Enviado por: Luis Sarlinga
Había una vez un árbol. Era un árbol fuerte y vigoroso. Era un árbol joven.
El sol todavía no lo había quemado. El viento no lo había doblado. El tiempo no lo había arrugado.
Estaba allí, en el medio del valle, creciendo hacia el cielo; recto, orgulloso y seguro porque tenía toda una vida por delante.
Un día,
temprano en la mañana, el árbol escuchó la dulce melodía de una flauta y se
sintió intrigado. –Alguien se acerca para apreciar mi hermosa figura-,
se dijo a
sí mismo vanidoso.
El sonido se acercó más, y con el, un niño muy pequeño que caminaba alegremente.
Cuando llegó al pie del árbol, le dijo, -He visto tus fuertes ramas y quisiera colgar de ellas esta hamaca.
-¿Y para qué sirve? –preguntó el árbol.
-Es mi diversión favorita –contestó el niño, -Una vez colgada, yo me subo a ella, ella se mueve y el viento me hace cosquillas y me hace reír.
El árbol pensó
que se trataba de un entretenimiento muy tonto y preguntó que quería decir
“colgar”.
El niño se rió de la ignorancia del árbol y le explicó que colgar, era
atar las sogas de la hamaca en sus ramas.
El árbol sintió
escalofríos al pensar en cómo esas gruesas sogas dañarían su corteza que es la
piel de los de su raza y de ninguna manera permitió que el niño colgara
su
hamaca.
No pasó tanto tiempo sin que un colibrí se acercara volando hasta la copa del árbol. Este, se sintió encantado e hizo florecer una gran flor rosada entre sus hojas.
Al punto, un pájaro más grande, embellecido con un copete rojo, se acercó también y ambos jugaron por encima del follaje.
El pájaro más grande, abandonando sus juegos, se aferró con fuerza al tronco y comenzó a picarlo.
-¡Eh! ¡Eh! –, dijo el árbol, -¿Qué está Ud. haciendo?
-Lo que hacen todos los pájaros carpinteros del mundo,- dijo el ave -Cavar un nido en tu madera.
–¡De ninguna manera Ud. hace eso en mi tronco!-, dijo el árbol, sacudiendo sus ramas para espantar a los dos pájaros.
-¡Ahora veo claro!
Mientras el más chiquitito me entretiene
con sus vueltas, el otro se aprovecha de mí – prosiguió, pero ya los pájaros no
lo oían porque se habían ido muy divertidos, volando, a la búsqueda de algún
otro lugar.
En silencio, el árbol se dio cuenta de qué triste posición era la suya, sin poder moverse y a merced de todos aquellos que quieran aprovecharse de él.
Llegó así la
tarde y el sol comenzó a bajar, las sombras se alargaron y como si fuera un
fantasma, una figura alta y extensa, comenzó a acercarse.
-Será la muerte -pensó
el árbol, -que viene a buscarme.
Pero no. En realidad, se trataba de una joven de rostro triste, cubierta con un velo de novia que lentamente avanzaba sin rumbo.
Cuando la tímida
muchacha llegó al pie de nuestro árbol, se arrodilló y saco una pequeña bolsita
de entre sus ropas de novia, y comenzó a cavar un pozo con las
manos, entre las
raíces. El árbol, sintió la humedad y el gusto salado de las lágrimas que ella
derramaba y molesto, preguntó
-¿Qué estás buscando entre mis pies?-
-No busco nada, en cambio, quiero guardar algo.-
El árbol vio un destello dorado que salía de la bolsista, mientras la joven la abría.
-Estos anillos son los de mi boda que no fue posible porque mi novio se abandonó. Por eso ahora, quiero olvidar.
-¿Y de qué modo se olvida?
-Dicen que enterrando todo lo que nos duele-, suspiró la novia -porque la tierra es buena y transforma las cosas.
El árbol se calmó con la
explicación y dejó que la muchacha cavara.
Pero cuando la joven puso los anillos
entre sus raíces, sintió que lo invadía una gran tristeza.
-Ahora conozco el
dolor -se dijo, y mientras miraba a la novia abandonada que se iba, sintió que
en el corazón de ella crecía la esperanza y escuchó sus pensamientos: Ahora,
cuando mire el follaje de este árbol veré el rostro de mi amado.
Con las últimas luces del día, una nueva figura se acercó, se trataba ahora de un soldado que venía de la guerra.
-Este árbol será una buena protección- dijo con firme voz masculina.
-Antes de decidir para qué sirvo, tendrías que consultar conmigo- protestó el árbol. -Es de buena educación hacerlo-, recomendó además.
El soldado, que venía del frente
de batalla, no se sorprendió por este árbol que hablaba, porque dicen, que los
soldados han visto ya cosas tan terribles,
que nada los toma por sorpresa. Por
eso, simplemente contestó.
-Si la educación lo exige, te pido permiso para pasar la noche entre tus ramas y oculto bajo tus hojas.
-¿Y por qué querrías hacer una cosa así?-, preguntó el árbol, curioso frente a un pedido que le resultaba extraño.
-Porque de esta manera me protegeré del rocío de la noche y de las bestias salvajes que puedan querer comerme.
Todo esto le pareció sospechoso
al árbol, pero como había quedado un poco triste por lo sucedido con la novia
abandonada,
decidió que sería bueno tener una compañía para pasar la noche. Así
que, abriendo su follaje,
dejó que el soldado entrara en su copa y se acostara
cómodamente entre sus ramas.
El árbol se dejó mecer por el viento nocturno y mientras miraba las estrellas, acunó al soldado que dormía en él.
Leyó sus sueños y se asustó al ver qué feos recuerdos albergan los hombres que han estado en una guerra.
Esa noche, el árbol conoció, por lo tanto, el miedo que se esconde en lo más oscuro de las pesadillas.
Con las luces de la mañana y
habiendo sido vencida la oscuridad, supo que no importa cuan grande sea nuestra
tristeza o que amenazante sean nuestros miedos,
siempre alguien estará
acompañando y velando y dándonos consuelo.
Estaba todavía atado a estos
pensamientos cuando vio volver a la novia, vestida ya con sus ropas de todos los
días.
Al verla se inclinó y le preguntó qué buscaba.
Ella le dijo que, como se lo había prometido a sí misma, venía para ver reflejado en su follaje el rostro del novio perdido, el que la había abandonado.
El árbol le dijo:
-Algo mejor tengo para darte que una imagen.- Y sacudiendo sus ramas, hizo caer su carga nocturna.
-¿¡Qué haces árbol descuidado?! Por tu culpa, podría haberme roto la cabeza-, protestó el soldado.
El árbol no dijo nada, y por un momento, se hizo un silencio que significó una especie de suspensión en el tiempo.
La joven vio al soldado y el soldado vio a la joven. Dos latidos dijeron, “Quizás sea para mí...”
El árbol, que seguía sin hablar, vio cómo estos dos se alejaban sin siquiera saludar y se sintió feliz.
–Algo bueno ha comenzado a suceder-, pensó.
Al mediodía sonó un trueno feroz y el cielo se llenó de nubes que anunciaban la tormenta.
Una pequeña viejita cubierta con un viejo manto, buscó refugio bajo el árbol y entre trueno y trueno se quejaba.
-¡Hay de mí porque mis deudas han crecido y terminaron por ahogarme!
-¿Qué quiere decir “mis deudas”? -, preguntó el árbol.
-Quiere decir que ya nada tengo,
porque cuando tuve, quise más de lo que tenía y sin medida, me lancé con avidez
sobre todo lo que me ofrecieron los demás.
Ahora mis acreedores se han llevado
todo para cobrarse. Me han dejado empobrecida y sin un lugar dónde ir.
Si por
lo menos tuviese fuerza, haría un hueco en tu tronco y allí me dejaría morir.
-¡De ninguna manera permitiría yo
eso!, dijo el árbol asustado. Pero algo mejor puedo ofrecerte. Si cavas entre
mis raíces, encontrarás dos anillos de oro.
Tengo entendido que son valiosos.
La viejita hizo lo que el árbol
le decía y encontró rápidamente los anillos, alegrándose porque así podría
volver a empezar.
Entonces se fue saltando, de la manera que saltan las
viejitas, con pasos cortos y agitados y ni siquiera saludó.
Cuando se acallaron los truenos y
el viento alejó las nubes, el árbol vio que la luz del día había declinado.
De
pronto, los pasos fuertes de un hombre muy fornido, estremecieron al árbol desde
sus raíces hasta lo más alto de sus hojas.
-Nada bueno puede salir de un hombre que golpea el suelo tan fuerte-, pensó.
-Soy un leñador-, anunció el hombre, -He venido a cortarte, porque se acerca el invierno y necesito tu leña.
-¿Y qué me pasará si te dejo hacerlo?-, preguntó el árbol, mareado por la noticia.
-Venderé lo que recoja a distintas personas y éstas te llevarán a sus hogares; allí te usarán para reparar sus puertas y ventanas; tallarán tejas para reponer las rotas, encenderán fuego y se calentarán; podrán cocinar y alimentar a sus hijos y ya nadie tendrá hambre o frío.
Al árbol, que ahora ya conocía el
dolor y también el miedo y la violencia, le pareció mejor que su destino no
fuese ser una flecha o un palo que castiga o un
instrumento de tortura, sino
algo que sirviese para dar a los hombres lo necesario durante la temporada de
frío y así, dejó hacer al leñador.
La leña fue repartida y todo ese invierno, hubo fuego en las estufas.
De todas maneras, el leñador no era una mala persona, como había creído el árbol al comienzo y seguramente algunos de Uds. también.
El sabía mucho de la historia natural de los árboles, y aunque cortó a nuestro amigo, permitió que sus raíces se metieran bien adentro de la tierra para poder así recobrar las fuerzas y volver, con la primavera, a preguntarse otra vez.