en la oscura cueva. Bajó la cabeza y tomó con sus dos manos la medalla de San Benito que tenía colgada llevándola hacia adelante como si iluminara con ella el camino y lo librara de cualquier peligro.Contó uno, dos, tres...diez pasos en línea recta, cumpliendo las instrucciones que traía, aquí se detuvo, se agacho, extendió su mano y encontró el pozo, buscó al tanteo la piedra redonda con tres agujeros y al encontrarla, salió con ella rápidamente. Antes de hacerlo la guardó dentro de una bolsa de lienzo marrón que el monje le había dado antes de partir; no sin antes recomendarle tenerla siempre bien tapada.
La llevaba apretada contra su cuerpo.Ya había andado un largo trecho del camino, cuando se detuvo a descansar debajo de un árbol en lo alto de una colina.
Se pregunto ¿será ésta la Piedra Sagrada?, la duda lo llevo a mirar dentro de la bolsa, luego levantó un poco la Piedra, era un disco chato de color rojizo dorado, un sol de cara sonriente y con tres huecos. Uno en la boca y los otros dos en los ojos, la levanto un poco más para verla mejor, de pronto, lo cegó el reflejo del sol sobre la Piedra y ésta salió rodando cuesta abajo. El gladiador corrió trás ella, pero no pudo impedir que al fin ésta detuviera su andar rompiendo así una tinaja de agua, que una joven había dejado a un costado de la fuente mientras llenaba la otra.
Pidió perdón por lo ocurrido tratando de calmar a la joven y al burro asustado que la acompañaba y dando sus disculpas pagó la tinaja rota.
Al darse vuelta para levantar la Piedra, vio como un perro la levantaba con sus dientes y luego echaba a correr. Dorglad salió corriendo detrás como loco gritando al perro que al llegar hasta un campo de maizales, se perdió dentro de él. El gladiador sacó su espada y se abrió paso enfurecido, la pareció ver el reflejo de la piedra unos pasos mas adelante, tomó uno de los frutos de la planta que tenía mas a mano y lo lanzó con fuerza lo más lejos que pudo. El perro se paró en seco al escuchar el ruido delante de él y soltó su presa. Dorglad le tiro su capa tapándolo, pero el animal salió debajo de ella huyendo entre las plantas.
Luego levanto la capa junto con la Piedra tratando de tenerla bien cubierta del sol; había recordado la advertencia del monje y la guardó dentro de la bolsa marrón.
De inmediato subió a la colina a buscar el caballo y a todo galope partió hacia el monasterio, ya no detendría su andar hasta llegar allí, estaba ansioso de entregar la Piedra. Cuando lo hizo vio la cara de felicidad del monje que lo dejó satisfecho por la tarea cumplida