La Hojita voladora
Rosario Sisca
 

Había una vez una hojita verde, de un verde brillante que formaba parte de un también hermoso árbol. La hoja era pequeñita aún ya  pesar de estar en verano con unos espléndidos días soleados la hojita de tanto en tanto temblaba y el motivo de su temblor era el miedo. Miedo, sí, no quería crecer. Sabía que al llegar el otoño, debería aprender a volar, o caso contrario el viento la empujaría hacia abajo sin consideración alguna y allí terminaría su corta vida. Su color verde se iría transformando en un inexpresivo marrón. Su cuerpo suave se volvería  áspero al tacto. La savia de sus venas se secaría hasta que toda ella quedara dura y seca como una olvidada hoja de papel que al menor contacto se deshace en pedacitos insignificantes entre los dedos.

Las hojas más grandes le daban ánimo diciéndole que debía pensar que ya tantas otras hojas habían aprendido a volar. La hojita oía todos los comentarios y mientras prestaba atención una enorme calma la invadía y se sentía con fuerzas como para emprender la conquista del mundo. Pero, llegaba la noche y su quietud, y sus miedos se hacían presentes recorriéndole las nervaduras y a veces era tan grande su depresión que en su hermoso color verde aparecían horribles manchas amarillas hasta que de a poco iba mejorando, superando su depresión y lograba que su color verde se librase de esas pálidas manchas.

L os días seguían pasando y mientras las otras hojas disfrutaban pensando en los viajes que harían, ella se amargaba sin encontrarle salida a su problema. El verano iba pasando demasiado aprisa para quien sufría tanto hasta que comenzaron a acortarse los días y con ello aumentaba la tristeza de la querida hojita.

El árbol también comenzaba a entristecer, sabía que en poco tiempo más lo dejarían solo. A no ser que la hoja pequeñita no se decidiera a volar y se quedara para hacerle compañía. Era muy triste sentirse solo, mirarse en el arroyo y encontrarse desnudo. No volver a oír la risa de sus hojas, no sentir sus cosquillas cuando se hamacaban con el viento. Perder su belleza. Ya sabía lo que la gente diría a su paso, lo que decían todos los años: "Pobre árbol, que desnudo y triste está con sus ramas vacías. Tendrá que esperar un poco para vestirse de verde otra vez”. Y los chicos, en lugar de pararse a admirar su follaje o buscar refugio bajo sus ramas, pasarían corriendo junto a él sin verlo, sin sentirlo, sin oír su llanto solitario. Pero, el arroyo lo comprendía porque también perdería importancia, ya no sentiría sus aguas agitarse al contacto de aquellos piecitos cruzando hacia la otra orilla. No oiría risas, ni llanto. Ya no navegaría ningún hermoso y frágil barquito de papel. Pero, ¡si la hojita se quedase!", susurraba para sí el árbol, “tendría con quien conversar y seguiría sintiéndome útil. Es un pensamiento egoísta, lo se pero, en fin, todo lo que debe suceder, sucederá.” Y cerrando los ojos se dedico a dormitar.

Todo estaba en silencio. Las hojas se dejaban adormecer por el viento que las hamacaba mientras soñaban con vivir grandes aventuras. Todo  era tranquilidad hasta que se oyó un pequeño grito y luego una risa contagiosa, todas las hojas abrieron los ojos a un tiempo y vieron que una de sus amigas se iba volando, dando volteretas en el aire y apenas si pudo despedirse de ellas y del árbol antes de perderse hacia vaya uno a saber que aventuras.

El árbol lloró una primera lágrima invisible. La primera que se iba junto con la primera hojita desprendida de su cuerpo para siempre. Todo se volvió desorden y con un griterío infernal despertó el arroyo quien se enteró del acontecimiento. Las hojas oían resonar en el aire la risa de la hojita viajera y esperaban impaciente su turno. ¡Ahora sí faltaba poco! Sólo una hojita no participaba del festín. Sólo una que callada miraba hacia abajo, desde la copa del árbol, y se veía tan distante del césped y del arroyo. Si tan solo le hubiese tocado la ramita más baja, en cambio estaba en lo más alto del árbol, y cada vez que pensaba en ello el vértigo le hacia cerrar los ojos y el árbol notaba un temblor y trataba de sujetarla para transmitirle un poco de tranquilidad.

Todo el resto de la noche la hojita lo pasó pensando en sí misma. Ella no sentía orgullo por su forma de ser. Sabía que si seguía así aferrada a sus miedos moriría sin remedio a la brevedad. Y de pronto fue como si despertase de un largo sueño. Un ligero temblor recorrió  su cuerpo verdoso y abriendo enormemente los ojos murmuró: ¡acaso no estoy muerta ya!. Desde que comencé a brotar en esta  rama tan robusta sentí miedo. Primero tuve miedo porque me veía diminuta en un árbol inmenso, era como estar aferrada a un gigante que podía arrancarme de su brazo sin ningún esfuerzo. Luego, cuando llegaron los días ventosos descubrí otro miedo. El viento con su aullido veloz, que se divertía sacudiendo al gigante quien respondía a ese ataque moviendo sus brazos enloquecido, mientras yo me aferraba a él para no desprenderme y caer, así en esa larga noche, recordó y analizó cada uno de su miedos. Eran muchos. Todos esos miedos le habían impedido  vivir. Vivir, sí. Se puede vivir de varias formas. Ella había elegido la más triste. Una vida solitaria, siempre temblando por algo y sin aprender a reír. Es verdad, nuestra  amiguita no sabía reír, por más esfuerzo que hacia nunca lo lograba. Bueno acaso eso no es estar como muerta, se dijo. Y cerrando los ojos se durmió en una quietud admirable. Sólo percibíamos la savia correr por sus nervaduras sin interrupción. Y el árbol percibió una pequeña gota de agua que se deslizaba por aquel cuerpo verdoso. Quien se atrevería a decir que las hojas lloran. Lo cierto es que cuando despertó los ojos de nuestra hojita tenían un brillo diferente. Sí, los ojos de nuestra hojita brillaban ¡y como!. Las demás hojas también lo notaron y sin decir palabra comenzaron a contemplarla. Sí, algo había sucedido porque la hojita estaba mirando todo lo que había a su alrededor, como si no lo hubiese visto antes. Primero se detuvo en el cielo, qué azul tan hermoso, murmuró. Y que nube tan pequeña. Si parecen tan suaves, ¡qué ganas de tocarlas! Después descubrió a los otros árboles con sus vigorosas ramas cubiertas de hojas que conversaban y reían. Hojas como ella pero sonrientes. Y miro hacia abajo y vio las flores con sus variados colores. Algunas se mecían con el viento. Otras cantaban. El arroyo, siempre yendo y viniendo, jugando a pasar entre las piedras o empujando las ramitas secas que caían en su lecho. No dejó de descubrir nada de lo que la rodeaba y le pareció todo tan bonito que se sintió feliz de poder observarlo. Estaba tan contenta que no podía quedarse quieta. Además necesitaba contarle a alguien lo que le pasaba y pensó que el primero en saberlo debía ser el señor árbol, ya que tantas veces  la había sujetado para que sus miedos desaparecieran. Lo llamó varias veces y, el señor árbol no atinaba a mirar para arriba, miro hacia los costados, hacia abajo, hasta que otra hoja le indicó quien lo llamaba. Y claro, no podía imaginar que esa voz tan dulce, llena de alegría era la voz de la querida amiga.

-¡Oh! Discúlpame, le dijo, no imaginé que podrías ser tú.  Te siento tan distinta, ¿Pasa algo?

-Sí, algo hermoso. Por primera vez soy feliz. Hoy he descubierto tantas cosas  lindas que siento como si hubiese nacido en este momento. Y quería que supieses también cuán agradecida estoy por la ayuda silenciosa que siempre me has brindado. Ahora, en cambio soy tan feliz, que no se como explicarlo: Déjame contarte a ti y a todas mis compañeras. Escuchen. Anoche, después que nuestra primer hojita se fue riendo y volando con el viento, comencé a pensar en mi y mis miedos. Y trate de analizar mi conducta, a buscarle una razón a mi inquietud y me sentí tan impotente que comencé a llorar, y así fue que sucedió un milagro. Todavía no sé si fue un sueño, pero se me apareció un hada. Una maravillosa y brillante hoja vestida con una espectacular túnica verde agua. Pero, lo raro era que la túnica no tapaba su cuerpo, sino que sobre ella y debajo de ella se podían observar las nervaduras, la savia que por ella corría. Era una hoja perfecta. Llegó volando y se posó aquí, a mi lado y toda ella era suavidad y dulzura. Sus ojos enormes me fascinaban, ¡irradiaba tanta seguridad! Se quedó en el mismo lugar, mirándome con una dulce sonrisa hasta que se borraron todas las lágrimas de mis ojos. No temblé, no podía temblar porque una extraña paz me llegaba y se quedaba en mi. Al contrario, le sonreí y toda su cara se iluminó y también yo. Sin darme cuenta quede atrapada en un globo de luz. Siempre sonriendo extendió su mano hasta tocara la mía y de pronto sucedió algo... ¡AY! no sé si decirlo... tal vez lo soñé. No tiene importancia... se oyó un coro de voces pidiéndole que continuara.

...Les decía, extendió su mano y tomó la mía y entonces... entonces nos comenzamos a mover. Algo pasaba en mí, descendíamos lentamente pero la sensación en mi cuerpo era como si el viento me estuviese empujando de aquí para allá. Pasé junto a todas ustedes que dormían con una sonrisa hermosa, pasé junto a los ojos del señor  árbol y le grité algo, pero no me oyó. Y llegue hasta el suelo, y apoye mis pies sobre un colchón de hojas muertas, y quise temblar pero algo me lo impedía. Las sentía ásperas y se rompían al rozarlas. Luego nos mojamos en el arroyo, pasamos cerca de una ventana desde donde veíamos dormir un bebe, y luego me encontré en mi sitio, como si nunca me hubiese movido de allí. Ella estaba frente a mí, flotando, rodeada de luz, sonriendo como  si nada hubiese sucedido. Cerré los ojos, respire hondo y cuando los volví a abrir ya no estaba. Nada indicaba que hubiese estado. Sólo hace un momento volví a sentir su perfume, en el mismo instante en que quise convertirla en un sueño.

Todos habían oído atentamente el relato y, no respondieron enseguida, cuando reaccionaron, la felicitaron y comenzaron a reír todas al mismo tiempo y rápidamente iniciaron el relato de los fabulosos viajes que harían.

Entre tanta algarabía, el señor árbol con los ojos cerrados para que no se le notara su tristeza, supo con certeza que la hojita tampoco se quedaría con él. Y mientras esto pensaba oyó una voz querida que le decía “ánimo amigo, yo siempre estaré a tu lado”. Sí siempre oiría la voz cantarina del arroyo alegrando su alma de árbol.

Esa noche sopló un viento fuerte y  de golpe todas se despertaron, todas estaban listas, miraban constantemente de un lado a otro esperando ver a alguna hoja emprender el viaje. Y sin embargo nada sucedió. Nuestras amigas eran muy impacientes, ¿no les parece?. Hasta la hojita esperaba entusiasmada. Muchas noches abría los ojos de repente esperando ver allí a su hada pero no, sólo  su perfume inundaba el aire cada vez que sin proponérselo pensaba en ella.

Y le llegó el momento a otra viajera, esta vez la hojita no se perdió detalle, abrió los ojos hasta localizarla y le gritaba “buen viaje, buen viaje” y la viajera, Qué loca, quería ir a la ciudad y el viento la llevaba hacia la montaña y reía, reía dando enormes volteretas. Las demás la siguieron hasta que desapareció. Su risa siguió oyéndose unos segundos más y luego todo fue tranquilidad.

Así sucedió con una y otra hasta que, cuando menos lo pensaba, la hojita sintió el perfume que tanto le gustaba y ni tiempo tuvo de reaccionar, cuando una sensación de paz la invadió por completo y ¡zas! Comenzó a volar. No sintió miedo, no tuvo tiempo porque esa nueva sensación le encantaba. Así que gritó a sus amigas que muy serias la miraban sin saber como reaccionar, pero cuando entendieron que al gritarles les decía: Adiós, ¡al fin voy a vivir!. ¡Esto es hermoso amigas! Todas comenzaron a reír y hasta ellas llegó la risa de la hojita, que no sólo era de felicidad sino que el viento al hamacarla le hacia cosquillas.

El árbol cuando sintió que algo se desprendía de él, enseguida supo quien era y a pesar de la tristeza que lo invadió, porque era otro huequito que tenía, l e sonrió, sabía que la hojita había crecido y sería feliz.

Ahora sí comenzaba la vida para ella!