Un acercamiento al ser femenino en el estudio
arquetipal de dos diosas mesoamericanas.
Susana
Cervantes Centurión ( México )
Psicóloga.
Egresada del curso de Especialización en Psicología Analítica
Noviembre 2002
Buenos
Aires, Argentina
ÍNDICE
·
Introducción, una propuesta femenina.
·
La mujer
inmersa en dos culturas que nos ligan a una sabiduría religiosa de la vida, los
MAYAS de Yucatán y los AZTECAS.
·
Un
acercamiento a la teoría psicológica analítica.
·
Ixchel y
Tlazoltéotl, diosas de la totalidad.
·
El ser
femenino en un reencuentro con lo masculino.
·
Conclusiones,
la realidad femenina de la Diosa a
través del entendimiento del origen.
Bibliografía.
I.
INTRODUCCIÓN
Una
propuesta femenina
Los astros historias nos cuentan.
El secreto es uno: aprendamos su lengua.
Y vamos buscando la meta:
“¿Cuál es el futuro?”
Mira hacia atrás y encuentra.
Le eek’o’obe’ ku ya’aliko’on tsikbal
le ba’ale ma’ ojelan chéen junp’éele’: ko’ox kanik u t’aanil.
Bíin kaxtik u xuulil:
Ba’ax ku taal. Ka suunak u yich ku kaxtik.
Lourdes
Cabrera
Traducción al maya: Aracely Poot Cen
A partir del
trabajo analítico sobre mi femineidad, mi ser profundo hace un llamado a mi ser
consciente por medio de un sueño en el que aparecen entre otros símbolos, dos
tipos de Iglesias, una primitiva y la otra contemporánea, en medio de ellas se
hace presente una mujer de piel tostada a quien le entrego un animal para que
sane de una herida, ella lo hace; en seguida se acerca a mí para enseñarme el
valor que tiene la búsqueda del conocimiento y sabiduría del origen. De esta
conexión con mi inconsciente colectivo, apoyo la necesidad de realizar un
estudio arquetipal en dos diosas con una importancia femenina significativa
para dos civilizaciones que sustentan mis orígenes, los Mayas de Yucatán, de
quienes me considero heredera cultural por haber nacido en la tierra que
crearon y al haber mamado desde niña innumerables relatos de una nana
descendiente natural maya, y de los aztecas, de quienes me siento ligada por la
honda razón de ser mexicana.
Tomaré como referencia los
rasgos y personalidad de dos diosas,
Ixchel (maya) y Tlazoltéotl (azteca),
diosas de la totalidad que representan a la mujer madura en plenitud; para
descubrir en ellas la imagen de mujer que han dejado impresa y nos han legado;
de qué manera modelaron la vida y esencia de quienes las veneraron, qué
riquezas y misterios existen en estos arquetipos. Este trabajo no sólo intenta
revelar la realidad femenina a través del ser de estas deidades, sino el papel
que tuvieron en la experiencia humana y religiosa, qué lazos crearon con la
tierra y con el alma de sus seguidores y cual la razón por la que el ser
femenino tuvo en estas culturas un papel preponderante.
Los elementos históricos
provienen de relatos anteriores y posteriores a la conquista, de cronistas de
la época con una visión católica cristiana (perspectiva en donde la mujer ocupa
un rango secundario en cuanto a una posición jerárquica); y de otros
profesionales, quienes se han interesado por difundir la historia lo más
apegado posible a la realidad de la época; sin dejar de tomar en cuenta las
características socio-religiosas de la mujer.
El análisis será planteado desde la teoría
psicológica establecida por Carl Jung,
cuyas aportaciones sobre el inconsciente colectivo y los arquetipos, ofrecen
excelentes herramientas para la comprensión de la totalidad psíquica así como
de la psicología humana y religiosa, lo que nos da la posibilidad de
restablecer la necesidad humana del sentido espiritual, desde un entendimiento
del anima y reencuentro con el animus. Jung
nos recuerda que para poder ver las cosas en su verdadera perspectiva hay que
comprender tanto nuestro pasado como el presente, de ahí el rescate de nuestros
mitos y símbolos.
¿Qué tienen qué decirnos las
imágenes arquetipales de estas diosas? ¿Cuál es el tipo de mujer que éstas
culturas plasmaron en ellas? ¿Después de una observación y análisis, qué tipo
de validez le otorgaremos a la mitología dentro del trabajo personal y
terapéutico? ¿Encontraremos algún aspecto del mito que se relacione con nuestra
propia vida?
Estas diosas, pertenecen a dos
pueblos que nos ofrecen la posibilidad de contactarnos con lo primigenio y de
proveernos del sentido que otorga la existencia emparentada con lo sagrado.
II. La mujer inmersa en dos culturas que nos ligan a una
sabiduría religiosa de la vida, los MAYAS de Yucatán y los AZTECAS.
In zan tictlazotzetzelohua,
in motechpa ye huitz in monecuiltonol,
¡Ipal nemohua!
Realidades preciosas haces llover,
de tí proviene tu felicidad,
¡Dador de la vida!
Netzahualcóyotl (Emperador y poeta
Azteca)
La existencia para los Mayas y los Aztecas es profundamente religiosa,
la religión se constituye como eje central de su estructura vital. El arte, la
ciencia, la educación, la cultura, la economía y hasta la sexualidad, están
impregnados de una fuerte esencia religiosa. La vida diaria imbuida de esta
manera, desarrolló en ellos un gran sistema de relación Hombre-Dios-Universo.
Concebían a sus dioses como energías sagradas que se
manifestaban en los astros, en el poder de los animales y en las fuerzas de la
naturaleza; el numen capaz de determinar el devenir del universo.
Concebían a sus dioses como energías sagradas que se
manifestaban en los astros, en el poder de los animales y en las fuerzas de la
naturaleza; el numen capaz de determinar el devenir del universo. Aunque las deidades podían transitar por los distintos espacios
cósmicos, había dioses y diosas característicos para cada uno de los tres
niveles del universo. 1
La representación
del mundo en los Mayas es como una inmensa Ceiba 2, cuyas hojas y
ramas son el cielo, el tronco la tierra y las raíces el inframundo.
Representado también como una cruz que señala los cuatro puntos cardinales.
Todo ello fue creado por Hunab Ku,
padre de todos los dioses; Ixkanleox,
vendría a ser la madre de los dioses. Existieron dioses maléficos o
benevolentes, interrelacionados entre ellos y a los que habían que satisfacer
con ofrendas y sacrificios para conseguir sus favores o evitar sus
castigos; Itzamná (el dragón) es una especie de Júpiter maya, jefe de todos
los demás dioses, inventor de la escritura y emparentado con el resto de dioses
del cielo; Kinch Ahau, dios del sol;
Ixchel, diosa de la luna, deidad
femenina por excelencia y que junto con el sol marca los ritmos de la vida; Kukulcán, la serpiente emplumada (Quetzalcóatl para los aztecas) dios de
la guerra; Chaac, la lluvia, se
consideraba igualmente sagrada y en ocasiones también es una serpiente. En el
plano terrestre, surgen una multitud de deidades, además de la Gran Madre
Tierra, los Señores del monte y de los animales, protectores de la naturaleza,
así como el dios del maíz, Yum Kax. Finalmente, en el nivel más profundo del inframundo vive Kisin, "el hediondo", o Ah Puch, "el descarnado”. Además, eran los mayas agricultores por excelencia y acompañaban los
ciclos de la cosecha con rituales religiosos. A los sacerdotes se les designaba
la importante tarea de realizarlos y ofrecerlos a las deidades de la naturaleza
para que se obtuvieran cosechas abundantes. Los Jmeen’ob (sacerdotes indígenas), al celebrar los cultos
tradicionales, funcionaban principalmente como propiciadores agrícolas.
Entre las
principales divinidades aztecas están Quetzalcóatl, padre de los hombres; Huitzilopochtli,
dios bélico y manifestación del dios solar y Tezcatlipoca. En la parte superior del universo está Mixcóatl, la serpiente de nube, es decir, la Vía Láctea; Tlahuizcalpantecuhtli,
el Señor de la casa del alba; Coyolxauhqui,
pintada de cascabeles, diosa lunar. El dios del Sol era Tonatiuh,
"el resplandeciente, el águila que asciende". Además de las
estrellas, encontramos algunos astros que tienen un dios propio. El más
conocido de todos es el planeta Venus, que tenía por deidades a los gemelos Quetzalcóatl
y Xólotl, debido a la dualidad que
presenta el astro (estrella vespertina y lucero de la mañana). Para
los aspectos de la vida sexual se atribuyen los dioses, Xochipilli, dios de las flores, del amor, de la fertilidad y de las
relaciones sexuales ilícitas; al igual que su esposa, la diosa Xochiquétzal, quien, además era protectora de la prostitución. Tlazoltéotl era la
diosa del placer, la voluptuosidad, la fecundidad y la
fertilidad. Ella protegía a las parturientas, a las parteras, a los hechiceros
relacionados con el mundo amoroso y a los hombres de intensa actividad sexual.
Además existen variedad de dioses de la tierra, del agua y de la vegetación.
Los aztecas
tuvieron una fuerte influencia política y social en el México prehispánico,
además de que ejercieron un importante dominio sobre los demás grupos indígenas
de la región; destaca de su civilización la avanzada orga-nización social y
económica englobada en una compleja religión politeísta.
¿Qué cabida
encuentran los sacrificios humanos en el plano religioso? Se puede decir que
los aztecas eran mayormente más sangrientos que sus contemporáneos mayas,
debido quizá a que los primeros basaban su orga-nización en una teocracia
militar, mientras que los mayas daban mayor importancia a la agricultura y al desarrollo
de la cultura, la ciencia y las artes; pero para ambos el sacrificio humano
tenía un mismo objetivo y mirada hacia los dioses. El
sentido de la ofrenda de sangre humana (y en menor medida de animales) era
alimentar a las deidades solares para asegurarse la continuidad de su aparición
cada día y con ello la permanencia de la vida humana, animal y vegetal sobre la
Tierra. Los aztecas, se sentían en deuda con sus dioses, ya
que la humanidad había sido creada por éstos a base de sacrificios, si el hombre
ha sido creado por este sacrificio, debe con honor corresponder ofreciendo su
propia sangre; surge una correlación, puesto que los dioses necesitan que el
hombre los mantenga con su propio sacrificio y les proporcione como alimento la
sustancia mágica, la vida, que se encuentra en la sangre y en el corazón
humanos. 3
Para que el
dios sol alumbrase, era necesario que comiese corazones y bebiese sangre, Alfonso Caso lo
relata de la siguiente manera al referirse a los Aztecas: “El pueblo del Sol, conducido por los sacerdotes del Dios, se establece
en medio del lago de la luna, y de allí va a emprender su misión, que no es
otra, sino colaborar por medio del sacrificio humano en la función cósmica, que
representa la ayuda que debe proporcionar el hombre al sol..” (Alfonso Caso 1971). El sol viene a representar el bien, y
los aztecas deben colaborar en la función cósmica por medio del sacrificio
humano, de esta forma ayudan al Dios para que pueda luchar contra sus
adversarios. La muerte como sacrificio era considerada un fallecimiento
honorable. Para los guerreros el honor
máximo consistía en caer en la batalla u ofrecerse como voluntarios para morir
en las ceremonias importantes. También se realizaban las llamadas guerras
floridas con el fin de hacer prisioneros para el sacrificio. Los sacrificios humanos religiosos (que incluían la extracción del
corazón y el desmembramiento del cuerpo) favorecieron para los aztecas el
conocimiento de la anatomía.
Sin el hombre, los
dioses sucumben y sin los dioses, el universo se acaba. El hombre debe
alimentarlos y así nutrir su espíritu. Para los mayas la diversidad de esta
alimentación va desde ofrecimiento del humo de copal, aromas de flores, olores
de frutos y alimentos cocinados. El principal rito no dejaba de ser con la
energía sagrada que los dioses emplearon, su propia sangre, donde reside el
espíritu o energía vital; y de esta manera estos ritos se convertían en
representaciones físicas de sus mitos. 4
El ritual da forma a la vida
humana desde lo profundo, por lo que tanto los mayas como los aztecas
necesitaron de él para que sus acciones se representaran a través de lo
religioso (Joseph Campbell 1988:59) y así los llevara a situarse de lado de los dioses. Las
ceremonias rituales a veces se hacían por medio de sacrificios humanos,
sacrificios de animales y ofrecimiento de elementos naturales. En las grandes
solemnidades los sacrificios eran aún más cruentos. Los aztecas
presentan también otras variantes en el ejercicio de los rituales, por himnos
cantados en los templos, bailes, simulacros de caza y de guerra, juegos,
representaciones teatrales y ceremonias deportivas. Estas costumbres eran
importantes, ya que los introducían al mundo del ser y de esta forma el alma
adquiría conocimiento.
Creían que el mundo de los
vivos, el de los muertos y el de los dioses, estaban unidos por caminos en
forma de serpientes fantásticas por donde transitaban las ánimas.
Para ambos pueblos, el bien y el
mal son igualmente divinos y la lucha de la humanidad se ve afectada por estas
dos fuerzas. El universo tiene tres
partes, el cielo, la tierra y el inframundo. Las creencias religiosas estaban
íntimamente ligadas a los ritos funerarios. Hablan de un inframundo, el Mitnal,
infierno maya, reino de Ah Puch
señor de la muerte y para los aztecas, el Mictlán, reino de los muertos,
gobernado por Mictlantecuhtli y por
su esposa Mictecacíhuatl. La llegada
a algún mundo inferior o superior no se designaba por un acontecimiento de
vida, ni tenía una consecuencia moral, sino según el tipo de muerte que se
tenía. Ejercían un importante culto a la muerte, los lazos entre las tres
esferas del universo eran fervorosamente mantenidos mediante ritos
propiciatorios, rezos y plegarias. Conducían a los difuntos hasta el cielo
correspondiente, y eran también el camino de retorno desde su lugar junto a los
dioses hasta la resurrección en el vientre de las mujeres embarazadas. Los
guerreros muertos en batalla, las mujeres fallecidas durante el parto, los
sacerdotes, los sacrificados y los miembros de la elite social, viajaban al
cielo más alto y paradisíaco. El suicidio era una forma segura de pasar a mejor
vida; un cielo con muchos deleites, regido por la diosa maya del suicidio, Ixtab.
El calendario, era la médula que
regía el flujo de la vida religiosa, en los meses del calendario solar azteca
que están dedicados a las diosas, sacrifican mujeres en su honor, mientras que
los meses dedicados a los dioses, sacrifican hombres ó guerreros en su honor,
éstos desarrollaron su calendario en base al de los mayas; para éstos, los
ritos de ofrenda a favor de los dioses, eran efectuados en fechas determinadas,
principalmente al final de cada período calendárico.
Según la cosmogonía maya, el
universo se construía y destruía, había una partida histórica del caos al
cosmos y viceversa. Sus rituales remitían a la creación y al origen, en estas
ceremonias hacían representaciones dramáticas de los mitos y de las historias
de los antepasados ilustres que eran venerados. La idea central de los mitos
mayas era la de concebir al mundo con la finalidad de servir de habitación a un
ser consciente, que pudiera reconocer, venerar y alimentar a sus creadores y
así los dioses infundieran vida al cosmos y al hombre.
Los aztecas eran fervientes
creyentes de sus mitos, esto se demuestra en la fuerte creencia que tuvieron al
hacer surgir su imperio sobre un lago, desde una base tan poco esperanzadora;
fueron capaces de consolidar un reino poderoso en sólo dos siglos, se debió en
parte a su creencia en el mito, según la cual fundarían una gran civilización
en una zona pantanosa en la que vieran un nopal (cactus) sobre una roca y sobre
él un águila devorando una serpiente. Mircea
Eliade menciona la importancia del mito en la medida en que garantiza al
hombre la seguridad de que lo que se dispone a hacer ha sido ya hecho, le ayuda
a disipar cualquier duda “¿por qué tener
miedo a instalarse en un territorio desconocido cuando se sabe lo que se debe
hacer?”, hay que repetir el ritual cosmogónico y el territorio desconocido
(caos) se transformará en cosmos (Mircea
Eliade, 1978: 149).
Al profundizar en estos dos
grupos, no hay que dejar de lado la visión que tenían sobre el hombre y la
mujer En este punto puede decirse que los aztecas tenían más en consideración a
la parte femenina que los mayas, aunque para ambos, la mujer tenía un papel
relevante, pero aún así no compartieron una igualdad en el ejercicio de la
vida, los hombres respaldados por la mirada de los dioses, tomaban siempre las
decisiones primordiales. La mitología azteca tiene como creador a un principio
dual, masculino y femenino, Tonacatecuhtli
y Tonacacíhuatl, nuestro señor y
nuestra señora de la subsistencia, quienes a su vez son los padres y creadores
de las demás divinidades. Los dioses aztecas siempre se encargan de crearle al
hombre una mujer como compañera buscando también generar en ellos una
descendencia. Cuando los aztecas salen en busca de la tierra prometida, cuatro
personas son las que guían al pueblo, Quahcóatl,
Apanécatl, Tezcacoácatl y una mujer llamada Chimalma. El cuarto sol, en la creación del mundo, es una diosa, Chalchiuhtlicue, la de las faldas de
jade y hermana de Tláloc, los tres
soles anteriores habían sido dioses. El reino de Mictlán (reino de los muertos) estaba gobernado por el señor del
inframundo, Mictlantecuhtli y por su
esposa, Mictecacíhuatl. Además de
estas deidades, existían otras parejas de dioses que pobablan la región del
Mictlán, Ixpuzteque (el que tiene el
pie roto) y su esposa Nezoxochi (la
que arroja flores), Nextepeua (el
que riega ceniza) y su esposa Micapetlacalli
(caja de muerto), Tzontémoc (el
que cayó de cabeza) y su esposa Chalmecacíhuatl
(la sacrificadora). Al tiempo de establecerse en Tenochtitlán, tenían por gobernante a llancueitl, una señora principal. En 1378 se eligió como primer
monarca Azteca a Acamapichtli,
esposo de llancueitl. Existían
numerosas clases de sacerdotes y sacerdotisas especializados en el culto de los
dioses, la medicina era también practicada por hombres y mujeres, los sanadores
aztecas podían ser hombre o mujer, y sólo las mujeres se encar-gaban de ayudar
en los partos; si alguna mujer moría durante éste, compartían la muerte de
honor de los guerreros. Los padres
vigilaban la educación de los hijos, mientras que las madres, la de las hijas;
aunque la educación era impartida por los sacerdotes en las escuelas. Había dos
escuelas importantes dedicadas a la educación de los niños y jóvenes, donde
estudiaban las artes, las ciencias y la religión, se preparaban también para la
milicia ó la administración pública. Hubo escuelas para las jóvenes que
aspiraban a ser sacerdotisas, además de que aprendían a tejer y hacer trabajos
para las estancias sacerdotales, si bien se les enseñaban las labores
domésticas, éstas eran funciones gobernadas por ellas. Se procuraba fortalecer
el carácter de los niños mediante castigos severos y el fomento de los valores
primordiales así como el respeto a los padres y a los ancianos, el rechazo a la
mentira y al libertinaje, la misericordia con los pobres y los desvalidos. Los
jóvenes aprendían música, bailes y cantos, además de religión, historia,
matemáticas, interpretación de los códices, artes marciales, escritura,
conocimiento del calendario, entre otras disciplinas.
El numen
creador maya también es una dualidad, el Padre y la Madre quienes por medio de
la palabra, hicieron emerger la tierra y los seres que la habitaban. En la cosmología
mesoamericana existía un concepto dualista de lo masculino y lo femenino.
Habían numerosos pares de dioses. Este concepto de unidad dual también se dio
en Itzamná y su pareja Ixchabel
Yaax ó Ixchel en la
región maya, diosa considerada por algunos autores como la gran madre de quien
procede toda la humanidad. Para otros, los primeros pobladores fueron todos
masculinos, ya que la creación concluyó con los hombres de maíz, que fueron
cuatro: Balam-Quitzé (Tigre sol o
Tigre fuego), Balam-Acab (Tigre
tierra), Mahucutah (Tigre luna) e Iqui-Balam (Tigre viento o aire). Éstos
estaban dotados de inteligencia, eran buenos y hermosos. El desarrollo de los
seres humanos se identifica entre los mayas con el principal cultivo y fuente
de sustento, el maíz, de maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de
masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa
de maíz entró en la carne de los primeros padres, los cuatro hombres que fueron
creados (Enciclopedia Yucatanense Tomo II). Pero se cree que también en los orígenes, se dio
una sucesión matrilineal en la cultura Maya preclásica de Yucatán, en la que las
mujeres concibieron su descendencia sin conocer varón y ocuparon cargos de
cacicas, gobernadoras y reinas.
Para
los Mayas, los partos estaba en manos de los J-meeno’ob y de las parteras, las Aalansajo’ob, quienes estaban también encargadas de restablecer el
equilibrio entre el hombre, la salud y la naturaleza y son las intermediarias
entre los hombres y los seres o dioses. Pero en la danza tanto los hombres como
las mujeres tenían sus propios bailes, rara vez bailaban juntos. Las mujeres
ejercían un importante papel en la economía familiar, grandes artesanas y
tejedoras, criadoras de animales y expertas en la elaboración de bebidas y
comidas de las fiestas religiosas.
En situaciones de herencia, las
mujeres no podían heredar, si un padre sólo tenía hijas, pasaba sus
pertenencias a sus hermanos varones, y si llegasen a faltar los hermanos, los
sacerdotes y gente principal elegían un hombre respetable para quedarse con la
herencia (Fray Diego de Landa,
1997). Lo femenino como fuerza cósmica no era una presencia que se impusiera
sobre lo opuesto, más bien, para los mayas el equilibrio era importante como
una fuerza sustentadora del universo y de la sociedad. Masculino y femenino no
eran excluyentes. (Santana, El
género en la historia en: Unicornio No
258: 11).
III. Un acercamiento a la teoría psicológica analítica.
“¿Qué puede significar una religión sin mito, siendo así que la
religión,
si tiene alguna función, es precisamente la de
ponernos en contacto con el mito eterno?”
Carl G. Jung
Estas dos culturas nos ponen en
contacto con la esencia divina a través del mito, al tener una relación con las
cosas desde una visión sagrada les crea un lazo de pertenencia a Dios, los liga
a él y en definitiva a ellos mismos. En nuestro tiempo, nos otorga la posibilidad
de reencontrar este espacio sagrado. ¿Por qué volver la mirada a los dioses?
Significativo es que las mujeres prehispánicas tenían sus propias diosas que
presidían su vida familiar y modelaban sus actitudes determinando el modo en
que cada una debía comportarse en todos los aspectos de su vida, entendían que
llegaban a ser a partir de su relación con las deidades, con sus modelos de
vida.
Un dios es una personificación
de una fuerza motivadora o de un sistema de valores que funciona tanto en la
vida humana como en el universo, constituye los poderes del cuerpo y de la
naturaleza (Joseph Campbell “El
poder del mito”: 93). Con esto, queda claro que cada diosa tiene una
representatividad específica, conforma una visión arquetipal que expresa los aspectos
más importantes de las funciones femeninas.
C. G. Jung es quien nos
introduce al concepto de arquetipo, palabra empleada antes por Platón, Filón de Alejandría, Ireneo,
Cicerón, Plinio y otros (C.G. Jung
1970: 10; 1949: 86). El inconsciente
está guiado por una tendencia instintiva representada en formas de pensamiento
llamadas arquetipo; éste designa una imagen originaria que debe aplicarse a las
representaciones colectivas, expresa elementos psíquicos que no pertenecen a la
esfera consciente, por lo que habla contenidos inconscientes. Los arquetipos
aparecen como mitos en la historia de los pueblos y también en cada individuo
en particular, es un patrón de vida heredado en la especie humana, cuya
iniciativa y energía específica contiene formaciones de pensamiento propio al
intervenir en situaciones determinadas. C.G.
Jung demostró que los arquetipos pueden surgir espontáneamente en toda
época y lugar sin necesidad de ser influidos por algún tipo de transmisión. Los
arquetipos son contenidos del inconsciente colectivo, el cual es considerado
como un estrato más profundo que no se origina ni en la experiencia ni con la
adquisición personal, sino que es un atributo innato, cuyo término colectivo
indica una naturaleza universal, sus contenidos son los mismos en todas partes
y para todos los individuos. Todo lo que se considere como general es
colectivo, lo que existe como un patrimonio global, vivencias colectivas que a
través de generaciones van modificando la estructura psíquica y que se
transmiten hereditariamente. Los motivos mitológicos y religiosos en los sueños
indican la actividad del inconsciente colectivo (C.G. Jung 1964: 105).
Es necesario aclarar otros
términos pertenecientes a la teoría analítica, y que entran en relación con el
arquetipo, como son el anima y animus. El anima es un arquetipo que en su
proyección tiene siempre una forma femenina con determinadas propiedades,
representa también al arquetipo de la vida; en cada hombre y mujer existen
estos arquetipos, pero el anima como arquetipo femenino es una figura que
compensa la conciencia masculina, personifica las tendencias psicológicas
femeninas en la psique de un hombre, manifestándose desde el inconsciente su
lado femenino interno. El animus como arquetipo masculino viene a ser la figura
que compensa la conciencia femenina, y así como el hombre hace brotar parte de
su creación de su femenino interno, así también el masculino interno de la
mujer crea elementos capacitados para fecundar lo femenino del hombre.
Cualidades de sensibilidad, intuición y mediación; entre otras, depositará el
anima en la conciencia del hombre si éste sabe reconocer en su inconsciente
este arquetipo de una manera positiva; y en el caso de la mujer la dotará de
cualidades masculinas como la iniciativa, la objetividad, el raciocinio; si le
otorga un óptimo uso.
Una mujer poseída por su animus
corre el peligro de perder su femineidad, su persona femenina adaptada, lo
mismo que el hombre en igualdad de circunstancias corre el riesgo de perder su
masculinidad (C. G. Jung 1964:178)
El arquetipo ya sea en anima o animus es una figura femenina ó masculina en la
psicología del hombre ó de la mujer. Expresan en los mitos la idea de estas
energías dentro del mismo cuerpo. Es importante subrayar que “el anima y el animus no se presentan
únicamente en forma negativa. A veces aparecen como fuente de iluminación, como
mensajeros y mistagogos”. (C. G.
Jung 1988: 56).
C. G. Jung mencionó siempre la importancia de la mitología y
religión en la vida del ser humano, ya que sin éstos elementos estaría
incompleto; por lo que todo mito debe necesariamente llevarnos de regreso a
nuestras creencias, conectar al ser con el espíritu y con la esencia religiosa.
“Los arquetipos crean mitos, religiones y
filosofías que influyen y caracterizan a naciones enteras y a épocas de la
historia”. (C. G. Jung 1977: 76).
Supo de la existencia de Dios,
si el hombre dejaba de contar con el espíritu de Dios, indudablemente
aparecería un sustituto inconsciente. Sus observaciones hablan de la existencia
de una imagen arquetípica de la divinidad, un arquetipo de importante
significado y de gran influencia cuya vivencia tiene en alto grado la cualidad
de lo numinoso, por lo que pertenece a la categoría de experiencia religiosa (C. G. Jung 1988: 99). El ser divino
sólo es auténtico cuando alguien es consciente de él, ésta es la razón por la
que el creador necesite del hombre consciente para subsistir. (C. G. Jung 1998: 21).
IV. IXCHEL y
TLAZOLTÉOTL, diosas de la totalidad.
Wíinike' ma'
tu páajtal u péeksik mix
juntúul ch'ik wáa ma' tu yáanta'al tumeen Yumbil.
El hombre no podrá mover ni una pulga si no es ayudado
por Dios
Refranes
populares: traducción al maya
Prof.
Eleuterio Poot Yah
La palabra “Diosa” nos introduce
a un Ser Divino Femenino, como tal es la madre, la dadora de vida, la que
engendra. Hombres y mujeres en el principio las veneraron y sabían que estaban
bajo su protección, ella era lo nutriente, era la abundancia, la fertilidad;
pero también fue terrible, amada y temida como
poderosa energía femenina.
Muchas culturas alrededor del
mundo continúan con la veneración hacia las diosas. En la India, existe un
panteón de numerosas Diosas y Dioses. Hoy, en Japón, la Gran Diosa Solar Amaterasu es honrada como la Madre
Divina del Pueblo Japonés. La Diosa de la Compasión, Kwan Yi, conserva muchí-simos devotos en China. Los
esquimales rinden honor
a la Madre-Oceáno Sedna. En Brasil, Yemayá, la Madre Diosa del Mar es reverenciada con multitudinarias
procesiones el primero de enero de cada año. En África, los Orishás son venerados como Dioses y
Diosas. En la tradición judía moderna se sostiene la presencia de la Shekhinah y millones de católicos de
todo el mundo adoran a la Virgen María
como la Madre de Dios. (La Diosa de los mil nombres en http://www.bioetica-.org/prensa6.htm
)
Las diosas que
veneraron las culturas a las que no hemos estado refiriendo son Ixchel y Tlazoltéotl. La primera,
diosa maya, abarca tanto núcleos terrestres como celestes, se le considera como
una gran diosa madre relacionada especialmente con la luna. Patrona de la
fecundidad, la procreación, el nacimiento de los niños, la medicina, la
adivinación y el tejido. Muchas de sus representaciones en figurillas y
esculturas es la de una mujer dando a luz.
Ix
es un prefijo maya que identifica al sexo femenino, con Ixchel en su carácter de la deidad de la tierra, está vinculado el
nombre de “Colel”, que es “Señora”,
para los mayas de Yucatán, col significa milpa (el campo), mientras que en el
Chilam Balam de Chumayel, aparece el nombre de Colel, Cab, “Señora de la tierra” (En: “Memorias
del segundo coloquio internacional de mayistas” 1987: 1305). Félix Báez Jorge hace referencia en
“Los oficios de las diosas”, que se indica en el diccionario de Motul, Blom (1983:306) que Ix Chel ó Ah Ix Chel significaría “Dios femenino del Arco Iris” o “Diosa del
Arco Iris” esto resultante de las siguientes voces, Ah = Dios, Ix = femenino y
Che l= arco del cielo. En los códices presenta numerosas personalidades, lo que
suele ser común para la mayoría de los dioses mayas. Al aparecer tantas veces
en estos documentos como representatividad de un importante cuerpo celeste,
demuestra el poder de influencia que tenía sobre los elementos.
Era la consorte de Itzamná señor del cielo. Mientras su
marido se muestra algunas veces como el dios sol, ella parece haber sido la
diosa lunar. Era también la patrona de la preñez y la inventora del arte de
tejer: (Morley, S. 1947: 218).
Como diosa creadora surge en
varios códices con los siguientes nombres: en el de Dresde es una dama blanca
con el símbolo del color blanco sobre su cabeza, llamada Sak Ix; Ix u na´kab,
madre tierra que carga sobre sus espaldas a la deidad de la fiebre amarilla; Ix Kan Itzam Tul, bruja del agua a
chorros, cuya función es verter el agua para producir las lluvias, con esta
misma figura se le conoce también como Ix
Kan, señora del maíz. En el códice Trocortesiano se encuentra a Ix Kan en función de tejedora, en otro
espacio del códice aparece una figura femenina cuyo rostro tiene líneas blancas
que sugieren arrugas llamada Sak Ix Nuk,
vieja dama blanca, que tiene la función de tejer. La misma figura aparece más
adelante con su glifo enriquecido con el símbolo Chak, que al ser agregado le da el nombre de Chak Sak Ix Nuk, la gran dama vieja ó poderosa dama vieja. (Hans Hasselkus 1998:163) También se le
representa como una anciana vaciando su cántaro sobre la tierra o tejiendo un
telar de cintura. Al representarse en
los códices como dos personajes, una mujer joven y otra anciana, le fueron
asignadas las letras I y O. Thompson
interpreta a la diosa I como Ixchel, deidad lunar y a la diosa O como Ixchebel Yax como diosa del tejido (Thompson 1970:206-258). Para López
de Cogolludo en Historia de Yucatán, Ixchebel
Yax sería hija de Ixchel, la
patrona del bordado e inventora de la pintura y de entretejer figuras en las
ropas, (Enciclopedia Yucatanense Tomo II: 134); sobre el tejido, Thompson afirma que fue la primera que
tejió, así estaba cuando atrajo la atención del sol y por ello se le consagró
como patrona del oficio. Para Báez Jorge,
todas son advocaciones de la misma diosa lunar, cuyas representaciones
iconográficas varían en cuanto a las fases de la luna representadas en imágenes
de mujer joven o anciana, por lo que le atribuye distintas edades para nombrar
las fases cronológicas o calendáricas
identificadas con las etapas evolutivas de los seres humanos. (Báez-Jorge 1988: 67). Realiza esta
autor un cuadro de atributos de esta diosa en base a una síntesis de los
materiales que cita; señala en la dimensión celeste los atributos de esposa del
sol, asociada a los puntos cardinales, al arco iris, a la lluvia; mientras que
con el nombre de Ix Chebel Yaz se le
conoce como la esposa de Itzamná y
asociada a la lluvia; en su dimensión telúrica y agraria Ixchel ejerce la fertilidad a las plantas; como Ixchebel Yaz la que da el color a los
árboles, a la tierra, a los animales, en especial al pájaro carpintero; en la
dimensión acuática, como Ixchel sólo
está asociada al mar y a los lagos y cenotes; en su dimensión humana Ixchel es la diosa de la vida sexual,
asociada al parto, a la muerte y a la salud; como Ixchebel Yaz, a la muerte y a la salud; en sus atributos
específicos Ixchel es la patrona del
tejido y del bordado y asociada a la magia, mientras que como Ixchebel Yaz es la patrona del tejido,
del bordado y de la pintura.
Otros historiadores piensan también
que es la misma diosa que reúne varias significaciones, como diosa joven
representa la medicina y el parto, y como diosa vieja, la tierra, la vegetación
y el tejido. Por lo que sintetiza la luna y la tierra, que en la mayoría de las
culturas antiguas se han asociado a lo femenino. (Schmidt 1970: 245).





Distintas representaciones de la Diosa Ixchel
Venerada también
como patrona de la medicina, era consideraba su advocación de importante ayuda
en las curaciones y tratamientos que aplicaban a los enfermos; según Thompson, las representaciones que
tiene esta deidad, son tablas de enfermedades donde los nombres de animales que
lleva en la espalda, corresponden a nombres de enfermedades. Landa relata que cuando se juntaban los
médicos y los hechiceros, con sus mujeres y sacerdotes echaban primero al
demonio, después sacaban los envoltorios de sus medicinas y sendos idolillos de
ésta diosa para estar bajo su protección; a esa fiesta le llamaban Ihcil
Ixchel. También se le invocaba para conceder la preñez en las mujeres, llevaba
el nombre de Ix U Sihual, señora
luna del parto. Las mujeres para sus partos, dice Landa, acudían a las hechiceras para que les pusiera el ídolillo de
la diosa debajo del lecho donde iban a dar a luz, ya que se le consideraba como
la diosa de hacer criaturas (Diego de
Landa 1959:58).

Tlazoltéotl, Códice
Borbónico
Báez Jorge remite que Ruz Lhullier
(1981:188-190) afirma que Ixchel
puede considerarse una divinidad asociada a la mujer, a su vida fisiológica y a
sus principales actividades y que por el temperamento licencioso que se le
atribuía, estaba asociada a la procreación en sus diferentes fases: coito,
embarazo y parto.
Ixchel era un personaje importante del panteón maya, aunque
aparentemente en su aspecto destructivo se ve como poco amiga del hombre
tomando la personificación del agua como elemento de destrucción, de las
inundaciones y torrentes de lluvia. Se le representa generalmente rodeada por
símbolos de muerte y destrucción, con una serpiente retorciéndose sobre su
cabeza y huesos cruzados bordados en su falda (Morley, S. 1947: 218). Thompson
señala en su Historia y religión de los mayas, que en Quintana Roo se cree que
la luna influye bastante en la aparición de enfermedades y trastornos (Villa, 1945:136), por lo que también se
le llegó a considerar como patrona de las enfermedades. En el códice Dresde se
le ve representada inundando el mundo junto con Itzamná, lo que demuestra éste lado destructivo. Por lo que es una
deidad multivalente y compleja, lejana y cercana según sea el caso.
Tlazoltéotl, diosa azteca, si bien no constituye la par de Ixchel como deidad en otra cultura, sí
comparte con ella varios atributos y es considerada también una diosa que
pertenece a la etapa madurativa de la mujer. Es la patrona de las parteras y de
las recién paridas, de la medicina y de aquellos que echaban la suerte con
granos de maíz. Está vinculada a la luna y a la noche, diosa terrestre y
nocturna, suele mostrarse en vasijas de barro como la diosa de la luna dando a
luz. Tlazolteotl fue
primero "Gran Madre Tierra" y Diosa de la fertilidad, de los amores
ilícitos, del adulterio y lujuria.
Se la representa cubierta con la
piel humana de una víctima sacrificada a su culto, una banda de algodón sin
hilar sobre la cabeza, decorada con husos que la convierten en la deidad de las
hilanderas. (Adela Fernández 1992:
125). También se le representa dando a luz. (Yoloh González, diccionario de Mitología y Religión de Mesoamérica:
176-177).
Tiene
un atributo muy interesante, que es el de ser la “diosa devoradora de
inmundicias”, en el diccionario de Mitología y Religión de Mesoamérica, se le
denomina como diosa de la suciedad. En el diccionario Porrúa, se le considera
la diosa de la basura, su nombre representa un doble sentido haciendo también
referencia a su carácter de diosa de la fecundidad, que el abono (la basura)
aumenta los campos, con una faz puramente deleitosa y sexual.
Como comedora de
inmundicias tiene la función de limpiar los pecados de los hombres, ejerciendo
poder para perdonarlos, Sahagún
relata en su Historia General de las cosas de la Nueva España, que después de
que el penitente determinaba
confesarse, iba a buscar a los sátrapas (adivinos que tenían los libros de las
adivinanzas, de las venturas de los que nacen, de las hechiceras), delante de quien se confesaba y decía que
quería llegar a Dios todopoderoso, invocando a esta deidad. Estaba la creencia
de que al final de la vida de un hombre ella viene a él y al confesarle sus
pecados, limpia su alma comiéndole las inmundicias. De aquí surge el rito de la
confesión que se practica ante los sacerdotes de Tlazoltéotl.
Bajo su protección
los ritos de confesión que se llevan a cabo son los de el Neyomelahualiztli,
“arte de enderezar los corazones”, ceremonia que habla de una confesión pública
o privada acompañado de un sacerdote frente a esta deidad. El sacerdocio de
esta diosa tenía una particular importancia, ya que al ser la patrona de los
partos y nacimientos, correspondía a sus representantes decir el horóscopo de
la criatura basados en las combinaciones del calendario ritual, el
tonalpahualli.
Se le asocian
también varios nombres, como Tlazoltéotl o Ixcuina, como Xipe
representada cubierta con la piel de una víctima; Sahagún dice que tiene tres nombres: Tlacultéotl, diosa de la carnalidad; Ixcuina y Tlaelquani,
comedora de inmundicias. Adela Fernández
menciona el nombre de Tlazolcuani como
comedora de basura o cosas viejas y sucias, esto es, los desperdicios; y no en
el sentido de que se los coma, sino porque al confesarse ante ella, los limpia
acabando con los apetitos carnales y los pecados que se han cometido para
dejarlos de esta manera limpios y perdonados.
Su característica
fundamental es la venda de algodón sin hilar que lleva en el tocado decorado
con los husos, por lo que también se le considera representante de las
hilanderas. A veces lleva en las manos una escoba en el mes que se barre,
“Ochpaniztli”, en el que se celebran las principales fiestas en su honor.
En su aspecto
negativo se representa como la que trae las enfermedades, puede sostener en una
mano mazorcas de maíz como símbolo de la vida y en la otra mano, un traqueteo,
que era un instrumento ritual para la danza de la fertilidad, aunque también es
un símbolo del látigo de la enfermedad. Cuando algún adulterio no es confesado
por los que lo han realizado, éstos son castigados con la muerte y reciben el
nombre de Tlazolteomicqui, “muerto
por Tlazoltéotl”; los hombres
recibirán el nombre de Tlazolteotlapaliuhqui
y las mujeres Tlazolteotlcihuatl,
que dan el significado de torpes, livianos, transgresores castigados por la
diosa que devora cosas sucias. (Adela
Fernández 1992: 126).
María de los
Ángeles Ojeda Díaz, en su estudio
sobre las diosas en los códices del grupo Borgia, habla de arquetipos que
representan a Tlazoltéotl, como la madre,
protectora de la lujuria, del adulterio, médica, adivina, hilandera y mujer
guerrera. (En: http://www.arts-history.mx/diosas/cap51.html).
V. El ser femenino en un reencuentro con lo masculino.
”La
resistencia frente a las palabras
masculino y femenino se debe en parte
a nuestra incapacidad para aceptar que todas las personas
tenemos energía masculina y femenina
y que ambas energías son divinas”.
Marion Woodman y Elinor Dickson.
El aspecto que es
propio de las mujeres, lo que les pertenece, el conjunto de caracteres y rasgos
originales que las denominan como un ser femenino deben de conocerse para
llegar a un entendimiento propio y de los demás. Existen algunos autores que
reconocen esta importancia, analistas junguianos que sugieren retomar el origen
del ser humano desde el conocimiento de las diosas y los dioses, del manejo de
los arquetipos desde las culturas que nos sustentan; así como la necesidad de
abarcar los elementos establecidos por Jung
como son el ánima y el animus.
Las diosas nos proveen de una
necesaria participación con la esencia original y profunda del ser de cada uno,
Shinoda Bolen afirma que cuando
dejamos de adorar a la diosa y de respetar el ciclo de las estaciones y de la
vida, perdemos nuestra relación con la tierra; lo que puede llevarnos a estados
depresivos, por lo que se vuelve urgente restablecer la relación con la madre
naturaleza, con el arquetipo de madre en su aspecto femenino. (Shinoda Bolen 1998)
El no reconocer a las diosas, el
tenerlas dormidas puede hacer que al invocarlas se tenga un violento despertar,
ya que cuando una mujer comienza a sentir y experimentarse, y se despabila su
verdadera feminidad, suele desencadenarse la furia de la diosa abandonada, por
lo que necesita reconocer que sus antepasadas corrieron quizá peor suerte que
ella y no pasaron por etapas de iniciación en la feminidad, por lo que dejaron
a sus hijos una herencia de cólera femenina inconsciente. (Marion Woodman 1990: 124). No hay que olvidar que en épocas
pasadas, muchas culturas eran sociedades matriarcales y cuando fue surgiendo el
sistema patriarcal y la dominación masculina, la mujer no supo canalizar sus
poderes naturales y en la mayoría de los casos los convirtió en fuerzas
autodestructivas. (Dunn, Manuela
1998: 47).
Jean Shinoda Bolen, desarrolla una teoría a través de la
perspectiva Junguiana, en la que reconoce que las mujeres activan a
determinadas diosas en su vida psíquica, habla de patrones internos que toman
la forma de diosas arquetípicas de la mitología griega. Menciona que cuando una
mujer siente que existe una dimensión mítica en lo que emprende, este
conocimiento entra en contacto con ella para afectarla e inspirarla, por lo que
los mitos evocan sentimientos e imaginación y tocan temas que forman parte de
la herencia colectiva de la humanidad. (Shinoda
Bolen 2000: 25). Esta autora va más allá al preguntarse si la parte animus
se podría reconocer o equiparar también con un arquetipo femenino, qué
necesidad tendrá una mujer cuyo arquetipo dominante sea el de la diosa griega Hestia, si el de desarrollar su animus
o el de tener a Artemisa y Atenea como arquetipos activos. Los
sentimientos subjetivos y personajes que aparecen en los sueños pueden llegar a
determinar si este contenido está asociado a un animus masculino o a un patrón
femenino de diosa, según sea la forma de responder de cada mujer. Reconoce que
los arquetipos femeninos activos en Artemisa
y Atenea, pueden proporcionarle a la
mujer, acceso a las capacidades de expresión y firmeza, al igual que puede
hacerlo el animus o la parte masculina de su personalidad. Habla de que un
animus bien desarrollado, es como un varón interno al que se puede requerir,
pero puede ser también que ésta lo sienta ajeno a sí misma. Entonces, una mujer
puede descubrir que la competencia en el mundo le llega a través de las
cualidades de Atenea o Artemisa, o del desarrollo de su parte masculina. (Shinoda Bolen 2000: 70-71/177/188).
Es importante prestar atención a
una de las explicaciones de las etapas o estadios que conforman la
representación del anima; la primera es la de la mujer Lilith ó hechicera, la cual se muestra en su aspecto
introvertido-sensitivo y está provista de sabiduría intuitiva; la segunda es la
que representa la diosa Atenea,
mujer que hace uso del intelecto y la sabiduría; la tercera etapa está representada
por Artemisa, la Diana cazadora, mujer independiente; y
en la cuarta etapa se encuentra Hera,
representando a la mujer gobernante, la que comparte con el hombre la paridad.
Por lo que también puede pensarse que cuando una mujer hace uso de alguna de
estas diosas, está potenciando específicamente parte de su anima.
M.L. Von Franz, define al ánima como la mujer interior, por medio
de la cual, los hombres expresan su lado interno femenino, mientras que el
animus, viene a ser el hombre interior, por el que las mujeres expresan su lado
interno masculino; habla de la gran importancia que tiene el reconocer a éstos
elementos como fuerzas interiores y buscar de alguna forma la interrelación
entre ambos. (M.L. Von Franz 1997:
183) Marion Woodman, reconoce que el
animus positivo se manifiesta en la energía creativa de la mujer, dice que es
el amante interior y el guía que conduce hacia el sí mismo. Es una realidad
psíquica que actúa como un transformador de energía y al aceptarlo, la mujer se
abre a una dimensión de su sexualidad. Lo que es aceptable también en el caso
del hombre; por el contrario, si vive ignorando sus sentimientos y se deja
guiar sólo por opiniones racionales, traicionará de esta forma su alma, su
aspecto anima. (Marion Woodman,
1990: 277/279/280).
El animus y el anima,
representan un dios y una diosa, el animus puede ayudar a la mujer a reconocer
y potenciar su parte anima, y viceversa. Hay una variedad de diosas mitológicas
que pueden actuar como modelos de independencia y guías, ya que están vivas en
la psique de una mujer y esperan ser reconocidas para actuar en quien las
invoque. Lo que en definitiva deja el animus, es la naturaleza del logos. (Eugene Pascal 1998: 172-173). No hay
que olvidar que la pareja divina, el dios y la diosa existen en la mitología y
en la religión a fin de conjugar los principios masculino y femenino para
proveer el equilibrio de la tierra y todo lo que en ella habita. La pareja
sagrada representa la totalidad: la dualidad femenino-masculino perfeccionada.
(Shahrukh Husain, 2001:74).
La primera figura del anima es
tomada de la madre, así como la primera del animus es consecuencia de la figura
paterna. Desde la infancia, el primer amor le pertenece a la
madre, ella es quien nutre y protege, por lo que para Jung el amor a la madre va a obedecer a una función adaptativa y
de supervivencia y no a un instinto sexual. Al hablar entonces de los celos
sexuales proyectados hacia la figura parental masculina, dejarían ya de serlo,
para pasar a una envidia provocada por la pérdida de comida. Más adelante y a
medida en que se despliegue el erotismo germinativo en el desdoblamiento de la
libido nutritiva a la sexual, sí será dable observar el Edipo en su forma
clásica; siendo
una realidad que también la niña deberá resolver, en lo que Jung denomina
“Complejo de Electra”, al
hacer uso de la figura mitológica griega de la doncella Electra, hija de
Clitemnestra y de Agamenón, y hermana de Ifigenia y Orestes, la cual salva a su
hermano del asesino de su padre y amante de su madre, ayudándole después a
vengar su muerte inmolando a Clitemnestra y a su amante. (Horacio Ejilevich 1978) Me parece relevante tomar en cuenta la
diferenciación entre Jung y Freud respecto al complejo de Edipo que
realiza Ejilevich, al comentar que
mientras para Freud este complejo es
la base biológica de todo lo psíquico, un deseo de incesto que nunca puede ser
superado por completo, Jung y otros
autores aceptan su autenticidad solamente como un fenómeno psíquico en la
sociedad del patriarcado, sin darle un valor completamente biológico ni
universal. Si bien más adelante el niño como la niña deberán
trasladar la inclinación sexual hacia la madre o el padre para después ir
madurando hacia la fase de la postpubertad donde deberán romperse los lazos
libidinales con los padres y así dar lugar al comienzo de una sexualidad adulta
normal, lo que determinará una adecuada primera imagen del anima y del animus.
Quizá lo femenino y lo masculino
han caído muchas veces en reduccionismos biológicos o rígidas estructuras sociales
y culturales. Es verdad que se parte de una diferencia sexual que se puede
prestar a ciertas divisiones o desigualdades, pero no hay razón para prescindir
del mensaje masculino y femenino que se transmite a través de los hechos
mitológicos, culturales y sociales. Existe una leyenda maya, la leyenda de la Xtabay, que da a conocer cómo fue
cambiando la imagen de la mujer maya después de la conquista de los españoles.
Ésta habla de una mujer que se aparece a los hombres cerca del árbol sagrado
para atraerlos con sus seductores encantos y después matarlos. Con su larga
cabellera, sus apariciones nocturnas, que traen como consecuencia el fatal
destino de sus enamorados; le otorga a la mujer un enorme poder ligado a su
sensualidad; lo que pudo originar roces con el cristianismo, ya que a partir de
la visión patriarcal cristiana, la mujer pierde su ambivalencia para
convertirse en un ser peligroso como usurpador del placer sexual. Cecilia Rosado y Georgina Rosado,
mencionan que la mujer como detentadora de poder, contraria de la imagen sumisa
y subordinada propuesta por el cristianismo, se refleja en este mito. En este
sentido, esta mujer surge como respuesta a una sociedad que, inmersa en nuevos
valores, niega todo ejercicio de poder a la mujer. No es extraño, entonces, que
una joven mujer indígena transformada en figura mítica vague por los caminos
mayas ejerciendo control sobre la voluntad y los deseos de los hombres que
salgan a su paso. El dominio que ejerce es total, ya que ella es quien
determina ante que individuo habrá de aparecerse y no se presenta a voluntad
del caminante, pese a que este salga en su busca. La Xtabay, forma parte de todo un grupo de figuras que aparecen en las
literaturas indígenas cuya presencia en el mundo material, expone una explicación
de la relación que impera entre el hombre y la naturaleza. (Cecilia
Rosado, Georgina Rosado: 2000).
V.