Había una vez una hojita verde, de un verde brillante que formaba parte de un también hermoso árbol. La hoja era pequeñita aún ya pesar de estar en verano con unos espléndidos días soleados la hojita de tanto en tanto temblaba y el motivo de su temblor era el miedo. Miedo, sí, no quería crecer. Sabía que al llegar el otoño, debería aprender a volar, o caso contrario el viento la empujaría hacia abajo sin consideración alguna y allí terminaría su corta vida. Su color verde se iría transformando en un inexpresivo marrón. Su cuerpo suave se volvería áspero al tacto. La savia de sus venas se secaría hasta que toda ella quedara dura y seca como una olvidada hoja de papel que al menor contacto se deshace en pedacitos insignificantes entre los dedos.
Las
hojas más grandes le daban ánimo diciéndole que debía pensar que ya tantas
otras hojas habían aprendido a volar. La hojita oía todos los comentarios y
mientras prestaba atención una enorme calma la invadía y se sentía con
fuerzas como para emprender la conquista del mundo. Pero, llegaba la noche y su
quietud, y sus miedos se hacían presentes recorriéndole las nervaduras y a
veces era tan grande su depresión que en su hermoso color verde aparecían
horribles manchas amarillas hasta que de a poco iba mejorando, superando su
depresión y lograba que su color verde se librase de esas pálidas manchas.
L
os días seguían pasando y mientras las otras hojas disfrutaban pensando en los
viajes que harían, ella se amargaba sin encontrarle salida a su problema. El
verano iba pasando demasiado aprisa para quien sufría tanto hasta que
comenzaron a acortarse los días y con ello aumentaba la tristeza de la querida
hojita.
El
árbol también comenzaba a entristecer, sabía que en poco tiempo más lo dejarían
solo. A no ser que la hoja pequeñita no se decidiera a volar y se quedara para
hacerle compañía. Era muy triste sentirse solo, mirarse en el arroyo y
encontrarse desnudo. No volver a oír la risa de sus hojas, no sentir sus
cosquillas cuando se hamacaban con el viento. Perder su belleza. Ya sabía lo
que la gente diría a su paso, lo que decían todos los años: "Pobre árbol,
que desnudo y triste está con sus ramas vacías. Tendrá que esperar un poco
para vestirse de verde otra vez”. Y los chicos, en lugar de pararse a admirar
su follaje o buscar refugio bajo sus ramas, pasarían corriendo junto a él sin
verlo, sin sentirlo, sin oír su llanto solitario. Pero, el arroyo lo comprendía
porque también perdería importancia, ya no sentiría sus aguas agitarse al
contacto de aquellos piecitos cruzando hacia la otra orilla. No oiría risas, ni
llanto. Ya no navegaría ningún hermoso y frágil barquito de papel. Pero, ¡si
la hojita se quedase!", susurraba para sí el árbol, “tendría con quien
conversar y seguiría sintiéndome útil. Es un pensamiento egoísta, lo se
pero, en fin, todo lo que debe suceder, sucederá.” Y cerrando los ojos se
dedico a dormitar.
Todo
estaba en silencio. Las hojas se dejaban adormecer por el viento que las
hamacaba mientras soñaban con vivir grandes aventuras. Todo
era tranquilidad hasta que se oyó un pequeño grito y luego una risa
contagiosa, todas las hojas abrieron los ojos a un tiempo y vieron que una de
sus amigas se iba volando, dando volteretas en el aire y apenas si pudo
despedirse de ellas y del árbol antes de perderse hacia vaya uno a saber que
aventuras.
El
árbol lloró una primera lágrima invisible. La primera que se iba junto con la
primera hojita desprendida de su cuerpo para siempre. Todo se volvió desorden y
con un griterío infernal despertó el arroyo quien se enteró del
acontecimiento. Las hojas oían resonar en el aire la risa de la hojita viajera
y esperaban impaciente su turno. ¡Ahora sí faltaba poco! Sólo una hojita no
participaba del festín. Sólo una que callada miraba hacia abajo, desde la copa
del árbol, y se veía tan distante del césped y del arroyo. Si tan solo le
hubiese tocado la ramita más baja, en cambio estaba en lo más alto del árbol,
y cada vez que pensaba en ello el vértigo le hacia cerrar los ojos y el árbol
notaba un temblor y trataba de sujetarla para transmitirle un poco de
tranquilidad.
Todo
el resto de la noche la hojita lo pasó pensando en sí misma. Ella no sentía
orgullo por su forma de ser. Sabía que si seguía así aferrada a sus miedos
moriría sin remedio a la brevedad. Y de pronto fue como si despertase de un
largo sueño. Un ligero temblor recorrió su
cuerpo verdoso y abriendo enormemente los ojos murmuró: ¡acaso no estoy muerta
ya!. Desde que comencé a brotar en esta rama
tan robusta sentí miedo. Primero tuve miedo porque me veía diminuta en un árbol
inmenso, era como estar aferrada a un gigante que podía arrancarme de su brazo
sin ningún esfuerzo. Luego, cuando llegaron los días ventosos descubrí otro
miedo. El viento con su aullido veloz, que se divertía sacudiendo al gigante
quien respondía a ese ataque moviendo sus brazos enloquecido, mientras yo me
aferraba a él para no desprenderme y caer, así en esa larga noche, recordó y
analizó cada uno de su miedos. Eran muchos. Todos esos miedos le habían
impedido vivir. Vivir, sí. Se puede
vivir de varias formas. Ella había elegido la más triste. Una vida solitaria,
siempre temblando por algo y sin aprender a reír. Es verdad, nuestra
amiguita no sabía reír, por más esfuerzo que hacia nunca lo lograba.
Bueno acaso eso no es estar como muerta, se dijo. Y cerrando los ojos se durmió
en una quietud admirable. Sólo percibíamos la savia correr por sus nervaduras
sin interrupción. Y el árbol percibió una pequeña gota de agua que se
deslizaba por aquel cuerpo verdoso. Quien se atrevería a decir que las hojas
lloran. Lo cierto es que cuando despertó los ojos de nuestra hojita tenían un
brillo diferente. Sí, los ojos de nuestra hojita brillaban ¡y como!. Las demás
hojas también lo notaron y sin decir palabra comenzaron a contemplarla. Sí,
algo había sucedido porque la hojita estaba mirando todo lo que había a su
alrededor, como si no lo hubiese visto antes. Primero se detuvo en el cielo, qué
azul tan hermoso, murmuró. Y que nube tan pequeña. Si parecen tan suaves, ¡qué
ganas de tocarlas! Después descubrió a los otros árboles con sus vigorosas
ramas cubiertas de hojas que conversaban y reían. Hojas como ella pero
sonrientes. Y miro hacia abajo y vio las flores con sus variados colores.
Algunas se mecían con el viento. Otras cantaban. El arroyo, siempre yendo y
viniendo, jugando a pasar entre las piedras o empujando las ramitas secas que caían
en su lecho. No dejó de descubrir nada de lo que la rodeaba y le pareció todo
tan bonito que se sintió feliz de poder observarlo. Estaba tan contenta que no
podía quedarse quieta. Además necesitaba contarle a alguien lo que le pasaba y
pensó que el primero en saberlo debía ser el señor árbol, ya que tantas
veces la había sujetado para que
sus miedos desaparecieran. Lo llamó varias veces y, el señor árbol no atinaba
a mirar para arriba, miro hacia los costados, hacia abajo, hasta que otra hoja
le indicó quien lo llamaba. Y claro, no podía imaginar que esa voz tan dulce,
llena de alegría era la voz de la querida amiga.
-¡Oh!
Discúlpame, le dijo, no imaginé que podrías ser tú.
Te siento tan distinta, ¿Pasa algo?
-Sí,
algo hermoso. Por primera vez soy feliz. Hoy he descubierto tantas cosas
lindas que siento como si hubiese nacido en este momento. Y quería que
supieses también cuán agradecida estoy por la ayuda silenciosa que siempre me
has brindado. Ahora, en cambio soy tan feliz, que no se como explicarlo: Déjame
contarte a ti y a todas mis compañeras. Escuchen. Anoche, después que nuestra
primer hojita se fue riendo y volando con el viento, comencé a pensar en mi y
mis miedos. Y trate de analizar mi conducta, a buscarle una razón a mi
inquietud y me sentí tan impotente que comencé a llorar, y así fue que sucedió
un milagro. Todavía no sé si fue un sueño, pero se me apareció un hada. Una
maravillosa y brillante hoja vestida con una espectacular túnica verde agua.
Pero, lo raro era que la túnica no tapaba su cuerpo, sino que sobre ella y
debajo de ella se podían observar las nervaduras, la savia que por ella corría.
Era una hoja perfecta. Llegó volando y se posó aquí, a mi lado y toda ella
era suavidad y dulzura. Sus ojos enormes me fascinaban, ¡irradiaba tanta
seguridad! Se quedó en el mismo lugar, mirándome con una dulce sonrisa hasta
que se borraron todas las lágrimas de mis ojos. No temblé, no podía temblar
porque una extraña paz me llegaba y se quedaba en mi. Al contrario, le sonreí
y toda su cara se iluminó y también yo. Sin darme cuenta quede atrapada en un
globo de luz. Siempre sonriendo extendió su mano hasta tocara la mía y de
pronto sucedió algo... ¡AY! no sé si decirlo... tal vez lo soñé. No tiene
importancia... se oyó un coro de voces pidiéndole que continuara.
...Les
decía, extendió su mano y tomó la mía y entonces... entonces nos comenzamos
a mover. Algo pasaba en mí, descendíamos lentamente pero la sensación en mi
cuerpo era como si el viento me estuviese empujando de aquí para allá. Pasé
junto a todas ustedes que dormían con una sonrisa hermosa, pasé junto a los
ojos del señor árbol y le grité
algo, pero no me oyó. Y llegue hasta el suelo, y apoye mis pies sobre un colchón
de hojas muertas, y quise temblar pero algo me lo impedía. Las sentía ásperas
y se rompían al rozarlas. Luego nos mojamos en el arroyo, pasamos cerca de una
ventana desde donde veíamos dormir un bebe, y luego me encontré en mi sitio,
como si nunca me hubiese movido de allí. Ella estaba frente a mí, flotando,
rodeada de luz, sonriendo como si
nada hubiese sucedido. Cerré los ojos, respire hondo y cuando los volví a
abrir ya no estaba. Nada indicaba que hubiese estado. Sólo hace un momento volví
a sentir su perfume, en el mismo instante en que quise convertirla en un sueño.
Todos
habían oído atentamente el relato y, no respondieron enseguida, cuando
reaccionaron, la felicitaron y comenzaron a reír todas al mismo tiempo y rápidamente
iniciaron el relato de los fabulosos viajes que harían.
Entre
tanta algarabía, el señor árbol con los ojos cerrados para que no se le
notara su tristeza, supo con certeza que la hojita tampoco se quedaría con él.
Y mientras esto pensaba oyó una voz querida que le decía “ánimo amigo, yo
siempre estaré a tu lado”. Sí siempre oiría la voz cantarina del arroyo
alegrando su alma de árbol.
Esa
noche sopló un viento fuerte y de
golpe todas se despertaron, todas estaban listas, miraban constantemente de un
lado a otro esperando ver a alguna hoja emprender el viaje. Y sin embargo nada
sucedió. Nuestras amigas eran muy impacientes, ¿no les parece?. Hasta la
hojita esperaba entusiasmada. Muchas noches abría los ojos de repente esperando
ver allí a su hada pero no, sólo su
perfume inundaba el aire cada vez que sin proponérselo pensaba en ella.
Y
le llegó el momento a otra viajera, esta vez la hojita no se perdió detalle,
abrió los ojos hasta localizarla y le gritaba “buen viaje, buen viaje” y la
viajera, Qué loca, quería ir a la ciudad y el viento la llevaba hacia la montaña
y reía, reía dando enormes volteretas. Las demás la siguieron hasta que
desapareció. Su risa siguió oyéndose unos segundos más y luego todo fue
tranquilidad.
Así
sucedió con una y otra hasta que, cuando menos lo pensaba, la hojita sintió el
perfume que tanto le gustaba y ni tiempo tuvo de reaccionar, cuando una sensación
de paz la invadió por completo y ¡zas! Comenzó a volar. No sintió miedo, no
tuvo tiempo porque esa nueva sensación le encantaba. Así que gritó a sus
amigas que muy serias la miraban sin saber como reaccionar, pero cuando
entendieron que al gritarles les decía: Adiós, ¡al fin voy a vivir!. ¡Esto
es hermoso amigas! Todas comenzaron a reír y hasta ellas llegó la risa de la
hojita, que no sólo era de felicidad sino que el viento al hamacarla le hacia
cosquillas.
El
árbol cuando sintió que algo se desprendía de él, enseguida supo quien era y
a pesar de la tristeza que lo invadió, porque era otro huequito que tenía, l e
sonrió, sabía que la hojita había crecido y sería feliz.
Ahora
sí comenzaba la vida para ella!