Algunos Textos seleccionados por la Prof. Beatriz Abelleira, de alumnas de su taller : Narrar la propia historia, realizado en la Fundación C.G.Jung de Psicología Analítica.

Colores y formas: qué colores elegiste para más ocasiones hasta hoy. Escribir un texto breve (incluyendo el color). Forma más recurrente en tu historia, figura geométrica. Elegí uno o varios colores, combinarlo en una o varias frases. Elegí una forma geométrica a qué se le parece. Elegí con qué otras formas combinarlo. Elegí una forma-figura y dale un nombre. Escribí un retrato. Elegí un objeto. Escribí un relato y ubicá ese objeto en la naturaleza.

De negro te vestías, te veías tan elegante; un toque de color, alguna corbata, una pincelada impecable.

            Negro tu frac, negro tu smoking, negro tu jacket cuando nos casamos tus hijas. Negro de alpaca tu sobretodo comprado en Milán para ir al Colón los jueves; blanca tu chalina de seda natural. Negra tu cara contrastando con el rojo terciopelo del palco, cuando en éxtasis movías tu cabeza negra, negro tu pelo al son de Verdi, Mozart, Puccini, Bach -¡no en vano habías nacido el día de la música!- Me quedo con esta fotografía: negra tu mano hermosa con las venas que se dejaban ver, dejaban ver tu sangre correr, fluir, fluir, fluir. Tus dedos tamborileando sobre el balcón del palco cuando en éxtasis cerrabas los ojos y te elevabas sin peso. 

             A mi, pequeña, la armonía me la daban tus dedos y tu cabeza, no mis oídos. Yo podía escuchar al verte. Negra tu piel –moro de la morería- Blanca, más blanca que la mismísima luz tu alma.

No puedo dejarte ir, me están ayudando, Bea, Dorana, y él. Tengo que dejarte ir… Manejá con cuidado, te gusta la música para manejar. Te pongo tus habaneras de Cádiz. Te dejo ir, te dejo ir Jorge Luis, que la carretera te brinde hermosos paisajes. Adiós papá, hasta pronto…

            Tengo algo que hacer: mamá y Patricia están algo enfermitas. Yo las cuido. Te doy mi palabra de honor seguramente otra vez ellas me cuidarán a mi como otras veces lo hicieron, como nos enseñaste. Unidas para siempre “palabra de honor” como me dijiste a los ocho años y yo me lo tome “a la letra”. Ninguna promesa que te hice me ha pesado ¿Te acordás cuando me pediste que te explicara aquella charla que iba dar sobre “La narrativa de Kundera”? ¡Qué buen alumno me resultabas!... todo el tema de la levedad y el peso: La Revolución, la República Checa, el Soviet, la noche de Terciopelo, la Revolución de Tercio pelo, el terciopelo del palco, Hermosa conferencia. Tú: mi asiduo seguidor infaltable ramo de flores al empezar. Subjetivo admirador.
            Soy igual a vos papá, no puedo vivir en la levedad, elijo el peso; pero no soy vos papá, soy una mujer.
            Te escribo la última carta de amor, la primera te la escribí a los siete ú ocho años cuando te fuiste un siglo a trabajar a Suiza o a Italia. Apenas si podía escribir en cursiva. Te dejo ir papi. La carta aquella la quiere mami, se la dejo; ha sido generosa nos ha dejado amarnos como padre e hija.

            Te dejo ir… te pongo las habaneras… te dejo ir… que no te sorprenda la noche. Que llegues a destino. Sin duda nos veremos; tengo mucho, mucho que hacer aún. Igual a ti, no dejo sinfonías inconclusas. Ha llegado nuevamente la música a mi vida, dejémosla sonar. Quisiera retenerte para bailar un dapke o el vely dance, quisiera bailar como a vos te gustaba “ojos así”… ojos así cantabas “¡cómo los que tienes tú!”. No más excusas. Te dejo ir… si te dejo ir me ha dicho la voz de la música, si te dejo ir realmente me quedaré contigo. Para siempre, para siempre…

Todo es como un gran círculo, círculo por mi obsesión por lo perfecto, por mi idea inamovible de que todo lo que se empieza se debe terminar. Redondo como mis pupilas enfermas, redondo como los anillos que nos ponías en los dedos. Una redonda… una blanca… una negra… dos corcheas… una fusa… difusa. Redondo como tu amor que nunca se acaba.

Redondo como el recuerdo. Recordar es volver a traer al corazón. “El orden del recuerdo es el orden del corazón”- dice Sartre- se desdice ¡pobre! No puede sostener su existencialismo. “El hombre es una pasión inútil”… ¡Ay Jean Paul! Pobrecito; el hombre es una pasión y eso le da sentido a su existencia. Te apasionaste para despojarte de tus pasiones.

Te apasionaba el arco iris, los colores del arco iris; un semicírculo, los siete colores, los siete velos, las siete notas musicales.

Violeta, índigo, azul, verde, amarillo, anaranjado y rojo. –do, re, mi, fa, sol , la, si… Te digo sí…

Violeta para transmutar de la negritud a la luz.

Índigo para ver el cielo de Marrakesh.

Azul como el Egeo.

¡Verde como tus ojos decías!

Amarillo para que salga el sol en nuestras vidas.

Anaranjado para la energía (toda la vida has trabajo con la energía).

Rojo para la pasión.

Bailemos y nos vamos desvelando. La noche recién empieza para darle lugar a la pasión.

Despabílate que se apagó el pabilo de la vela ahora tú eres la encargada de encender el fuego.

Dejemos que el círculo sea generosamente penetrado por el triángulo y que Pitágoras se preocupe por los teoremas, que lo demás se ocupen de su tan cuestionado “apeiron”: El Infinito. Nada que cuestionar; lo único infinito es el amor, tu amor papá; por mí que sigan filosofando…

Dos círculos pequeños que se separan y se unen son los chinchines, los usamos para bailar, se golpean entre los dedos armónicamente; te mueves al compás de ellos; tu cabeza, tus brazos, tu cuello, tus hombros, tu cintura, tu vientre… en tu vientre el infinito. Tus caderas, balba de mil hijos, cuna de toda un estirpe. Tus muslos, tus pantorrillas, tus pies descalzos, así debe ser para estar en contacto con tu tierra. De tus manos a tus pies. La tierra y los chinchines como una pareja se juntan y se separan. Para unirse es necesario separarse, unirse y separarse para brindar el sonido exacto en el momento justo, la armonía perfecta, la música perfecta como el círculo.

La Sizigia.

Festejemos el triunfo de la sizigia, festejemos la perfección del círculo, celebremos con música.

Brindemos por la vida con una copa.

Una copa para brindar.

Una copa para romper.

Una copa para tragarse los problemas.

Una copita para lavarme los ojitos enfermos.

Una copa para coronar un árbol.

Hemos recorrido nuestro árbol desde las raíces hasta la copa con todas sus ramas, sus hojas, sus flores, sus frutos. Ha dado frutos. Te agradecemos Bea. Armamos un círculo, todas de la mano, Bea, Vicky, Paulina, Dafne, Bethania, Marcela. Nos hemos ayudado; han sido muy generosas, unas con sus palabras, otras con sus silencios. Hagamos una ronda. Cerremos el círculo. Así bailamos los árabes, así bailaban los griegos cuando los turcos nos invadieron.

Podrás invadirme, pero no estarás adentro de mi círculo, no perteneces a este lugar, no bailarás mi danza, no robarás mi tierra, no penetrarás en nuestros milenarios secretos, no entrarás… en mis ritos, no brindarás conmigo. Quedaras afuera del círculo.

Mi tierra, mi cuerpo, mi copa.

Brindo por ellas y con ellas por nuestras horas compartidas. Ya les enseñé a decir gracias en griego: “Efgaristó polí” –ahora les digo en árabe gracias: “Shukran”.

Las invito a brindar.

                                               María Gabriela Baduan.

 

 

MANDALA GRUPAL

(Marcela, Paulina, Betania, María Victoria y Beatriz)

24 de julio de 2006

Mi abuela era muy hábil para tejer abrigos cálidos y mullidos. Mi abuela, fuente de todos los amores; dispuesta, generosa, posesiva, junto a mí. La historia dibuja caminos inhóspitos que alteran mi vivir, pero la sorpresa del encuentro me permite ver el rostro de mi interior. Subo las gradas y me imagino que me animo, que sonrío y que puedo hablarles a todos. Entonces, siento que estoy cumpliendo mi misión. Mi vida tiene sentido.

En el amor, me voy restaurando, día a día; en el mío, para empezar. Con mi cuidado, con mi alerta abierto. Por eso, de ahora en adelante, espero que las situaciones no me dejen de interesar en el sentir, en el pensar, en el vivir, en el morir... me encontraré de nuevo. En la despedida, comienza una nueva mirada a la vida.

Y vivo como al fin quiero.

Y nos vamos de juerga, a festejar la vida que vivimos, la que recibimos, la que renovamos...

Somos una familia que siempre estuvo espiritualmente unida.

Toda mi vida estuve convencida de estar creciendo rodeada de extraños, en medio de la familia incorrecta, sola y aislada del resto por no tener en absoluto cosa alguna en común con ellos.

Aparentemente mi único lazo verdadero y poderoso era con mi abuela María, madre de mi papá. Siempre que estoy con ella y desde muy pequeña recuerdo la sensación de BIENVENIDA que me provoca su presencia. Es la única de esta parte del clan que abraza a la vez que besa, me llama “amada” y presenta la vida como una fiesta para reírse de todo y de todos hasta perder la voz.

Cuando mis primas y yo éramos unas nenas, ella nos prestaba su ropa y unos cuantos pomelos y naranjas para que nos disfrazáramos de mujeres ‘pulposas’. Nos dejaba invadir su cocina para preparar panqueques y no se preocupaba por el enchastre que le dejábamos.

Inventaba los juegos más extraños: sacaba parte del diccionario que tenía despedazado, elegía una palabra y preguntaba: “¿Qué les parece que querrá decir…?”. Mi hermano y yo largábamos toda suerte de posibilidades, él las más racionales, relacionadas con la etimología, yo las más delirantes. Y en ese jolgorio de apuestas y competencias, con la mirada más pícara mi abuela leía tranquilamente lo que dictaba su libro y dejaba ver su sensación triunfante.

Esta mujer que sólo tuvo relación con un docente por dos años y aprendió a leer y escribir a los 12, cocinaba cantidades de comidas variadas que sembraba sobre una larga mesa. Sus orígenes italianos se notaban en la abundancia de su entrega y sus tardes de mate con improvisados scons y tortas con levadura. Amante ferviente de la lectura y la poesía, es capaz de recitar de memoria alguna que haya leído una vez con total simpleza, lo que era motivo de distancia instantánea para los nietos cuando éramos menores. “Pórtense bien porque empiezo a recitar, eh?”

Mi vínculo con ella es de una gran admiración, aunque conozco sus grandes limitaciones para expresar el dolor y aceptarlo en los demás. Ella quiere hacer alarde de la alegría de estar vivo, a regañadientes y como sea. Nada de lágrimas, nada de lamentos. “Si se van a pelear se van afuera”, grita.

Ella fue quien me dijo cosas sobre mis dones:”Le quedás muy bien a ese vestido”; “Vos tenés una adaptación bárbara, estás con chicos, estás con viejos y hablás con todos. No tenés problemas, siempre encontrás un tema”; “Vos siempre buscás la manera de arreglarte”.

Cada tanto me recuerda, como reconociéndome algún don, que una vez fuimos a almorzar con mis papás y hermano a su casa, y en medio de una “tormentosa sobremesa” mi papá dio un portazo y salió de la casa. Yo salí detrás de él y cuando su madre se asomó a la puerta estábamos los dos como si nada, uno al lado del otro, en el escalón de acceso al jardín. Simplemente juntos, sin hablar. Recuerdo ese momento como tantos que viví ante las discusiones en mi casa, y recuerdo el alivio cuando lo vi en la entrada  tranquilamente sentado.

 

Mi abuelo Juan Antonio era también descendiente de italianos. Su padre era un gran hombre, muy trabajador y dedicado a las tareas de sembrar, cosechar, clamar por lluvia y cuidar los frutos. Su madre era la típica de muchos hijos, 6, dedicada a acompañar al esposo y cocinar, coser y todo lo demás. Sobreprotegía a su hijo (mi abuelo) dándole dinero a escondidas del padre, y así fomentando y encubriendo su afición por la timba. También ella hacía cualquier cosa por evitar las peleas. Tal vez olvidaba que cuando llegó con su esposo a vivir y trabajar con su cuñado hasta poder tener su propia casa, ella se alimentaba de pan oculta entre sábanas por la vergüenza que sentía por sentarse a la mesa de la familia del hermano de su marido. Tan poco creía valer esta mujer, que no se sentía en el derecho de comer su cena como muestra del afecto y la ayuda de sus parientes.

 

Los padres de mi abuela María eran una pareja muy curiosa: su padre tenía pasión por conversar y leer el diario comentando las novedades con algunos vecinos y peones. Leía el Quijote a sus hijos y buscaba interlocutores válidos para sus charlas sociales entre la gente fuera de la familia. Tuvo unos 15 hijos con su mujer, que había vivido en Brasil cerca de las plantaciones de tabaco, donde los chicos fumaban porque se decía que así se evitaban los microbios en los pies. Era alcohólica y sostenía firmemente que un trago siempre era bueno para el estómago. Quedó viuda a los 40 años y se volvió a casar con un amigo de su hijo mayor, a quien muchas veces había hecho entrar furtivamente por la ventana grande que hizo construir en su dormitorio. Con él tuvo a su último hijo, a quienes llaman tío Nene y tiene la misma edad que el hijo mayor de mi abuela María.

Cuando ella me contó esto, tragándose su bronca con su madre, nos miramos y entonces yo comenté que la bisabuela Eugenia sí que había disfrutado del sexo –nada que ver con las otras tantas mujeres de la época-. Y con una explosión de risas le reconocemos eso a la vieja, para mitigar sus escándalos y abandonos.

 

El matrimonio de mis abuelos paternos fue un total desencuentro entre dos personas que no tenían que ver una con la otra, aunque siendo vecinos se gustaron y se casaron. Ambos tenían planes muy diferentes para su vida en común, así que basados en que no tenían planes para su propia vida compartieron su mutua e intermitente presencia, y 4 hijos.

Mi abuelo siguió con sus hábitos de jugador y mujeriego y mi abuela se tragó los sueños que ni siquiera se atrevió a soñar, y aguantó la soledad y el maltrato hasta que este hombre tuvo la delicadeza de morir.

Desde entonces ella fue un ser libremente delicioso e increíble que comparto con mis más privilegiadas relaciones.

 

Por el costado materno aparenta la vida ser más moderada, sin alcoholismos declarados (aunque sí que tomaban) ni múltiples o al menos evidentes mujeres de aventura. Comerciantes y ferroviarios, las ramas de mi abuela Victoria y mi abuelo Ramón traían viudas jóvenes con varios hijos. Mujeres cercanas a la santidad, por soportar un marido irresponsable en el caso de mi abuelo, o por tener una gran Fe como la abuela bisa Conce, madre de mi abuela.

Mis abuelos se casaron mayores de lo que sea acostumbraba, dedicados a las prioridades de sus propias familias más el protocolo de duelo y la real indecisión del novio por dejar sus galanterías con el resto de las polleras del lugar. Por alguna razón yo me hice la idea de que mi madre me contó que algo hizo a mi abuela vestir de gris en la boda. Tal vez ese fue el color que acompañó a esa mujer con  nombre de vencedora a lo largo de su vida.

Teniendo 14 años perdió a su padre y ayudó con su hermano a su madre a sostenerse y a criar al resto de sus hijos.

Mi abuela Victoria era la mujer más completamente fiel al “Arroz con leche”. Sabías hacer todas las manualidades de la alta costura, y gracias a eso la elegancia era su objetivo y su obsesión. Cosió y bordó cada ajuar de Casamiento, Comunión y ritual alguno para sus hermanos, sobrinos, hijas y más tarde nietos. Tejía como los dioses y era sumamente amorosa. Jamás levantaba la voz ni participaba de discusión alguna.

Había sido sometida a electroshock en más de una oportunidad a causa de su depresión, y tomaba cada una de las interminables pastillas que el médico neurólogo le recetaba. Sin discutir, sin cuestionar. Sin reflexionar.

Creo que siendo el ama indiscutible de esa casa y de su familia, con una energía interminable para las tareas del hogar y sus labores y a pesar de sí misma, vivió hasta los 88 años como su madre.

Su esposo fue peluquero, almacenero y viajante de comercio. Estuvo bastante tiempo fuera de su casa por sus viajes de trabajo, lo cual creo que favoreció que mi abuela se dedicara sin descanso a la vigilancia permanente de sus hijas. Mi abuelo siempre fue un hombre increíblemente apuesto, alto y de muy buen comer, con un carácter bastante gruñón pero un trato preferencial a sus mujeres. Llamaba a mi abuela “viejita” y viceversa. Y le explotaba la mirada cada vez que en la mesa del almuerzo dominguero surgía una pelea entre mis padres. Ni su más profundo gen machista podía tolerar que sus hijas tuvieran que arreglárselas solas para ganarse un lugar en sus nuevos hogares.

 

Mis padres se casaron teniendo ambos 22 años, y careciendo de todo conocimiento mutuo y personal. Tuvieron 8 meses de verse por primera vez que incluían 4 meses de novios declarados, estando él desesperado por salir del servicio militar y ella en la casa de sus padres, despidiéndose de su sueño de ser abogada y tener un esposo intelectual, tal vez profesional, que le asegurase el prestigio de sentirse mejor mujer por estar a su lado.

En estas circunstancias armaron su familia con 2 hijos, mi hermano y yo. Se quisieron, se soportaron y se detestaron mutuamente sosteniendo con el máximo capricho la bandera de lo que cada cual pensó que sería la vida en pareja. Jamás vi que se sentaran a charlar sobre algo y llegaran a un acuerdo, que se pidieran perdón o se dijeran que se amaban.

Todo era presentar un ataque, contestar con otro casi siempre peor, gritar cada vez más fuerte y esperar a que alguno convenza al otro con métodos que mejor ni conocer.

En este clima de nula observación de uno mismo y total negación o posibilidad de análisis nos criamos Jorge Luis  y yo.

 

Y preguntando a mis abuelos vivos por mis antepasados  y por ellos mismos, me doy cuenta dolorosamente de cuánto tenemos en común.

Dicen que las almas se van eligiendo y acompañando para avanzar en el aprendizaje y la evolución, y yo lo creo.

Entonces debo asumir como parte de mi identidad que provengo de una tatarabuela que se tiró nafta encima y se quemó viva, pensando que así se le perdonaría el castigo del infierno por decidir su muerte. Y de su hija enamorada de beber, que vivó de un exceso en otro, protagonista de escándalos y siendo la vergüenza y la pena de su marido y sus hijos.

Y del padre de mi abuela, amante de leer y comentar, aficionado a valorar el trabajo y el crecimiento ilustrativo.

 

Tengo el origen de mis cuatro abuelos y sus antiguos, con su abnegación y su alardeo, con su aceptación y su descaro, con el desenfreno, el sacrificio, sus creencias y lealtades, su serenidad y su violencia. En todos estos extremos me reconozco y de todos me avergüenzo. Tengo mucho de las mujeres que han creído no valer ni merecer respeto. Y también de quienes creyeron que las cosas son exigibles de acuerdo a lo que cada uno espera o quiere, sólo por eso.

Hasta soy reflejo muchas veces de la autoritaria y mezquina actitud de quienes hicieron siempre lo que se les ocurrió, le moleste a quien le moleste y usando la fuerza si fuera necesario.

El trabajo de muchos y el compromiso con una vida digna, parecida lo más posible a lo que cada uno soñó, lo comparto con orgullo. Pero pienso: qué pasó por la cabeza de todo este clan mezclado y heterogéneo para que hicieran todo lo que hicieron. Y para que no hicieran lo que no eligieron.

Y me invade una sensación compasiva por este grupo del género vivo que son mis raíces, de las que tengo el derecho de aprender para mí y el deber de “perdonar”para mi hija. Porque todos los que tenemos descendencia vamos legando historia y sentimientos, circunstancias y emociones.

 

Hemos declarado nuestra rebeldía y nuestra independencia, pero encontramos nuestras propias vidas en las manos que usamos como herramientas. Y con los recursos que salimos a buscar  y aquellos que también son parte de nuestra tribu, tenemos una SATISFACCIÓN que alimentar y una plenitud que conseguir.

Habremos de empezar a aceptarnos y respetarnos. Y tendremos que asumir la responsabilidad de nuestras actitudes para aprender a modificarlas cuando sea necesario.

Hemos sido descuidados, inconscientes, irresponsables, suicidas, violentos,  mentirosos, egocéntricos, cobardes, descarados, viciosos, masoquistas y perversos.

Y también hemos sido lo contrario.

Ésta ha sido mi familia, con quienes estoy en comunión desde antes de mi nacimiento y más allá de mi muerte.

Ni tan diferentes, ni tan parecidos al resto de las personas.

Pero tan humanos…como ellas.

María Victoria Boveri

COSIÉNDOME LA PUBERTAD 

De lejos veía una chica del 6to B, que el uniforme del colegio se empezaba achicar, esto había visto en otras niñas y bueno las opciones ante mi pregunta tenían dos respuestas que eran lógicas para mí.  La primera era: “Será que su familia no tiene para comprarle un nuevo uniforme y hasta que no este a reventar el vestido del colegio que era a cuadros de color plomo y blanco, no le comprarían uno nuevo” y la segunda respuesta seria: “No lavo a tiempo el uniforme y le toco ponerse uno de su hermana menor”.  ¡Que equivocada estaba, que ingenua era, veía todo con ojos buenos y sin nada de picardía!  Pero muchas cosas suceden alrededor y yo no las veía. Hasta que un día se me abrieron los ojos al ver que una minúscula y fina aguja hilaba la inocencia, la recogía y clavaba en ella el mundo a descubrir y entonces arriba y abajo; arriba y abajo, te recojo y te suelto; te marco con goce las puntadas de arroz; las puntadas zigzag y si me punzo en el dedo dejare la huella de sangre de mi dedo estrenado.  Entonces ver que derramar no es malo si no que deja una huella dolorosa pero que anuncia el goce de un cambio.

Aquella chica del 6to B, me dio una lección de vida y sobre todo me anunciaba mi propio cambio.  Las faldas o polleras, vestidos y pescadores daban su vuelco y el ideal era simple. “HAY QUE ENSENAR LAS PIERNAS PAULINA, A PESAR DE LO QUE EL RELAMENTO DIGA. HAY QUE MOSTRARSE AL MUNDO. ¡NO VES QUE ES TIEMPO DE LA REBELIÓN CICLONICA!”   Una escena tan trivial como la de subirle el hilván del vestido puro y digno en el último baño del pasillo del tercer piso donde se encontraba mi clase de 4to.  En unos 2 meses ya estaría cerca para entrar al 5to, el 5to que me hacia subir a un escalón tan alto que mi mama temía que me cayera sin paracaídas. ¡Pero tranquila mamá que somos varias paracaidistas! Y mi compañera de vuelo era Maria José una amiga española pero con corazón ecuatoriano. Empezamos a incursionarnos en el mundo de la coreografía, éramos unas súper stars, bailábamos hasta la muerte y con eso nos dimos cuenta que el cuerpo serbia para algo y algo muy concreto. “MOVERSE”  Moverse tanto que buump!! Explote como pochoclo al fuego.  Los calores subían y bajaban como la aguja de mi hilván en acción, el sexo opuesto ponía mirada a mis piernas estrenadas yo me daba cuenta que entre baile y salto alcance el  6to mmm sex-to, son silabas fulminantes.  Comencé  con las preguntas de mi sexo y ya los temas se entre mezclaban, con ciertas amistades aun podíamos hablar de las ultimas muñecas en venta aunque no las comprábamos porque eso ya era de niñas y nosotras nos sentíamos grandes sin embargo jugábamos, aun jugábamos con los muñecos antiguos.  Con otros amigos las conversaciones debían ser sobre la nueva bici, el vecino que enviaba cartitas, llamadas telefónicas, las ultima canción de moda que por cierto tengo una lista interminable.

Milly Vanilly con su Tata, tata, tarara la rara!!

Roxet con su Hellow you full I love; you!!

Pablo Ruiz con Yo te amooo de manera especial, tu me miras tus ojos me hacen flash, eres simple transparente y sensual porque eres tú mi chica ideal, ideal!! “Yo sabia que era ideal para ti Pablito, yo contigo... quería todo, aunque no tenía muy claro que era ese todo!! 

Las chicas Flans con Tímido a atrévete... te invito una copa en el bar. tímido mírame no voy a dejarte escapar. Tímido... tímido!! Y tímidamente me crecían las pupilas del pecho mientras que la cola no-tenia ningún respeto alguno y arrebataba el ángulo central de mi pelvis, haciéndola ver un minúsculo punto en medio de una masa que se formaba de preguntas y misterios ocultos sobre la intimidad y el pudor de una mujercita.

Con mi mama las conversaciones siempre fueron libres y abiertas, se podía hablar de todo con ella, hasta de los grandes secretos.  Voy hacer un paréntesis y contar mi historia, mi secreto. ( En medio de mi pubertad y la voy a exponer dentro de la música de The Kiss que me gustaba pero que le veía enloquecer a un primo, imagínense la música de fondo. La música metálica, alaridos y gargantas crujientes. Aparece The Kiss con su ropa obscura y su rostro pintado de blanco y negro, su boca gigante y la lengua en punta como serpiente sigilosa y ropa punzante.  En la habitación un capullo a punto de salir. Música de fondo la canción de la alegría de Beethoven, acostada semidormida, en camisón de dormir, la tele prendida en el canal 8.  Yo esperaba que llegue mi mama y su novio que muy pronto se convertiría en su esposo, ellos llegarían de una fiesta. Él era un señor para mí pero tenia 29 años y mi mama 27.  Su música y la mía a todo volumen, mi mama en la cocina arreglando algo, no me acuerdo que era.  Él con mucho cuidado y seducción maliciosa sufre un cambio metamórfico, sus manos grotescas se convertían en suaves plumas que tocaban mis pupilas del pecho.  Aunque fue suave yo sentía cuchillos en mi pecho. No supe si abrir los ojos o quedarme quieta, gritar a su grito o cantar con Beethoven. No sabia si me gustaba la pluma o si odiaba el cuchillo. No sé si fueron minutos o segundos pero fue eterno. Entonces el canal de la tele se volvía más intenso. ¿Y donde estas mama, por que no vienes, que haces en la cocina? ¿Mama me escuchas, halo, halo? El teléfono interno bloqueado me habían cortado la línea de la vida por falta de pago. ¡Un segundo intento halo, halo! ¡Porque no dejas lo que haces en la cocina y vienes a buscarme entre la hierba mala que ahoga y me atrapa.  El cuarto ya no es tuyo; el cuarto es de The Kiss matando a Beethoven!

Unos tacos se acercan y mi corazón va con el mismo taconeo, el payaso Kiss, el monstruo metamórfico regresaba al cuerpo conocido, gentil y casi casi te llegué a decir segundo papá después de 3 años de vivir contigo, me enseñaste a cantar, a tocar la guitarra. ¡Cómo era posible que mi amigo, maestro de música bohemia, clásica, me estuviera enseñando la potencia de la metálica! ¡Pero quizás eso era lo que te faltaba enseñarme vedad!

Abrí los ojos, mire a mama, la sonreí y no pude volver a dormir durante varios meses, temía dormir.  Aquel payaso simpático que me regalaste The Kiss en la navidad pasada y que lo habíamos colgado juntos frente a mi cama se había transformado en un payaso que por la noche o cuando estaba sola tomaba fuerza, se le alargaban mas las piernas largas y querían bajarse de donde estaban clavadas.  Y descubrí que también podía usar mi cuarto como espacio crudo para construir el circo maldito y yo estaba atrapada en el laberinto de espejos.  Me costo mucho volver a dormir, levantarme al baño por la noche. Mi cuerpo me enseñó lo que era la parálisis, el pánico. Mi cuerpo cambiaba y yo me había bloqueado.

En la escuela alguien brillante colgó carteles contra el abuso infantil y en cada pasillo trataba un tema distinto y el mío, el que esta dedicado para mí hablaba sobre el tacto de otros en tu cuerpo.   El lema era:  “Si te tocaron no calles cuéntale a un adulto, no es tu culpa, dilo para que lo atrapen”.  Tenia dibujitos de hombres tocando distintas partes del cuerpo.  En mi cabeza la parte del lema NO ES TU CULPA me retumbaba en el cuerpo, yo sentía culpa, como no sentir culpa. Le conté a mi compañera de combate después de meses de meses de lo sucedido y gracias aquel cartel, ella me dijo “dile a tu mama no importa lo que paso no fue tu culpa”, me puso el paracaídas, lo ajusto bien, me entrego mapa, brújula y comida para el viaje y me lanzo del avión.  Gracias amiga por entenderme y darme las herramientas para enfrentar el pánico.  Le conté a mi mami, me abrazó, lloró y lo sacó a patadas y con un bate de baseball que el mismo nos había dejado para que cuando él no estuviera en casa nos pudiéramos defender. ¡Que irónico, con el mismo lo estábamos echando, como a un ladrón, ladrón de mi inocencia!  Mi madre me dijo después de quedarnos solas, que era lo que yo quería hacer con voz culposa.  Le dije “quiero sacar al payaso y quemarlo”.  Lo sacamos y cuando estábamos listas para quemarlo el hijo del guardia del edificio, un niño de 6 años aproximadamente con quien jugué alguna vez, nos miro y me dijo que le regalase el payaso.  Lo hice, otro niño recibía mi pesadilla y la convertía en un sueño alcanzable.  Ahora comprendo la potencia del objeto en la infancia y la poca intimidad que sentí que me quedaba, me tomaron años poder hablar de esto y redescubrir por qué odié durante años a los payasos.  Con esto cierro el paréntesis, como cerrar una caja musical sin cuerda.)

Debido a este episodio y a otros asuntos que iban sucediendo en el momento , mi papá sin saber nada y al otro lado del mundo me invita a pasar 3 meses en Italia, convirtiéndose en  1 año y con mi mama incluida. Viajamos por toda Italia y al final cuando se acabaron las vacaciones mi papá nos lleva a su trabajo en Cuneo, ahí permaneceríamos solo 2 meses porque el Hotel en el que trabajaba iba a cerrarse por lo tanto nos íbamos a mudar a Livigno. Mi papá me presentó a una niña hija de una amiga, la niña se llamaba Antonella y aprendí el lenguaje corporal del mudo con ella, era nuestro medio más potente para comunicarnos mientras como decía mi papá mi lengua se soltara. ¡Pero yo necesitaba soltar mas que la lengua! Con esta niña inocente, picara, cuidadosa y muy alegre, emoción que a mí me venia muy bien comencé mi vida de campesina recuperaba el aire fresco de mi alma.

Ya en los Alpes italianos, estos frontera con Suiza, con mis papas llegamos a un pueblito llamado Livigno era una zona franca, aquí en medio del frío y de toneladas de nieve yo recuperaba el calor y me descongelaba, el estar con ellos hacia que mis defensas reaccionaran.  Aprendí a esquiar y cada día durante algunas horas, aprendí el idioma muy rápido puesto que ahí no había nadie que hablara español.  ¡Que frío Dios! Se me congelaban los pies pero tenia mucha felicidad al estar con mis papas, aquí las polleritas se habían quedado en el fondo del armario pero aun me mantenía en el sube y baja de mi aguja convirtiéndonos cada vez más rápido de aguja a jinete y de dedal a caballo, aposté la carrera y me pinché el dedo sangrando mi costura.  Corrí a contarle a mi mamá, ella me abrazó y me a acompañó a comprar las compresas, me dio un helado y me regaló un delineador de ojos que lo saco de su bolsa de cosméticos, estaba muy contenta aunque noté una ligera tristeza en la forma en como me miraba.  Por la tarde mi mama iba ha contarle a mi papa del pinchazo.  ¡Yo me moría de vergüenza! Una vez que mi papá se enteró y el también muerto de vergüenza me llevo a comprarme un pantalón Beneton de pana y de color rojo. Yo me sentía la Rosa Escarlata del pueblo la paranoia aparecía mes a mes con estas palabras “Se me ve..se me nota..seguro se me nota” El pantalón de pana color rojo se convirtió en objeto ritual de mi gran cambio, utilicé siempre ese pantalón rojo cada que menstruaba durante un año consecutivo. Ya no usaba las polleras cortas pero a raíz de mi menstruación mi casa se había convertido en el horno caliente para hacer el pan, con la diferencia que en este los compradores sólo querían comprar mis dulces.  A mi puerta me buscaban chicos de muchos barrios. “NO” grito mi papa “están como moscas, no los quiero aquí”.  Al principio creí que eras tan injusto papá pero sólo pude comprender cuando mi amigo intimo Giuseppe de  14 años de edad, mi compañero de esquiar, de ocio acompañado me propone un día en un papel escrito por el, un juego que se salía de la raya. “¿Paulina voglio farte il amore..mi lasci?” traducido al español “¿Paulina quiero hacerte el amor..me dejas?” ¡Ohhh OOOh, caballo frena las riendas y bájate del caballo Giuseppe que apenas tengo 12 años y con 5 meses de haberme inaugurado.! Cerré el establo y le eche sal a las puertas de mi casa.  Después de este episodio recibí cátedras sobre la sexualidad y sobre defensa personal. Frase principal de mi papa “Le das una patada en las BOLAS, aquí aquí” y lo señalaba, mi mamá eufórica decía “Lo que encuentres oíste, una olla, piedra, lo que sea..la clave es gritar hija, gritar”

Y así la pubertad ya se encontraba en medio de mi desate hormonal.  Aprendí a remorderme por dentro y a explotar en desorden, gritar, llorar, era peleada con el mundo.  La gente me preguntaba constantemente “Que te pasaa...te veo rara”. Yo con mirada de odio miraba a la persona y me respondía por dentro sin decir una palabra a la persona “Qué, no ves, estúpida, que soy rara”’ mi respuesta interior de cada día. Una confusión de sensaciones y un desafío de respuestas inalcanzables anunciaban lo que se me venía, lo que sé te venia mamá, ya que a la vuelta de la esquina la adolescencia llegaba sin piedad. Una parte de mí sigue siendo púber, una parte de mí tiene un agujero por coser pero lo más importante es que aún me encuentro cosiéndome una vida, una vida a mi manera, una vida con diferentes puntadas.  Ahora la música de fondo la canto yo. 

Paulina Bucheli

Sí, el desconocido calmoso debía traer un algo que se pueda no hacer, una ampliación del catálogo; en efecto, y no en efecto, es decir parcialmente en efecto, el desconocido no era tal genio del no-hacer y había tenido la fortuna de que, por casualidad -pues por investigación y trabajo nunca halló ni buscó nada- conoció en la ciudad el precioso vivir del burocratismo.

Explicó a los estancistas, una vez que se les hizo amigo y fue invitado a quedarse eternamente (aunque no fuera más que por no tener el trabajo de no quedarse) y a cooperar e identificarse con todo el no-hacer del Establecimiento, que había algo que añadir al puro no-hacer; éste era incompleto, carecía de su elegancia que fue siempre la belleza esencial de la Omisión, porque faltaba un ingrediente primario de la ociosidad que él descubrió en toda oficina del Estado, donde no sólo se le imparte al empleado nuevo en seguida la prohibición de hacer sino que se les hace firmar un horario de presencia en la oficina, y, para que su no hacer se vea, se le encarga confeccionar toda clase de memorias o informes, lo que no es trabajoso porque consiste simplemente en arrancar páginas de cualquier novela y firmarlas. Además, el recién llegado, y el ya empezado a quedarse, añadió una extraordinaria información, a saber, la de que los desocupados de Puerto Nuevo, con abundantes razones, se habían quejado del exceso de horario previendo que, por el espíritu de contradicción, el Gobierno decretaría prestamente el aumento de aquél.

Así empezaron en la estancia las memorias e informes de capataz, de proveedor, de cocinera, con otras tantas páginas de novela que quizás, bien encuadernadas en un solo tomo, constituirán la novela modelo de continuidad.

Esto era la autenticación del No-Hacer, que es lo que les había faltado siempre a los estancistas.

Tú como río eres el mundo.

Tú, hijo, Agustín como el río eres el mundo que circunda mi isla. Un río del Tibet con monjes meditando en sus orillas. Tus aguas son para mi, fuente de purificación eterna, ablución, inmersión. En ti me bautizo y me sano; me impregno de un numen espiritual y misterioso, me renuevo, me vivifico. Tus orillas le dan de beber a mi playa sedienta. Tú hija, Camila, eres el río que impetuoso baja en forma de catarata, refleja el arco iris, tiene saltos y cascadas, alberga vegetación, refracta la luz. ¡Eres la vida! Toda la fauna y la flora en sus estratos, los pájaros, las mariposas; Tú: pequeña los siete colores, la belleza, la exuberancia… La hermosa insolencia desenfrenada. Tú, todas las flores, la música de la naturaleza. El atlas… mi mapamundi.

Tú, hijo, Franco, eres quien harás que el Aqueronte se torne el Amazonas, el Nilo, el Sena, el Arno; mi amado Egeo; tú le darás sentido a mi vida en otro mundo… y será bello y viviremos lo que no pudo ser aquí.

            Tú papá, has sido mi primer río blanco, imagino Tu fuerza fluyendo irreverente para llegar a ese encuentro mágico con la parte de mamá que hizo alquimia contigo. Soy tu afluente… en mi… todos tus genes, tus cromosomas, tu piel cetrina, tu amor por el arte, tu sensibilidad, tu ira, tus expresiones, tu incertidumbre a pesar de tu brillantez, tu excelencia, tu necesidad del otro.

            Tú, mamá: el río que me recibió, yo larva, pez, anfibio tuyo, persona, el único río donde pude nadar. A tí te agradezco tu corriente de halagos y que me recuerdes que papá vive en mí.

            Tú Patricia, hermana, eres el río que a veces se torna más difícil de navegar; pero siempre llego a la otra orilla aunque tenga que patalear sola; porque antes me diste la mano, me cobijaste bajo tu regazo cuando me ganaba la vergüenza. Me fuiste a buscar a sala de cuatro cuando lloraba y decidiste llevarme con vos a sala de cinco. Tú… mi primera pedagoga… allí me quedé todo el año “bajo tu responsabilidad”. Los de cuatro son tontos “sentenciaste” te hacen llorar y me deje llevar. Tú mano certera tomó la mía trémula.

            Tú, Fernanda, hermanita eres un río de generosidad, tus rezongos –como los míos- fluyen e inundan, como me inundaron los celos cuando naciste; me empecé a hacer pis, a esconder atrás de las cortinas, a no comer y le dije a las visitas que si bien eras linda no sabías decir palabras difíciles como ropero y enfermo grave como yo. Yo y la palabra, la palabra hermana para decirte que te quiero, para agradecerte que hayas bautizado a Franco; tu voz como un río portador de agua bendita para que nuestro niño descanse en paz… tú y tu coraje.

            Tu papu Demetrio (abuelo), todo el Olimpo, todos los dioses juntos, todas las islas de tu Grecia natal y yo tu diosa para venerar. Tú, abuelo el río que sin duda horadó mi cauce.

            Tú… no eres un río, apenas un canal fétido.

            Ojalá encuentres salida al mar. Ojalá así tal vez logres evitar la putrefacción.

            Tú… árido como tu tierra de origen, un río delgado, mezquino, tu agua no es limpia ni clara, ni riega, ni reforesta; trae pestes, infecta…

            Y Tú… tú ¿Serás el río de la Esperanza?.

            Haces subir la marea, cada palabra tuya: una gota de agua en medio del desierto, cada conversación: un oasis o una tempestad; un vendaval, una sudestada, un amanecer en la playa.

            Tu Beatriz, el río que encontré cuando me perdí, con la barca y los remos ahí, como un regalo.

            Tú, la botella con el mensaje de amor que trajo una ola. Un río de generosidad para arengarme, adularme, consolarme, contenerme como un dique. El río que me empapa y salpica a mi sombra cuando me quiere oscurecer. Un río de luz con sol, para ampliar mi mundo y colorearlo.

            Tu, mi Virgilio, mi Pistis Sofia, Bice, la misma Bice.

            Tu Bethania, una Koré bañandose en un río de posibilidades.

            Tu Vicky, un río de alegría lúdica y bellamente pueril.

            Tu Paulina, un río del Trópico con canto de aves.

            Tu Dafne, un río que baja de la montaña y me recuerda que no hay fronteras y el mundo es amplio y generoso.

            Tu Ale, el afluente que me mostró este río de sanación.

            Tu Marcela, un río por descubrir lleno de hermosas sorpresas que se adivinan en el fondo de sus aguas claras.

            Las tres cuartas partes del mundo son agua…

            Bienvenidos a mi mundo que se estaba secando.                                  

                                                           Gracias,

             María Gabriela Baduan  

Ya no llores, volveré para guiarte el viaje será arduo como un don.

            Papi no llores, ya va a pasar… va a pasar. Te acaricie las piernas, me pediste un masaje. Sólo te vi llorar dos veces, cuando se fue Franco –mi niño, tu nieto- y ese día que el dolor te pudo. Dos lágrimas… nada más. Va a pasar, va a pasar, vas a estar bien. No se cómo hice para no llorar.

            Es muy feo, muy feo me dijiste –parecías un niño y yo tu madre- va a pasar descansá. Te acaricié otra vez las piernas, la cabeza. Una espada invisible detenía el nudo de mi garganta y no la dejaba volverse llanto. Otra vez a cuidarme vos… ya estoy bien no te preocupes; recítame esos versos de Martí que me gustan. Te habrás ido a Cuba con mi voz, a las playas de arena blanca que tanto te gustaban. Te dormiste…

            Otro día más para aguantar, te vestiste –conservabas tu elegancia-. Te acompañe a la quimio;  todos los estudios médicos en una mano, tu trabajo en la otra. Te sentaste en ese sillón y empezaste a escribir tu pericia. Tengo que dejar esto listo… frunciste el ceño, déjalo papá ¡No! Voy a terminar con esto. Un brazo canalizado, el otro escribiendo tu peritaje… ¿Qué pasó en el país con la luz?, la falta de luz; ¡¿Qué se yo?!, los cables, los cables que te están pasando. Pirelli, Edenor, Edesur, los chilenos, los argentinos y la puta que los parió a todos cuando te metiste en esas cámaras que te ahogaron. Es esto lo que va a terminar con vos… y terminó… tardó pero terminó cuando dejase tu peritaje completo.

            Papi ¿Dónde estas?, ¿lo vez a Agustín, la vez a Camila?, ¿me ves a mi?, ¿lo viste a Franco?... Papi Agustín se va a recibir con honores y Camila se va a hacer señorita.

Papi… ¿Dónde estas?... ¿Dónde?

            Dice Fernanda que estás en nuestra mesa, en nuestra casa, que vive y arde en nuestros corazones la llama de tu amor, que calienta por siempre nuestro hogar.

            Papi…¿Dónde está tu mano negra con la geografía de un mapa con ríos venosos verdes y sinuosos?

            Papi porque ese viaje tan largo y doloroso y yo de afuera sin poder hacer nada, como una extraña.

            La casa llena de gente que te ama.

            Mamá agradeciéndole a los médicos ¿Agradeciéndoles que?

            Siempre alguien a tu lado.

            Tu mesa de luz llena de libros a medio leer, con señalador –ahora están en mi biblioteca justo ahí donde los dejaste marcados-.

            Papi… extraño tu perfume. Ahora los usa Agustín se empapa como para oler a ti pero no huele igual. Camila dice que la almohada tiene tu olor y se acuesta sobre ella y la abraza como reteniéndote.

            Papi hagamos un viaje hacia atrás yo te guiaré: Brindemos de nuevo en casa de fiesta, con la música de la Traviata; levantá la copa bien alto.

            Papi viajemos de nuevo: vayamos de nuevo a Marruecos, a Sudáfrica, a la Costa del Sol o a Mar del Plata; con el primer auto que te compraste y justo al salir se rompió no se qué cosa y fuimos a cuarenta kilómetros –pero llegamos- ¿Cuántos coches blancos, cuántos coches rojos, cuántos azules?... juguemos. Palabras con “a” –con e- siempre me dejabas ganar con el de las palabras ya llegamos… ¿papi, papi cuánto falta? Ya llegamos, las nenas quieren ir a la playa.

            Papi vayamos de nuevo al Lenguas Vivas, agachate a mi altura para abrazarme porque logré la única vacante. Abrazame de nuevo… vayamos al Otamendi, abrázate de nuevo con Franco ya muerto entre los dos. No papi, ¡no! No te golpees la cabeza contra la pared. Yo te cuido, yo voy a poder. Agustín nos necesita, está luchando entre la vida y la muerte.

            Abrazalo de nuevo a Javier el día de nuestro casamiento. Abrazame de nuevo antes de entrar al quirófano para la cesárea de Cami –dame un beso en la frente, correme la cofia-. ¡Ya! Soltame la mano, ya no podés pasar, ya vuelvo, es un ratito, ya traen a tu primera nieta mujer. ¡Súper hermosísima! Dijiste. Reite de nuevo porque no puedo hablar dos días.

            Trae a Agustín a conocer a su hermana y dale el regalo que le compraste con mami –una coneja rosa enorme ¡Te la trajo tu hermana! ¿Abuelo en el mundo de las panzas hay jugueterías? Reite a carcajadas.  

            Venime a buscar de nuevo cada domingo que me quedé sola cuando me divorcié y hagamos ese paseo a la nada con la música de Cádiz.

            Vayamos de nuevo al Colón, como todos los jueves con tu chalina de seda blanca a ver Caracalla.

            Papi vayamos de nuevo al Mater Dei a que nos digan una mentira; algo distinto, justo en el mediastino querido padre: tuviste la dignidad de irte en el único instante en que te dejamos solo.

            Fernanda se durmió, creo, está agotada ella te asiste –es la valiente. Mamá y Patry en el otro cuarto –no dan más. Omar y yo al lado tuyo. No soporto verte sufrir, acompaso mi respiración con la tuya casi ahogada ya. Me ahogo, mi aire no te sirve… ¿Te hago algo de comer Omar? Está tranquilo y baje a la cocina y Omar me siguió. Cuando llegué abajo desde el pie en la escalera, mami: -Gaby…-por única vez en su vida en voz baja-… papi, ¡Ya está!, y subí. Omar te cerró los ojos. Chau Jorgito –te cerró la boca- te la ató. No me gustó te veías ridículo. Y empezó un desfile silencioso, único día de silencio en esa casa.

            Mamá abrió tu vestidor –mortaja o traje. Tu mejor traje, tu mejor corbata, los mejores zapatos. La única vez que te vi desnudo, tuve pudor. “Temprano madrugó la madrugada”.

            Jorge Luis, querido padre, Ingeniero…

            El diario lleno de tu nombre. Te fuiste con honores. Como un rey. Me acosté a tu lado en posición fetal… una nueva vida empezaba sin vos, sin tus dones. Diez coches fúnebres, mil coronas, un millón de personas;  mi mejor vestido. No me cierren el cajón, no me tiren tierra. En mi cabeza Vivaldi: gloria in euxcelcis deo… Laudamos te…

            Eduardo te tiró una piedra y se retiró hacia atrás. A tu madre no la llevamos, no se podía tener en pie. Yo sola, altiva, hermética, elegante – (decime otra vez que soy la más elegante de las fiestas).

            Mamá, Patricia y Fernanda juntas -¡Cuánto las quiero!- Déjenme sola, sola con mi dolor…

            La espada ya no me atraviesa la garganta, me partió el corazón… contigo se va la mitad de mi corazón. Te lo regalo. Llevate algo de mi - ¡Yo me he quedado con tantas cosas tuyas! ¡Cuidame al nene!-. Papi hasta pronto. Volveré para hablar contigo; 28 de enero de 2001 Camila cumple ocho añitos, no la traje perdoná. Ahora vuelvo y la llevo a la playa, Agustín no quiso venir ¿te parece bien? Odia las multitudes… vos lo conoces.

            Papi festejemos otra vez ese cumpleaños que ya enfermo y pelado esperaste que llegaron todos para bajar con la peluca de cane-calón de mami de los ´70. te aplaudimos a carcajadas. Así te despedimos, con aplausos. Tres días más tarde fui con mis hijos a Memorial, tu nombre ya estaba en la placa. Aquí descansa el abuelo. Camila y yo acomodamos las flores. La tierra estaba blanda aún…

            Agustín me miró de costado y me pidió que me retirara un poco, que lo dejara a solas contigo; lo mire desde lejos, se agachó, te dijo algo, ustedes sabrán, ya sabes como es él. Se guardó tus perfumes y tu chaleco celeste, a veces se lo pone.

            Lleva una foto tuya con él cuando tenía dos años y jugaba sobre tu panza –la ha puesto en su billetera. Cuando volvimos en el auto empezó a diluviar y lloré, lloré mucho porque pensé que tendrías frío y estarías empapado.

            Eduardo puso su mano cálida sobre mi mejilla.

Camila vomitó.

Agustín calló.

Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté; escríbeme a la tierra, que yo te escribiré…

Su cuerpo dejarán, no su cuidado

serán cenizas, más tendrán sentido

polvo serán, más polvo enamorado
                                               Quevedo.

María Gabriela Baduan

 

Tenía que moverse porque de otro modo se le encimaban las fantasías.

            Tenía que moverse porque se le encimaban las fantasías; fantasías añejas apoyadas sobre unas caderas y un par de ojos tan verdes como enigmáticos. Y se movió, navegó desde su país de origen hasta oriente. Navegó siete años soñando con llegar a esas tierras. Viajó y arribó, dejó su embarcación y arrojó anclas.

            Tu cuerpo es como la Tierra… tierra hospitalaria si la hay; y su geografía fue recibida por la otra. Las aguas del marino empaparon al desierto sediento y abrasador y ¡ardió el fuego!, reverberó la naturaleza toda, un pequeño oasis se hizo océano y una palmera los jardines de Babilonia y esas caderas aceitunadas hicieron estallar, tambalear, bambolear su mundo. Y mientras se movía no sabía que se perdía, que a veces no basta una brújula y un mapa.

            Pubis: puerto… bahía… caderas… pórticos… batangas… Mullido almohadón que te invita a descansar; vientre acostumbrado a danzar. ¡No! ¡no apoyes tu cabeza allí!... y la apoyó, se recostó y escuchó la música de siglos, de abdómenes que hablan con ritmo propio. Soñó que era Conquistador y fue esclavo y ya no pudo más que transitar desde los ojos hasta las caderas, desde las caderas hasta los ojos. Se le achicó el mundo y se le amplió el corazón y el alma toda. Olvidó sus viajes, sus tripulantes y sus barcos. Quédate aquí… Ven… te invito a bañarte en las aguas verdes de mi mirada, te invito a recostarte sobre los médanos de mis pechos, te invito a desembarcar en mis caderas que serán las puertas de un nuevo despertar. Oasis que te brindará frescor aunque te sientas arder… Cuando bailo te digo con mis manos, con mis ojos, mi vientre y mis caderas que te puedes quedar, que eres bienvenido. Bienvenido a los misterios de oriente.                      

                                               María Gabriela Baduan

 

-¿A donde vas?
- a la mañana de hoy.
- ¿pero me querés?
- sí.
sé que te fastidian mis preguntas,
sé que necesitas partir,
sé que te alejas cada instante...
un poco más.
Sí, ya sé que sé.
Pero no puedo,
no quiero.
no me atrevo
a imaginarme sin vos.
Y todas las preguntas son una,
¿Me querés?
y allí me quedo con tu sí,
pequeño, cortante, desnudo, frío,
y allí me muero de soledad
al verte desaparecer,
tras la mañana de tu hoy,
y mi mañana sin después.

MARCELA CONTE